Quiero agregar mis palabras a la conmemoración del 98vo aniversario de LA PRENSA, explicando por qué escribo en este medio, es decir, por qué LA PRENSA, al decir del poeta Pablo Antonio Cuadra (PAC), es mi “lengua pública”. Nací bajo la sombra de LA PRENSA, que mi padre compraba puntualmente y que yo podía encontrar fácilmente en los rincones de mi casa y hasta en medio de mis juguetes. A Edgar, mi hermano mayor, lo recuerdo entrando a la casa de mi querida tía Pina, después de sus horas laborales, con un cigarrillo colgado de los labios y un ejemplar de LA PRENSA doblado cuidadosamente bajo su brazo. Yo lo admiraba y, de niño, soñé siempre con el día en que yo podría fumar como él, con LA PRENSA bajo mi brazo. Ese día llegó cuando todavía siendo un adolescente, compré un cigarrillo a la salida del Colegio Calasanz, en la venta ambulante que manejaba “Doña Chila”. Cuando estuve a una distancia prudente del colegio, lo encendí y empecé a fumar con el cigarrillo colgando de mi boca, feliz por haber logrado lo que por años había sido mi sueño. Y, por supuesto, el cigarrillo, sin LA PRENSA, era un logro incompleto. Así que empecé a comprarla y a leerla.
En mis conversaciones familiares, suelo repetir una historia que es verídica y que mi esposa, mis hijos, mi hija, mis nueras y mis nietos y nietas han escuchado demasiadas veces, con infinita paciencia y muchísimo amor (siempre pretenden que les divierte mucho): el costo de las visitas diarias a mis novias, antes de conocer a Cristina, mi esposa, era de un córdoba: cincuenta centavos para cubrir el pasaje de bus —ida y vuelta—, un chelín para los tres cigarrillos Delmar con los que cubría la noche, y el otro chelín para comprar LA PRENSA.
Aquí, en Canadá dejé de fumar, pero LA PRENSA siguió siendo parte de mi vida. En los años ochenta, antes de que se popularizara el uso de la internet, Cristina y yo descubrimos, con inmensa alegría, una tienda portuguesa de abarrotes en Toronto que vendía una edición semanal que llegaba de Miami. Los sábados se convirtieron así en días especiales porque viajábamos al Kensington Market —una especie de mercado Huembes, pero intensamente multicultural, multiétnico y multirracial—, para comprar “el periódico de los nicaragüenses”. Esos viajes tenían para nosotros el sabor de una peregrinación religiosa. En varias ocasiones llegamos a la tienda portuguesa solo para ser informados que no habían recibido LA PRENSA esa semana, pero que el sábado siguiente se pondrían al día vendiendo dos ediciones. En esos sábados tristes, regresábamos a casa con rostros compungidos, pero aferrados a la esperanza de contar con dos “Prensas” el sábado siguiente.
Más allá de lo anecdótico, debo decir que LA PRENSA tuvo, para mí, una influencia formativa durante mi juventud. Así, no fue solo una fuente de información sobre lo que sucedía en el mundo y en nuestro país durante el somocismo, sino también una guía ética y moral que adquiría su más clara materialidad en los editoriales de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (PJChC). Los Escrito a Máquina de PAC fueron también, para mí, importantes ejes de referencia que me ayudaban a definir la diferencia que los humanos estamos obligados a establecer entre el bien y el mal, cuidándonos de no impedir que la fuerza del amor enriquezca, en la medida de lo posible, el sentido de la justicia, como propone el teólogo Reinhold Niebuhr.
Recuerdo, por ejemplo, las iluminadoras reflexiones que ofreció PAC con ocasión del asesinato de Anastasio Somoza Debayle en Paraguay. Muchos en Nicaragua celebraron la muerte del dictador como si se tratara del resultado de un torneo deportivo. Yo mismo presencié con horror el espectáculo que ofreció una multitud de hombres y mujeres que laboraban en el entonces llamado Centro Cívico, arrastrando un muñeco pintado en rojo de sangre y gritando como endemoniados: “¡Muerte al Somocismo!” No sé si fue esa noche o al día siguiente que leí a PAC, recordándonos que el desprecio político que podíamos sentir por Somoza no debía traducirse en la anulación de su humanidad. Me sentí apoyado y recordé las palabras del escritor C.H. Lewis quien dice que los humanos “leemos para saber que no estamos solos”.
Al Servicio de la Verdad y la Justicia
“Al Servicio de la Verdad y la Justicia” era el lema de LA PRENSA cuando la empecé a leer y ahora que escribo en su página de Opinión: “La verdad”, que, para alcanzar un consenso sobre lo que ella significa, necesitamos pensar y vivir en libertad. “La justicia”, como el objetivo social de la libertad, porque la libertad no es un valor absoluto que se legitima a sí mismo. Toda libertad es relativa porque su valor puede ser mayor o menor, dependiendo de su impacto en la sociedad. La libertad absoluta y sin condicionamientos que algunos predican es la de la selva.
LA PRENSA ha sido el periódico nicaragüense que más consistentemente ha tratado de conjugar la justicia y la libertad. En este sentido, como escribió PAC en un artículo que celebraba el 50º aniversario de este periódico, “a LA PRENSA se le pueden achacar todos los defectos que se quieran: caídas, omisiones, apasionamientos, fallas, etc., pero ha mantenido encendidas, contra todos los vientos y riesgos, las dos antorchas principales que iluminan la vida democrática: la de la Libertad y la de la Justicia”. En esta tarea, como es de esperarse y como recientemente reconociera su actual director, Juan Lorenzo Holmann, LA PRENSA comete errores. Pero ni yo, quien a veces los ha señalado, ni nadie, podemos negar que este periódico ha sido el más “auténtico” que ha existido en nuestro país, para usar el término aparecido en el valioso editorial de LA PRENSA del pasado 1 de marzo. Dice ese editorial: “El periodismo, y por lo consiguiente el periodista, para ser auténtico debe ser ético y tener una rigurosa responsabilidad profesional, de lo contrario sería solo un instrumento de propaganda de cualquier clase”. Podemos, pues, hablar de dos tipos de periodismo: el “auténtico” y el que yo llamaría “periodismo de guerra y propaganda” que, como dice ese mismo editorial, citando a PJChC, ofrece noticias que “llevan una intención escondida, la mayor parte de las veces política”. Novedades, durante la época de los Somoza, Barricada durante los 1980 y el 19 Digital en la actualidad, son nítidos ejemplos de lo que debe verse como un periodismo espurio.
Vale la pena aclarar que autenticidad no significa neutralidad. En este sentido, LA PRENSA siempre ha tenido una orientación política que puede caracterizarse como moralmente humanista, políticamente pluralista y socialmente cristiana. Por su pluralismo, la sección de Opinión en la que yo escribo es una tarima pública desde donde podemos decir nuestras verdades un grupo de opinantes y opinólogos de variadas y hasta raras especies. Hago uso de esa tarima para decirle a LA PRENSA y a sus periodistas: felicidades por su onomástico y gracias por su inmensa contribución a Nicaragua.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.