Estas palabras están principalmente dirigidas a los y las jóvenes sandinistas que piensan que el FSLN representa, mejor que cualquier otra organización política en nuestro país, sus legítimas aspiraciones. ¿Están ustedes, los y las sandinistas de corazón, equivocados por pensar de esta manera?
La pregunta anterior no tiene una respuesta sencilla, especialmente si se toma en cuenta que una de las posibles alternativas políticas al FSLN es el sector de derecha radical que hoy parece dominante en las filas de la oposición antisandinista. Esta derecha extrema dio sus primeros pasos con el sumiso y adulador acercamiento de varios líderes opositores a políticos de la derecha radical estadounidense, como Ileana Ros-Lehtinen, y Marco Rubio. También se hizo notar en el anémico discurso social del antisandinismo.
Sin embargo, fueron las declaraciones de admiración de muchos líderes opositores al ultraderechista Javier Milei y sus ideas, lo que puso en evidencia el extremismo al que ha llegado la derecha dentro del antisandinismo (ver Infobae, 20/11/23).
La corrupción del sandinismo
Si como sandinista usted teme un eventual triunfo de la ultraderecha en Nicaragua, su temor no es infundado. Pero usted también debería temer la posibilidad de que un sandinismo cada vez más adulterado y represivo, siga marcando la orientación del país. Repasemos sintéticamente la historia de ese deterioro.
La tradición política que Carlos Fonseca Amador inició a partir de la palabra y del ejemplo de Augusto César Sandino, tiene raíces en un genuino espíritu humanista y patriótico. ¿Quién, por ejemplo, puede decir que la lucha del “General de Hombres Libres” por “la autodeterminación de los pueblos”, no fue una lucha por el derecho de los nicaragüenses a decidir su destino y vivir en justicia y libertad?
Fonseca Amador recuperó el ideario de Sandino en un momento en que el somocismo negaba la justicia, la libertad y la soberanía de nuestro país. Ese ideario capturó la imaginación de millones de nicaragüenses que, el 19 de julio de 1979 creyeron que “el amanecer [había dejado de] ser una tentación”.
Desdichadamente, Fonseca Amador enmarcó la visión política de Sandino dentro de un rígido pensamiento teórico —marxista-leninista— que tergiversó la realidad social y cultural de Nicaragua, generando una práctica política “enredada”, como lo reconoció Tomás Borge, en 1984.
El “enredo” de la revolución degeneró en la corrupción que, en el 2005, fue defendida como necesaria por el empresario sandinista Ricardo Coronel Kautz. El FSLN, argumentaba él, había “tenido que aprender” que la política “no es más que el juego de la demagogia, la manipulación, el manoseo, el engaño, la venta de ilusiones, la trampa, el jueguito, la compra y venta de voluntades, el chantaje, el cinismo, las coimas, los pactos prebendarios, el nepotismo, la llamada corrupción, el abuso de la palabra y tráfico de influencias, la media mentira y media verdad…” (Ver: APB, Nueva Sociedad, No. 219, 2009). Falta en esta lista, el terrorismo de Estado, desatado por el FSLN a partir del 2018.
El precio de ser sandinista
A pesar de la clara descomposición del FSLN, muchos/as de ustedes todavía sueñan con el “amanecer” prometido por la Revolución Sandinista. Y hasta tal vez se imaginan que lo viven, cuando cierran sus ojos a la pesadilla que atraviesa el país.
Ustedes, sin embargo, pagan un precio tasado en quilates de libertad para vivir esa falsa y peligrosa ilusión. Saben que, por ejemplo, no pueden criticar los lujos y privilegios de la familia del presidente, o el enriquecimiento ilícito de muchos de los dirigentes del partido rojo y negro. También saben que la legitimidad del FSLN se erosiona diariamente dentro y fuera del país y que, entre más ilegítimo e impresentable —por represivo y autoritario— se hace el gobierno, mayor va a ser la obediencia que este va a exigir de sus seguidores a cambio de un empleo, una beca, o la asistencia social del Estado. ¿Cuánta obediencia estás dispuesto/a ofrecer? O bien, ¿hasta cuándo podrás simular —sin cometer un error— que aceptás de corazón la verborrea de “la compañera Rosario”?
Todo esto ya lo vivimos en los 1980, cuando el FSLN elevó su demanda de lealtad en la medida en que perdía legitimidad y se debilitaba. El Servicio Militar obligatorio fue el estirón que reventó la cuerda de la que se sostenían las esperanzas de gente como vos. Y cuando eso pasó, la derecha criolla de ese entonces, mucho más moderada que la de hoy, levantó su cabeza e instituyó una democracia electoral sin consenso social que funcionó como una rifa quinquenal del derecho a la arbitrariedad. Hasta que, en el 2006, en contubernio con el tristemente célebre Arnoldo Alemán, Daniel Ortega paró la ruleta y se robó todas las fichas.
¿Tienen futuro tus esperanzas?
Dice Jacobo Rousseau que para que un régimen político logre consolidarse debe ser capaz de “transformar su fuerza en derecho y la obediencia del pueblo en un sentido de compromiso y responsabilidad moral”. Contrario a lo que señala Rousseau, el gobierno Ortega-Murillo depende cada vez más de la fuerza —mal disfrazada de legalidad— y de la lealtad cada vez más forzada y artificial de personas como vos.
El final del régimen actual puede dar paso al surgimiento de una derecha radical que mantendrá la efervescencia política que hoy desgasta al país. Este escenario solamente puede evitarse si el sandinismo cambia de rumbo y tiende puentes con los sectores moderados de la oposición, reduciendo así el poder de los extremistas en ambos sectores.
El acercamiento del que hablo es un proceso complejo. Pero comienza con la disposición anímica de sandinistas como vos a reconocer las legítimas demandas de libertad que movieron a muchos/as jóvenes a protestar contra las arbitrariedades del gobierno en el 2018. Por su parte, los/las jóvenes de la oposición deberán reconocer tus legítimas demandas de justicia social. Sin ustedes no dan este vital primer paso, Nicaragua seguirá siendo arrastrada por la Fortuna y viviendo en la zozobra.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.