Cada 31 de diciembre hacemos un corte artificial en el transcurso del tiempo. Ponemos fin a un ciclo de vida y abrimos otro. Si el año que termina fue malo, esperamos que el nuevo sea mejor. Y si el “año viejo” fue bueno, lo celebramos y esperamos que la diosa Fortuna nos siga favoreciendo.
Pero como nuestras vidas no están separadas de las vidas de los demás, el último día del año hacemos votos para que la gente que nos rodea tenga un “feliz año nuevo”. Ese deseo, que nos proyecta más allá de nuestro “yo” y rompe las cadenas del ego, es una expresión de lo que se conoce como “empatía”, concepto que podemos definir como la capacidad humana para identificarnos con otros miembros de nuestra especie —y hasta de otras especies— a tal punto que la felicidad del “otro”/“otra” nos hace feliz, de igual forma que su infelicidad la sentimos como propia.
En su libro, La Civilización Empática, el sociólogo y economista Jeremy Rifkin argumenta que los niveles de civilización alcanzados por las sociedades del mundo se correlacionan con los niveles de capacidad empática desarrollados por sus miembros. Somos más o menos civilizados, en la medida en que somos más o menos empáticos.
Hay que anotar, sin embargo, que la expansión de los círculos de empatía y altruismo que analizan Rifkin y otros, como Peter Singer en su clásico El Círculo Expansivo, también son responsables de la formación de moralidades de grupo que, en nombre de un Dios, o de una raza, o de una nacionalidad, han alimentado el fanatismo de las Cruzadas, el Holocausto Judío, la carnicería de Gaza, y otras atrocidades.
Finalmente, Rifkin señala que nuestra capacidad empática ha aumentado en la medida en que los humanos hemos podido incrementar nuestra interacción con otros miembros de la especie. Efectivamente, las tecnologías de comunicación nos han ayudado a compenetrarnos emocionalmente con otras personas en otras partes del mundo. Por ejemplo, gracias a la televisión pudimos ver y experimentar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo de Al-Qaeda, el 11 de septiembre en Nueva York; y de Hamás, el 7 de octubre en Israel.
¿Somos empáticos los nicaragüenses?
La pregunta es retórica, porque cuando surgió la sub-especie de los Homo Sapiens-Sapiens a la que pertenecemos —100-120 mil años atrás—, nuestros cerebros estaban ya equipados neurobiológicamente para empatizar. “Fuimos sociales”, dice Singer, “antes de ser humanos”.
Pero —y siempre hay un “pero”— no todos los humanos logramos optimizar el uso de nuestra capacidad empática natural, ya sea por deficiencias en la neurofisiología de nuestros cerebros, o porque la cultura dentro de la que nos desarrollamos anula nuestro potencial natural para compenetrarnos con los demás. Así, hay culturas, como la sueca o la costarricense, que activamente promueven el desarrollo de la empatía y del altruismo entre sus ciudadanos mediante políticas estatales redistributivas, y eficientes sistemas de educación pública universales y gratuitos, que fomentan la cohesión social. En el caso costarricense, el altruismo institucionalizado de ese país beneficia no solo a los costarricenses sino también a miles de familias nicaragüenses que, por razones políticas o económicas, han tenido que “buscar vida” fuera de nuestras fronteras.
A la par de culturas como la sueca y la tica también hay culturas, como la nuestra en Nicaragua, que fomentan y reproducen el egoísmo. En nuestro país, por ejemplo, hemos internalizado la idea de que “quien tiene más galillo tiene derecho a tragar más pinol”. El resultado de esta mentalidad es una Nicaragua que, como dice el maestro Alejandro Serrano Caldera, funciona como “un archipiélago de islotes sociales que coexisten, inconexos, los unos al lado de otros [produciendo] un desconocimiento recíproco […] que elimina elementales formas de complementariedad”. Y sin complementariedad no hay empatía. Y sin empatía no hay civilización porque esta implica civilidad, una cualidad en lo que, tristemente, somos deficitarios.
Nada es inevitable
Nuestra cultura nos hace ser lo que somos. Pero somos nosotros/as quienes hacemos nuestra cultura y quienes la reproducimos con nuestro humor racista, sexista y homofóbico; con el terrorismo verbal que usamos para deshumanizar al adversario; y con el “espíritu de secta” que reforzamos cuando, consciente o inconscientemente, nos mantenemos alejados o, por encima, de quienes no pertenecen a nuestro círculo social ¿Cómo cambiar este estado de cosas para empatizar y hacernos más civilizados?
Conozcámonos
Salgamos de nuestros círculos familiares y sociales habituales y conozcámonos mejor. No es difícil hacerlo. Por ejemplo, no suelte otro hijue-twitazo en la internet contra el “otro” sandinista o antisandinista (o contra este su humilde servidor). En vez de hacer eso, acérquese a él/ella e indague por qué viste la camiseta del FSLN o posa con una bandera de Nicaragua al revés. Desvíe usted su carro y recorra barrios que no conoce. Visite Bilwi o El Castillo en Río San Juan para conversar con los nicas de esos lugares. Descubrirá que somos varias Nicaraguas, lo que lo hará desconfiar sanamente de quienes hablan en nombre de “los nicaragüenses”. Tómese un café con la empleada de su casa y hable con ella con ganas de conocer sus miedos y aspiraciones. Se dará cuenta de que son parecidas a las suyas. Y si es católico, visite un templo pentecostal, y si es pentecostal vaya un día a misa. Aprenderá que a todos nos mueve el “dolor de ser vivo”, y le prometo que no le caerá un rayo por hacerlo.
Dejemos de ser un concepto
Dice el sicólogo social Jonathan Haidt en su libro Tribus Morales, que para entablar un verdadero diálogo con el “otro” o la “otra” debemos primero despojarnos de cualquiera que sea el envoltorio-coraza religioso, ideológico o sexual con el que nos presentamos normalmente frente a los demás. Esas envolturas conceptuales pueden hacernos perder de vista que todos, Carlos Pueblo y Carlos Pellas, queremos criar bien a nuestros hijos/as, ser felices y vivir en paz. Ponga, pues, a un lado, por un momento, lo que dice su Iglesia, o “la compañera Rosario” o el mechudo Milei y adopte una “perspectiva antropológica”, como siempre me recomienda hacerlo mi esposa.
Juguemos con la imaginación
El neurofilósofo Mark Johnson recomienda que, para examinar críticamente nuestra moralidad, debemos imaginarnos siendo el “otro” o la “otra. Seamos por unos minutos la niña violada y embarazada por su padrastro, o la madre de esa niña. Luego revisemos nuestra posición “contra todo tipo de aborto”. Seamos el padre de familia agradecido por las tejas de zinc que le regaló el gobierno y que le servirán para que sus hijos no duerman en una cama mojada durante la época de lluvias. Siéntese mentalmente en una celda del Chipote, durante estos días navideños, alejado de sus seres queridos, y verá usted como se le quitan las ganas de insultar a los “puchos”.
En el 2024 prometo a mis lectores seguir estas recomendaciones. Mientras tanto, les deseo a todos/as, mucha fuerza y sabiduría en el nuevo año.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.