El destierro y la dignidad humana

Los ciudadanos nicaragüenses Martín Argüello Leiva y su hijo Bernardo Argüello Celebertti fueron desterrados por el régimen el pasado domingo 7 de enero, siendo así las primeras víctimas en el año 2024 de esa infame condena.

Ellos son personas reconocidas socialmente por ser esposo e hijo respectivamente de Karen Celebertti, la exdirectora del programa Miss Nicaragua que llevó a la joven Sheynnis Palacios a ser elegida la primera Miss Universo nicaragüense en la historia de ese concurso mundial de belleza y talento femenino.

Martín Argüello Leiva es además hijo del eminente jurista nicaragüense Roberto Argüello Hurtado (q.e.p.d.), quien fuera amigo cercano del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y su abogado defensor en juicios urdidos contra él por la dictadura somocista. El doctor Argüello Hurtado era un destacado político conservador progresista que apoyó a la Revolución Sandinista en sus primeros años, llegando a ser magistrado y presidente de la Corte Suprema de Justicia y embajador de Nicaragua en Francia.

Pero también muchos otros nicaragüenses prominentes han sido desterrados en los últimos años, un castigo del Estado prohibido por el derecho internacional humanitario. La Declaración Universal de los Derechos Humanos prohíbe en su artículo 9 el destierro arbitrario de las personas y la Convención Americana de Derechos Humanos es todavía más precisa al respecto, pues en su artículo 22, inciso 5, establece que “nadie puede ser expulsado del territorio del Estado del cual es nacional, ni ser privado del derecho a ingresar en el mismo”.

El destierro es uno de los más antiguos castigos políticos. Fue establecido originalmente en la Grecia clásica y ahora es una sanción penal obsoleta y anacrónica, pero lo siguen imponiendo los regímenes autoritarios y autocráticos.

El destierro, y su otra cara de la moneda que es el exilio, fueron creados por los antiguos griegos como una alternativa igualmente cruel a la pena de muerte. Se perdonaba la vida de algunos acusados de cometer graves crímenes o rebelarse contra el poder político, a los que en vez de matarlos se les expulsaba de su tierra natal, su comunidad y su familia, algunos por tiempo determinado y otros para siempre.

El sicoanalista colombiano Mario Elkin Ramírez señala en un artículo de carácter científico histórico publicado en el blog de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, que el destierro “era el peor castigo que un griego podía recibir porque, al contrario de los hombres modernos, los griegos no tenían ningún concepto de lo que es el yo o la individualidad; en consecuencia, su identidad venía de su pertenencia al grupo, a la polis. Por lo cual, ser desterrado no era ser desplazado a otra polis, conservando el sentimiento de unidad psíquica individual, sino que significaba arrancarle su identidad, su ser, su humanidad”.

El investigador colombiano advierte que en la actualidad “con el destierro se expulsa la tranquilidad de las vidas de los desterrados y, en su lugar, se instala la zozobra, el miedo, la tristeza… porque el destierro va más allá de los límites geográficos, se instala en el alma del desterrado…”

Cabe suponer que quienes ordenan el destierro de sus adversarios reales o inventados son conscientes de que se trata de una pena de inmensa crueldad humana y por eso la imponen.

Pero también por la crueldad del destierro con los desterrados hay también tanta solidaridad como con los presos políticos. La solidaridad no alivia seguramente las dramáticas condiciones personales y familiares de los desterrados, pero peor sería su situación si no fuese por esa fuerza espiritual tan poderosa y confortante.

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