Que alegre es ser uno mismo

En todo amar y servir.
Juan el Bautista nos da una solemne lección de la autoestima que se tiene a sí mismo y del orgullo que siente de ser quien es (Jn.1,6-8.19-28).

En nuestra vida constantemente recibimos mensajes negativos tanto de la sociedad como de la misma familia y amigos, que nos llevan a subestimarnos, a descalificarnos y a no aceptarnos tal cual somos.

Cuántas veces escuchamos en el seno de la misma familia decir los padres a sus hijos frases como estas: “Vos sí sos dundo; nunca vas a valer para nada”. “Bien podrías fijarte en tu hermano y ser como él”. “Vos no tenés remedio…” “Tengo ganas de que alguna vez hagás algo bien hecho”.

Todos estos mensajes negativos van trabajando en nuestro subconsciente hasta que, sin darnos cuenta, nos convertimos en los peores enemigos de nosotros mismos, haciéndonos creer que nada valemos y menospreciándonos a nosotros mismos.

La Palabra de Dios es un canto a la dignidad del ser humano, sin distinción de razas, de colores o condiciones sociales. Para Dios toda persona humana es lo más querido y mimado que ha salido de sus manos: Dios nos creó a su “imagen y semejanza” (Gen.1,26).

En su Hijo Jesucristo nos pasó a ser miembros de su propia familia: “Somos sus hijos… Y sí hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rom.8,15-17).

El Salmista, al darse cuenta de la dignidad del ser humano, se dirige a Dios diciéndole: “Señor… ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él…? Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y esplendor… Todo lo pusiste bajo sus pies” (Sal.8,5-7).

Asimismo, para Jesús, nada hay más grande en este mundo creado por Dios que el ser humano, todo ser humano sin distinción alguna:

Por él se vistió de nuestra propia carne (Jn.1,14).
Por salvar al hombre vivió entre los hombres y murió (Jn.3,17).

Porque sabía el valor que teníamos para el Padre Dios, nos dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt.16,26).

Juan Bautista es un hombre de una gran personalidad, amante de sí mismo, orgulloso de lo que es y de la misión que tiene en la historia.

Juan el Bautista no tiene necesidad ni de humillarse ni de exaltarse, se conoce profundamente a sí mismo y sabe hasta dónde llegan sus límites.

Se ama tal cual es; se tiene una profunda autoestima: Juan sabe que él no es la luz; pero también sabe que es testigo de la luz (Jn.1,8).

Juan sabe que él no es el profeta esperado (Jn.1,21), ni Elías (Jn.1.21), ni el Cristo (Jn.1,20; 3,28); pero es consciente de que él es la voz que anuncia al que va a llegar para que se le preparen los caminos (Jn.1,23).

Juan el Bautista sabe que el Mesías, el que viene detrás de él, es más que él (Jn.1,15) hasta el punto de decir que ni siquiera es digno de desatarle la correa de sus sandalias (Jn.1,27).

Juan sabe que él bautiza con agua; pero el Cristo que llega bautizará con el Espíritu (Jn.1,26).

Juan el Bautista es consciente de que el Cristo “viene de arriba” y está por encima de todos” (Jn.3,31), así como él “es de la tierra y habla de la tierra” (Jn.3,31).

Porque Juan se tiene en una muy alta autoestima, es capaz de decir con todo orgullo y con una tremenda humildad: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn.3,30).

Ese es Juan el Bautista; se conoce demasiado a sí mismo, sabe quién es, sabe la grandeza de su misión; pero también sabe hasta dónde tiene que poner su valor sin necesidad de quitarle a los demás su propia valía.

Se valora a sí mismo con toda sinceridad sin necesidad de minusvalorar a nadie para engrandecerse a sí mismo.

Ya diría de él el mismo Jesús que “no hay nacido de mujer ningún hombre mayor que Juan el Bautista” (Lc.7,28).

La fe auténtica es siempre una fuente inapreciable para la autoestima, como lo testimonia Juan el Bautista.

Hoy necesitamos todos rescatar el orgullo de ser cada uno lo que es. Se habla mucho de autoestima; pero aún nos queda mucho camino por recorrer para poder gozar de ella.

Todos tenemos muchos valores que tenemos que desarrollar y muchos huecos que tapar. Ni los valores nos atontan ni los errores nos humillan. Somos quienes somos y nos amamos como somos.

El que vive de apariencias, bien sabe que en él “no es oro todo lo que reluce”, como dice el refrán.

El que se considera un vil gusano, se menosprecia a sí mismo. Cada uno es lo que es y tiene que sentirse orgulloso de sí mismo, como Juan el Bautista.

Todos somos únicos e irrepetibles. No existen fotografías de nadie. Nadie tiene por qué envidiar a nadie, ni aparentar lo que no es.

Sólo podemos ser felices, cuando seamos capaces de sentirnos orgullosos de lo que somos, al estilo de Juan el Bautista.

La autoestima es un requisito básico para el desarrollo personal y social: una autoestima positiva es de gran importancia para la vida personal, profesional, social y cristiana.

Cuando uno se siente bien consigo mismo, está preparado para aceptar retos, probar cosas nuevas, conocer a gente nueva…

El éxito y la felicidad de nuestra vida es siempre un reflejo de la confianza que tenemos en nosotros mismos.


El autor es sacerdote católico.

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