Rubén Darío y León

Es del conocimiento de los estudiosos de Darío que la mujer que asistió a la madre de Rubén, Rosa Sarmiento en su parto, se llamaba Cornelia Mendoza y que Darío nació en la casa de esta en Metapa, departamento de Matagalpa. La familiar o amiga, a quien Cornelia Mendoza llamó para que la ayudara a atender el parto de doña Rosa fue Agatona Ruiz.

Si la educación es, en definitiva, una relación envolvente entre el individuo y su medio, es importante también analizar el contexto familiar y social en que se forja toda personalidad, principalmente en sus primeros años de existencia, tan decisivos para la formación del carácter y la adopción de los valores que orientarán su futuro.

Es lo que hizo el académico doctor Edgardo Buitrago en su excelente ensayo La Casa de Rubén Darío-Influencia del medio en el poeta durante su infancia. En este ensayo, Buitrago nos dice que si bien es cierto que el genio es “como un golpe de ala”, más cierto es “que el hombre no es sino en función del grupo a que pertenece; que la personalidad se hace y se confirma dentro de un juego de incitaciones y respuestas, de estímulos, de sugerencias y aún de provocaciones y de contradicciones del medio social en que el niño crece y se desarrolla”.

Igual que la mayoría de los niños nicaragüenses de aquella época, cuando no existían los preescolares ni los jardines de infantes, las primeras letras las aprendió Darío en el regazo de la tía abuela Bernarda, a quien el niño Rubén tenía como su madre carnal. Al hogar de la tía Bernarda y su esposo, el coronel Félix Ramírez Madregil, su padrino y padre adoptivo, fue llevado treinta días después de nacido, de Metapa a la ciudad de León,  donde transcurrió su infancia y adolescencia, etapas tan importantes para el desarrollo de su personalidad.  En ese hogar se inició su educación y recibió influencias que más tarde se hicieron sentir en el curso de su vida.

La tía Bernarda y su esposo prodigaron al niño todo el amor y los cuidados que no pudieron brindar a su única hija, muerta a temprana edad. Rubencito vino a colmar el vacío. La tía Bernarda le enseña las primeras letras y las oraciones que debía aprender de memoria, oraciones en verso cuyo ritmo el niño captaba. El tío Félix más tarde le enseña a montar a caballo y las novedades recién llegadas a León: el hielo, las manzanas de California, los cuentos pintados para niños, y hasta el champaña de Francia…

En su Autobiografía nos dice Rubén: “Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según me han contado”. Para completar el aprendizaje de la cartilla y prepararse para la primera comunión, asiste a la escuela: una escuelita mixta que funcionaba en la casa contigua a su hogar, donde residía doña Margarita Tellería. Su hija, la señorita Jacoba Tellería, “solterona en años y paciencia”, tenía a su cargo la enseñanza de los niños. Ella fue la primera maestra de Rubén. El método que la señorita Tellería utilizaba, común entonces en escuelas similares, consistía, nos explica el profesor Edelberto Torres, “en memorizar letra por letra, su sonido y escritura.  Los niños repiten incesantemente y en alta voz los sonidos, teniendo la cartilla sujeta en un marco de madera provista de un mango”… “El sábado se consagra a memorizar el catecismo como preparativo de la primera comunión”. Rubén guardaba un grato recuerdo de aquella experiencia infantil, no exenta de palmetazos, como los que entre indignada y asombrada le propinó la niña Jacoba, cuando, según él mismo cuenta, lo sorprendió “¡a esa edad, Dios mío! en compañía de una precoz chicuela, iniciando, indoctos e imposibles Dafnis y Cloe, y según el verso de Góngora, “las bellaquerías detrás de la puerta”.

Concluido el aprendizaje de la cartilla, Rubén pasó a estudiar a la Escuela de Zaragoza, que estaba a cargo del entonces estudiante de Medicina Jerónimo Ramírez. A veces, el propio coronel Ramírez Madregil llevaba en brazos al niño Rubén a la escuela.  En el siguiente curso escolar, Rubén fue trasladado a otra escuela pública, esta vez la del barrio de San Sebastián, cuyo maestro era el pasante de Derecho Felipe Ibarra. En esta escuela concluyó, mal que bien, su educación primaria.

Por esa época, se inicia también su enorme afición por la lectura, llegando a ser, pese a sus pocos años, un lector infatigable. “En un viejo armario”, nos cuenta en su Autobiografía, “encontré los primeros libros que leyera.  Eran un Quijote, las obras de Moratín, Las Mil y Una Noches, la Biblia; los Oficios, de Cicerón; la Corina, de Madame Stael; un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué autor, La Caverna de Strozzi.  Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño”. “Era lector de todo lo que le llegaba a las manos”, nos informa Juan de Dios Vanegas:  “Sentado en la esquina de la casa tenía un libro a un lado y un acordeón al otro, alternando la lectura con el manejo del instrumento. Poseía gran oído músico que le fue un poderoso auxiliar en su tarea de renovación poética”.

El propio Rubén, en su Autobiografía, describe así al coronel Ramírez:  “Era él un militar bravo y patriota, de los unionistas de Centro América, con el famoso caudillo general Máximo Jerez, de quien habla en sus Memorias el filibustero yanqui William Walker. Le recuerdo, hombre alto, buen jinete, algo moreno, de barbas muy negras. Le llamaban ´el bocón´, seguramente por su gran boca”. El coronel Ramírez no era un militar inculto. Era persona inclinada a la lectura y en su casa se reunía una tertulia de políticos e intelectuales liberales, en las que también participaba su esposa, doña Bernarda, con el niño Rubén a su lado hasta que el sueño le hacía a éste buscar refugio en las faldas de la buena mujer.

El doctor Edgardo Buitrago, en el ya citado estudio sobre la influencia del medio en el poeta durante su infancia, nos ofrece el siguiente retrato de la madre adoptiva. “Doña Bernarda gozó desde muy joven, de gran fama como mujer inteligente, y amena conversadora, así como de hermosa y atractiva  (…) doña Bernarda era una gran lectora. Sentada durante el día en su cómoda butaca de madera con forro de cuero en el fresco corredor de su casona, o a la orilla de la mesita de su sala, en la que arde una lámpara de gas, durante la noche, la veían constantemente amigos y vecinos, entregada de lleno a la lectura del libro que tenía entre sus manos”.

El núcleo familiar, el entorno social, el ambiente intelectual, cultural y político de la ciudad de León de aquella época y el paisaje mismo, todos estos elementos se conjugan para transformarse en una relación envolvente de carácter educativo, que contribuye, entrelazándose con las influencias provenientes del sistema propiamente escolar, a formar la psiquis, el intelecto y la personalidad de aquel niño extraordinario, dejando huellas en su proceso de ser.

Pero también la ciudad donde transcurren sus primeros lustros de vida dejará una profunda huella en Rubén. En el poema del Retorno dirá, muchos años después:  “Exprimidos de idea, y de orgullo y cariño, / de esencia de recuerdo, de arte de corazón, / concreto ahora todos mis ensueños de niño  /sobre la crin anciana de mi amado León”.

El autor es educador, académico y escritor. Fue rector universitario y ministro de Educación.

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