En 1966 un bromista esparció pica pica en plena función en el cine Margot, de Managua.

Bromas que salieron mal, muy mal, en Nicaragua 

Polvos pica-pica en un cine, un empujón mortal, un arma de fuego que sí estaba cargada, un saludo que no cayó en gracia y llamadas anónimas que desembocaron en procesos judiciales. Hay bromas de mal gusto y bromas que terminan como estas

Caos en el Margot 

Hace algún tiempo los polvos pica-pica gozaban de gran popularidad entre vengadores y bromistas. Dos décadas antes de que protagonizaran “Sufre, mamón”, la canción más famosa de los Hombres G, en Managua fueron usados con fines perversos. 

El domingo 20 de marzo de 1966 un bromista sembró el caos durante la función matutina del Teatro Margot, cuando pensó que sería divertido llenar al público de polvos pica-pica, una mezcla de extractos y pelusillas vegetales que provocan comezón cuando entran en contacto con la piel humana. 

“Alguien echó polvo de pica-pica en los abanicos del sistema de aire acondicionado y estos lo extendieron rápidamente por toda la sala, afectando a centenares de personas que se encontraban adentro”, narra una nota publicada por el Diario LA PRENSA dos días después. 

Las protestas de la gente afectada obligaron al Margot a detener la película que estaba proyectando. Se encendieron las luces y los propietarios del teatro pusieron a disposición de sus clientes varios litros de alcohol para aliviar la picazón. 

“El local se convirtió en una casa de locos donde todo el mundo se rascaba y a simple vista se podía apreciar, por la irritación de la piel del rostro y brazos de las personas, los estragos que había causado la pesada broma”, detalló el periodista. 

Al lugar de los hechos llegó la Policía, pero a pesar de sus pesquisas no pudo dar con el autor (o los autores) de la broma. Nadie dio con la identidad del culpable, pese a que el cine ofreció una recompensa a quien facilitara una pista. 

La función continuó luego del percance, aunque muchas personas tuvieron que retirarse de la sala para tratarse en casa la inflamación y comezón en la piel. 

Por un empujón «en broma» falleció en Ocotal Néstor Iván Rocha.

Trágica caída 

Néstor Iván Rocha estaba cumpliendo 26 años el día que un amigo lo empujó “en broma” hacia una caída de 14 metros, en el barrio Sandino de Ocotal, Nueva Segovia. Eran cerca de las 9:00 de la noche del 12 de septiembre de 2015. 

Como parte de sus festejos, ese día Rocha había ido a dejar unos nacatamales donde su abuela, en otro barrio del pueblo, y al regreso se encontró con dos amigos, con quienes se reunió en la parte alta del mirador Cristo de Limpia. Fue ahí que Erick Mauricio Centeno le dio el empujón, provocándole una caída mortal en el adoquinado de la calle principal del barrio. 

El autor de la broma enfrentó un juicio por homicidio imprudente y en diciembre de ese mismo año fue absuelto por un jurado de conciencia. El caso se calificó como un accidente, informó el Diario LA PRENSA.  

Según la madre del acusado, solo había un testigo de los hechos: la tercera persona con la que esa noche se tomaban unos tragos, celebrando la vida del cumpleañero. 

Disparo accidental 

En junio de 2002, un grupo de cuatro jóvenes soldados protagonizó un trágico suceso que empezó con una broma de novato. Eran miembros del Departamento de Seguridad Aeroportuaria del Ejército y se hallaban haciendo vigilancia en el Aeropuerto Internacional de Managua. 

Claudio Felipe Betancourt, de 19 años, estaba en el torreón número uno, mientras que Raúl Ramírez, de 17 años, se encontraba en el número dos; Carlos Manuel Espinoza, de 19 años, en el número tres y Valentín Zamora, de 30 años, en el número cuatro. 

Cerca de las 9:50 de la noche, Ramírez, Espinoza y Zamora se bajaron de sus torreones y se pusieron a platicar “en tierra”. Cuando Betancourt se percató de la tertulia, decidió jugarles una broma, acercándose sigiloso hacia sus compañeros. “¡Así los quería agarrar!”, gritó, apuntándoles con su fusil. 

En respuesta a la broma, Espinoza agarró su arma, la cargó, apuntó hacia Betancourt y apretó el gatillo. Su propósito era introducir el magazín que no tenía balas, pero se equivocó y un proyectil impactó en el estómago de su amigo, a cinco metros de distancia. 

“Fue un accidente, tomé el magazín equivocado, nosotros estamos dotados de varios magazines, pero uno no lleva tiros para evitar este tipo de accidentes. Pero no sé qué pasó, porque nadie discutía y tampoco tenía problemas con Claudio”, lamentó más tarde Espinoza, quien corrió a buscar auxilio al puesto de mando del aeropuerto. 

Esa misma noche la Policía lo arrestó por homicidio, tras concluir que el disparo se debió a “una imprudencia” y a la falta de pericia del soldado, que apenas llevaba dos meses en las filas castrenses. 

El cuerpo de Betancourt fue trasladado a Malpaisillo, León, de donde era originario. 

