Solo de uno a tres por ciento de los tortuguillos sobreviven tras alcanzar el mar. Muchos no pasan de la playa, donde son capturados por zopilotes y otras aves, cangrejos, perros y otros mamíferos. Pero esa tarde, mientras en el horizonte el sol rojo baja lentamente hasta su ocaso, el centenar de tortuguitas recién nacidas atraviesan unos 20 metros y felizmente llegan al mar tras vencer las olas.
Ya en el océano, los tortuguillos intentarán evitar ser engullidos por muchos depredadores marinos, o morir por la contaminación de las aguas, sobre todo por ingesta de residuos de plástico, o asesinados por la pesca de arrastre, y una cantidad de peligros naturales como el calentamiento de las aguas.
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Turistas de Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y locales fueron testigos y se mostraron emocionados ante la liberación de los tortuguillos, incluyendo a varios niños que experimentaron un festín de revelaciones, sorpresas y alegrías.
Los turistas alojados en las cercanías fueron avisados que este día serían liberados los tortuguillos, y por ello es que a las 5:15 de la tarde comienzan a llegar en un inusitado movimiento procedente de los hoteles, hostales y comunidades cercanas.
Importancia de la liberación
Un joven ambientalista explicó en inglés y en español la importancia de la liberación de los tortuguillos de la especie paslama, una de las que se encuentran amenazadas por el desarrollo constructivo en las playas, el cambio climático (aumento del nivel del mar, por ejemplo), la depredación animal, sobre todo del más peligroso de todos: el ser humano, que devora huevos y carne.
Expresiones de curiosidad y satisfacción se observaron en los rostros de los turistas, como sabidos de que serían testigos de un hecho inusual y, sobre todo, de una contribución importante a la naturaleza.
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Brillan con intensidad los ojitos de niñas y niños, especialmente de los que están cerca de los recipientes de plástico, donde los tortuguillos se agitan unos encima de otros.
En uno de los extremos del semicírculo de turistas formado frente al mar, el ambientalista empieza a entregar guantes de plástico a todas las personas que quieran, para que después puedan tomar en sus manos uno de los tortuguillos y lo pongan en la arena, a fin de que inicien su marcha instintiva hacia el hogar que algunos podrían tener hasta por ocho décadas.

Expectación y emociones
La multitud está expectante. Lo que sucede hace palpitar más fuerte el corazón. A pocos metros de la playa, en penumbras, donde en minutos se producirá la liberación ante una mayoría de personas que no han visto nada parecido en sus vidas, está el vivero donde los tortuguillos se desarrollaron a partir de cuando solo eran un confuso puntito negro dentro de los huevos.
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En unos 60 días los tortuguillos empiezan a romper el cascarón, proceso de entre ocho y 24 horas en el que no deben ser ayudados para que su nacimiento sea lo más natural posible. Ellos cuentan con un dientecito que romperá la cáscara. Mientras, se alimentan del saco vitelino.
En general, entre las 5:30 y 6:00 de la tarde del mismo día que nacen, se liberan los tortuguillos en un área previamente delimitada que no implique peligros de ningún tipo. A esta hora hay menos depredadores naturales, y no se exponen a temperaturas superiores a los 33 grados Celsius que los matarían de insolación. Posteriormente se dejan sobre la arena a unos diez o veinte metros de donde llegan las olas.
Arribadas y liberaciones masivas en áreas protegidas
Cuando había más afluencia de turistas, entre enero y julio de cada año, cincuenta y hasta setenta mil turistas acudían a las playas de Nicaragua para contemplar arribadas masivas de tortugas, y las liberaciones de tortuguillos, especialmente en el Refugio de Vida Silvestre Playa La Flor, Reserva Natural Isla Juan Venado, Refugio de Vida Silvestre Chacocente, Refugio de Vida Silvestre Padre Ramos y Reserva Natural Estero Padre Ramos, los tres primeros en Rivas, y los otros dos en Chinandega.
La paslama es la tortuga con mayores arribadas a Nicaragua, donde también llega la tortuga tora, que se encuentra en los océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Es la más grande del mundo: puede alcanzar una longitud de hasta dos metros y un peso de hasta 600 kilos.

Después de entregar los guantes a la concurrencia, el joven ambientalista junto a una mujer entregan los tortuguillos.
Momentos después sube la intensidad de las emociones y las descargas de adrenalina cuando el ambientalista empieza voz en cuello una rápida cuenta regresiva: tres, dos, uno, cero: la multitud suelta los tortuguillos sobre la arena y todo se transforma en una algarabía.
«Es que se le fregó el GPS»
Como en un estadio, cada quien alienta a “su tortuguita” a llegar primero al mar. Se escuchan gritos: “Vamos, vamos, vamos, tortuguita”; “Go, go, go”. Algunos tortuguillos salen a toda carrera, otros avanzan intermitentemente, como dudando, desconcertados, y se quedan inmovilizados en la meta de salida. “No te quedés, no te quedés”, les gritan.
Uno de los tortuguillos que había salido “a todo mil”, de repente se detiene. Su “dueño” casi lo regaña, pero después, a modo de explicación, dice: “Es que se le fregó el GPS”. Estos animalitos buscan instintivamente el mar obedeciendo a instrucciones en su código genético.
Las niños son los más agitados, y los que más a pecho se toman la carrera de las tortuguitas que habían puesto en la arena. “Vamos tortuguita, vamos”.
Ningún ave se lanza en picada contra los tortuguillos, ningún cangrejo se aproxima… es una liberación totalmente protegida. El semicírculo se adelanta dos metros, cuando todas las tortuguitas han avanzado, para que las vean de cerca marchar.

Todos regresamos diferentes a como llegamos
El primer tortuguillo que llega al mar de inmediato es regresado a la arena y revolcado por la estela del colazo agonizante de una ola. Un niño intenta corregir su posición, pero el ambientalista le pide que no lo haga. Como si lo hubiera escuchado, la tortuguita logra darse vuelta, y avanza de nuevo. Un aplauso jubiloso la premia por ser la primera en llegar a lo que será su hogar por casi un siglo.
Y así, una por una, de dos en dos, o en grupos, todas las tortuguitas alcanzan la meta y burlando las olas se internan por las aguas saladas. Nunca sabremos cuántas lograrán llegar a altamar, y mucho menos cuántas llegarán a la adultez y regresarán a este mismo punto para desovar, cumpliendo un rito de cientos de miles de años.
Al final, las miradas curiosas de los turistas están puestas sobre el océano.
Todos regresamos diferentes a como llegamos: humanizados, sensibilizados, espiritualizados y satisfechos del granito de arena que aportamos para que no se extinga ninguna de las cinco especies de tortugas marinas (paslama, verde, tora, torita y carey) que desovan en Nicaragua y que están en peligro de extinción o amenazadas de estarlo.