La renovación de la poesía castellana llevada a cabo por Darío es de tal magnitud que Pedro Henríquez Ureña afirma: “De cualquier poema escrito en español puede decirse con precisión si se escribió antes o después de Rubén Darío”. Y Luis Alberto Cabrales, juzgando que las reformas de Darío no solo incidieron en la poesía sino en el instrumento mismo, en la propia lengua, que fue así liberada de viejas ataduras, llega a decir que “de tal manera enriqueció la lengua castellana que con la misma justicia con que se le denomina lengua de Cervantes, podría llamársele lengua de Darío”.
Se pregunta Ángel Rama: “¿Por qué, abolida su estética, arrumbado su léxico precioso, superados sus temas y aun desdeñada su poética, sigue (Darío) cantando empecinadamente con su voz tan plena?” La respuesta, obviamente, la encuentra Rama en la perennidad de su incomparable poesía. “Como Garcilaso, como Fray Luis de León, lo que dijo puede no conmovernos hoy”, afirma Enrique Anderson Imbert, “pero la música sigue siendo irresistible”. “Ser o no ser como él, precisa Octavio Paz. De ambas maneras Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Es el fundador”.
A la “inspiración y destreza (de Darío) debe la lengua castellana, reconoce Mario Vargas Llosa, una de las revoluciones seminales de su historia. Porque con Rubén Darío —punto de partida de todas las futuras vanguardias— la poesía en España y América Latina empezó a ser moderna”. “Darío es ese, señala Pablo Antonio Cuadra, que pone en pie el castellano para una segunda salida —aún mejor que la primera— como el Quijote. El mismo sirve de guía, de capitán: es el renovador”.
“Cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia”, nos enseña Jorge Luis Borges. “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”.
Los tres libros fundamentales de Rubén, que dan el principal contenido a su legado artístico, como representativos de tres momentos claves de su vida y de su creación poética son: Azul, como la partida de nacimiento del Modernismo y de la obra de renovación y liberación del idioma que Darío encabezó en ambos continentes; Prosas profanas, joya esteticista, como la más acabada expresión del Modernismo, principalmente en su aspecto formal; y Cantos de vida y esperanza, como el más clásico de los libros de Rubén, o como bien dice Zepeda Henríquez: “El verso dariano de Cantos de vida y esperanza ya no es modernista, sino moderno, con la modernidad permanente de lo clásico”. A estos libros debería agregarse: El canto errante, en el que Darío introduce varias innovaciones poéticas, propias de la poesía contemporánea.
Excelso “Maestro del idioma”, Darío nos lega una lección de sinceridad, de autenticidad (“Sé tú mismo: esa es la regla”), de dedicación tenaz e inteligente a la labor creadora; un escritor que inauguró el profesionalismo en la ardua tarea de las letras y el periodismo; que se formó por su propio esfuerzo autodidáctico y que, a pesar de su vida viajera y su tendencia a la bohemia, fue capaz de consagrarse seriamente a las tareas de investigación y creación artísticas; que ejerció consciente y responsablemente un magisterio estético, cultural e incluso político a nivel continental y que dejó, como su mejor lección, una lección modestia y honestidad intelectual en su búsqueda constante de la belleza y el ritmo.
El profesor Edelberto Torres afirma: “Rubén Darío se encuentra en sitio del más alto rango en la poesía en la lengua española; pero no solamente como orfebre del verso, sino que también y ante todo, como cantor de los ideales de unión, justicia, independencia y cultura de nuestros pueblos”.
El autor es educador, académico y escritor. Fue rector universitario y ministro de Educación.