Crimen por un saludo 

El 2 de mayo de 2004 un joven mató a su amigo en plena calle, cerca del barrio Santa Ana, en Managua, todo por causa de un saludo. Esa tarde Joaquín Baltasar Tercero, de 18 años, se acercó a Giovanni Altamirano, de 25, y le dijo: “¡Qué pasó, cochón!”, frase que a Altamirano no le gustó. 

“Ya regreso a matarte con una pistola”, le respondió. Momentos después la víctima recibió un impacto de bala en el rostro y, aunque corrió casi 50 metros pidiendo ayuda, no pudo salvar su vida. Falleció de camino al Hospital Antonio Lenín Fonseca», reportó LA PRENSA. 

Cuando llegó a los juzgados, el caso resultó más complejo, pues la agresión que comenzó con el saludo se convirtió en una reyerta callejera. Juan Daniel Álvarez, de 21 años, ayudó a Altamirano a agredir a Tercero y a su acompañante, Vicente Martínez, quien recibió un impacto de bala en el tórax, pero sobrevivió. Otros jóvenes lanzaron piedras a las personas que intentaban ayudar a los lesionados. 

La Fiscalía pidió 30 años de prisión para Altamirano y cinco años con seis meses para Álvarez. 

Gorra y licor 

La frase “botar la gorra” es bastante común, lo que no se ve con frecuencia es un crimen provocado porque a alguien le quitaron la suya. Eso fue lo que ocurrió la madrugada del 2 de noviembre de 2005 en El Pochotal, kilómetro 52 de la Carretera Panamericana, municipio de Tipitapa. 

A las 2:30 a.m. un grupo de amigos consumía licor, cuando a uno de ellos, miembro de un clan conocido como “Los Mejía”, le arrebataron la gorra en son de broma. Totalmente ebrio, arremetió contra José Alberto Reyes, agricultor de 27 años, asestándole una puñalada en la espalda y otra en la pierna derecha.

La herida de la espalda le afectó el pulmón derecho, por lo que Reyes fue trasladado a Managua para ser intervenido en el Hospital Alemán Nicaragüense. 

Con unas tijeras clavadas en una pierna terminó Álvaro Coronado Gutiérrez después de presumir que ganó una competencia en Zona Franca.

Agresión en la zona franca

El 4 de febrero de 2006 una broma entre colegas se convirtió en una denuncia en el Distrito Seis de la Policía de Managua. A eso de las 11:00 de la mañana Álvaro Coronado Gutiérrez, de 25 años, empleado de la Zona Franca Las Mercedes, se presentó con el pantalón ensangrentado para acusar a su compañera de trabajo Francisca Madrigal, de 42. 

Una hora antes ambos se encontraban cosiendo pantalones, sentados uno a la par del otro, cuando Coronado se volteó hacia su compañera para decirle: “Oye, Fran, te gané”, pues solían competir por quién terminaba primero sus tareas. Según la víctima, Madrigal le respondió ofensivamente y procedió a clavarle unas tijeras en la pierna, para luego decirle que agradeciera que no había sido en el estómago. 

Coronado se fue al baño y ahí se desmayó a causa de la abundante pérdida de sangre. Otros compañeros de trabajo lo llevaron a la vecina clínica Monte España, donde las enfermeras determinaron que, de haber estado unos centímetros más arriba, la herida podría haber sido mortal. 

No hay más reportes sobre el caso en los medios de comunicación antiguos que sobreviven en Nicaragua, por lo que no fue posible averiguar qué pudo motivar a Madrigal a reaccionar con tanta violencia.

Everth Vanegas y Reina María López, los llamadores anónimos.

Más de mil llamadas falsas

En 2016 dos parejas nicaragüenses se viralizaron en las redes sociales cuando se hizo público su pasatiempo favorito: realizar llamadas falsas al 118, número de emergencias de la Policía.

Los primeros acusados fueron Everth Antonio Vanegas, de 40 años, y Reina María López, de 38, quienes aceptaron haber realizado 850 llamadas falsas entre el 4 de mayo y el 7 de julio de ese año. El 21 de julio los condenaron a 10 días de multa, por los que debieron pagar 500 córdobas cada uno; aunque, a juicio de la oficialista Radio Ya, su otro castigo fue “vivir con el color de haber sido procesados y salir en los medios de comunicación por estar de vagos”. 

El caso ya era bastante sorprendente cuando se conoció uno peor. En agosto de ese mismo año Noel Aldana y su esposa Heysol Madrid fueron llevados a juicio, donde admitieron haber realizado 1,735 llamadas al 118, entre el 1 de mayo y el 10 de junio de 2016, avisando de falsas urgencias ocurridas en diferentes barrios de la capital. 

Realizaban las llamadas desde un teléfono Movistar y uno Claro, en distintas horas de la madrugada y de manera hostigosa, provocando la salida inútil de varias patrullas policiales. 

Al final les impusieron una multa “aleccionadora” de 497.60 córdobas por cada acusado y la pareja apareció sonriente en las fotos divulgadas por los medios de comunicación. Aldana aseguró que no era el autor de las llamadas y que, si había aceptado los cargos, fue porque no podía “seguir inventando excusas” en su trabajo para asistir a las audiencias. Por su parte, Madrid declaró que sospechaba de su hermana menor, quien vivía en la misma casa.

En ese momento había otros cuatro casos en proceso de acusación, por la misma falta, y cerca de 15 en etapa de investigación. 

La Prensa Domingo

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