A Freddy Quezada, quien guarda prisión, por escribir.
Anoté esta pregunta para usarla como título de mi artículo de esta semana, sin realmente saber cómo contestarla. Por un buen rato la quedé mirando sin que mi cerebro pudiera concebir una respuesta. Me separé de mi computadora e hice lo que siempre hago cuando no sé por dónde empezar un escrito: me muevo, camino, hablo con mi esposa, o me sirvo un café. Luego me vuelvo a colocar frente a la pantalla esperando que mi subconsciente haya encontrado la respuesta que el “yo consciente” no fue capaz de articular.
Aunque en esta ocasión el “truco” —elucidado por las ciencias de la mente— no me funcionó tan bien como en otras ocasiones, logré bosquejar las posibles razones que me mueven a escribir todos los días, ya sean mis artículos de opinión para LA PRENSA, trabajos en marcha (¡lenta y forzada!) de largo plazo, o un libro de circulación familiar que mis hijos/hija me han pedido escribir para que les relate mi niñez y temprana juventud, así como lo que la vida me ha enseñado, o, más bien, lo que mi cabeza dura ha aprendido de las lecciones que la vida me ha regalado.
¿Por qué escribo? Empiezo con la respuesta más sencilla: lo hago porque tengo cuarenta años de hacerlo. En otras palabras, lo hago por inercia, esa fuerza que mueve a los objetos en movimiento a mantenerse en movimiento. Cuando me despierto por la mañana, no me pregunto si ese día me dedicaré a esto o lo otro, porque no sé qué es esto o lo otro. Solamente me pregunto qué quiero escribir ese día y lo que debo leer antes de hacerlo.
Me gusta imaginarme siendo Maquiavelo, uno de los hombres más vilipendiados de la historia, gracias a que la Iglesia católica lo demonizara por promover el uso de la razón en un momento en que esta empezaba a desplazar a la fe religiosa en el pensamiento político europeo. Desde uno de sus exilios, le escribió a un amigo para contarle lo que hacía todos los días. Transcribo solo la parte en que se refiere al supremo gusto de leer y escribir: “Llegada la noche, vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en su puerta me despojo de la ropa cotidiana, llena de barro y mugre, y me visto con paños reales y curiales; así, decentemente vestido, entro en las viejas cortes de los hombres antiguos [se refiere a sus libros], donde acogido con gentileza, me sirvo de aquellos manjares que son solo míos y para los cuales he nacido. Durante cuatro horas no siento fastidio alguno; me olvido de todos los contratiempos, no temo la pobreza ni me asusta la muerte” (Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, 1513).
Decía que escribo por inercia, pero también debo decir que escribo por miedo a lo desconocido y, sobre todo, al vacío existencial en el que temo caer si dejo de hacerlo. ¿Cómo vivir fuera de “las viejas cortes” que durante décadas he recorrido con la esperanza de entender mejor lo que significa formar parte de mi deprimente especie? ¿Cómo abandonar mis libros, los que han logrado sobrevivir mis mudanzas hasta llegar a la etapa del “downsizing” (pasar a vivir a una casa relativamente pequeña y manejable) que en este país se acostumbra al llegar a la edad a la que, con mucha suerte y no pocas dificultades, he logrado alcanzar?
Finalmente, también escribo por el deseo de poner mi granito de arena en la construcción de una Nicaragua diferente a la que he vivido. Escribo para “hacer algo” por mi tribu, lo que también significa hacer algo por mí, porque el “yo” que soy es inseparable del “nosotros” que somos todos aquellas que moqueamos cuando escuchamos la Nicaragua Nicaragüita, la Moralimpia, o el Solar de Monimbó. No incluyo en esta lista a nuestro himno nacional, composición que no canto ni recito porque todavía observo el Octavo Mandamiento que me prohíbe mentir.
Escribo, pues, con la esperanza de no morir sin ver el inicio de la regeneración de mi patria-placenta y, más concretamente, su reunificación dentro de un marco de justicia y libertad. Esa esperanza, desgraciadamente, desaparece con frecuencia. Y cuando eso pasa me deprimo, como sucedió hace poco, cuando expresé lo que sentía, en un escrito pintado en el azul triste de Picasso:
Quien practica mi oficio es capaz de olvidar [que Nicaragua parece ser inmune a la palabra] y crear ilusiones discursivas que permiten identificar y sintetizar tensiones y contradicciones en la historia. Escribir te permite darle nombre a las cosas para que se queden quietas y hasta proponer soluciones para problemas que tal vez no tienen solución. Y así, cuando escribo, mi país se queda quieto en la pantalla de mi ordenador; los insultos y las amenazas que cruzan los actores políticos que yo puse en su lugar desaparecen; los morteros y altavoces de las protestas guardan silencio porque en mi imaginación la magia de mi palabra logró descubrir una solución favorable para todos. Y hasta las balas de los francotiradores que dispararon contra los manifestantes en la masacre del 2018 se detienen en el aire, después de que yo leyera a los paramilitares de Daniel Ortega, la Declaración de Derechos Humanos.
Apago mi ordenador. Y se encienden las neuronas que me hacen recordar una realidad sobre la que, quizás, solamente deberían escribirse irreverencias. Pero mis registros sinápticos también me recuerdan la imagen del zapatero ambulante que camina anunciando sus servicios bajo la lluvia o el inclemente sol de Managua, esperando que, ese día, su familia podrá comer. Y recuerdo a la mujer macilenta que, bajo ese mismo sol, vende su cuerpo en los alrededores del edificio del llamado congreso nacional, donde todos los días se prostituye la ley. [Y leo con miedo a Humberto Belli citando a San Pablo para pontificar que el problema de este zapatero y de esta prostituta es que son “holgazanes” (LA PRENSA, 05/02/34)]. Frente a todo esto, solo cabe escribir, aún a sabiendas de que Bolívar tenía razón cuando dijo que hacer política en nuestras tierras [con la espada o con la pluma] es como “arar en el mar” (APB, Política y Prosa, Barcelona, 01/24).
El autor es profesor retirado de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.