Siempre en el contexto de la próxima celebración de los 500 años de la ciudad de León, es oportuno rememorar la vida y obra de sus más ilustres hijos, entre ellos, el poeta surrealista y metafísico Alfonso Cortés.
Todos los domingos, y con toda puntualidad, diez minutos antes de las diez de la mañana, un distinguido caballero, alto, blanco, ojos azules intensos, rostro apacible y vestido, casi siempre, de lino blanco impecable, pasaba frente al portón de mi casa sobre la Calle Real en León. Era Alfonso Cortés, uno de nuestros mayores poetas.
Los últimos años de su vida, entre 1965 y 1969 los pasó el poeta Alfonso Cortés en su ciudad natal, al cuidado de sus hermanas en la casa de estas sobre la Calle Real. Alfonso Cortés nació en León el 9 de diciembre de 1893, siendo sus padres don Salvador Cortés y doña Mercedes de Cortés.
Hay muchos aspectos de la infancia de Alfonso que nos recuerdan la infancia de Darío. Como él, Alfonso fue también un niño prodigio, a los tres años ya sabía leer y a los siete escribió sus primeras poesías: Al Mar y El Disco de Oro. La enseñanza primaria la cursó en la escuela de Vicente Ibarra. Luego estudió, hasta el tercer año de secundaria, en el Instituto Nacional de Occidente. Contra la voluntad de sus padres, Cortés abandonó los estudios para dedicarse por completo a lo que constituía su pasión: la literatura y las lenguas extranjeras. Ejerció el magisterio en varias escuelas primarias de León y por su cuenta estudió inglés, italiano, portugués y francés. Se dice que este último idioma lo llegó a dominar a la perfección.
Por una extraña coincidencia, en 1915, a los 22 años de edad, el joven poeta se traslada a vivir con su familia a la misma casa donde Rubén pasó su infancia y primera juventud, la casa de la tía Bernarda, en las famosas “cuatro esquinas” de la Calle Real de León, donde ahora se encuentra el Museo y Archivo “Rubén Darío”. Por esos años, Alfonso Cortés ejerce activamente el periodismo en León y colabora con las más importantes revistas literarias de la época.
En su calidad de redactor de El Eco Nacional, periódico que se publicaba en León, Alfonso emprendió, por la vía marítima, viaje a México el 25 de noviembre de 1920 para asistir al Primer Congreso de Periodistas Hispanoamericanos. Durante la travesía, Alfonso ofreció varios recitales de su poesía a la tripulación y pasajeros que viajaban con él en un barco noruego. Pero Alfonso no pudo llegar hasta México. Careciendo del dinero suficiente para cubrir el tramo Guatemala-México, se vio precisado a desembarcar en Guatemala, donde se dedicó al periodismo como redactor de planta del diario El Excelsior de la ciudad de Guatemala. Meses después funda su propio semanario, Nicaragua Federal, con la colaboración de varios prominentes nicaragüenses de ideología liberal que, por entonces, residían en Guatemala. Se dedica también al magisterio como profesor de literatura, gramática, francés y aritmética razonada, en la Escuela Normal de Guatemala.
En ocasión de las Fiestas de la Raza, la ciudad de Quetzaltenango convoca en 1922 sus tradicionales Juegos Florales. Alfonso participa en ellos enviando al concurso su poema Canto épico a la Unión Centroamericana, que gana el primer premio en la rama de poesía bajo el título de La Odisea del Istmo. El inspirado Canto, escrito en versos clásicos, se inicia con una evocación de Homero y Horacio. Tres años duró la estancia de Alfonso en Guatemala, desde donde siempre añoraba su tierra natal al punto que, en una carta a sus padres escribe: “Estoy convencido de que no he nacido para vivir fuera de mi Patria y de mi hogar paterno”.
Hay una noche trágica en la vida de Alfonso Cortés. Es la noche del 17 de febrero de 1927 en que, misteriosamente, la locura se instala en su cerebro para siempre, salvo algunos cortos períodos de lucidez. Esa noche Alfonso despierta y le dice a su padre que siente como si no fuera él mismo. No puede dormir. Su mente comienza a extraviarse con dantescas visiones e ideas terribles. Los médicos que le asisten diagnostican que Alfonso se ha vuelto loco. Tenía 34 años de edad. Desde ese día, ningún tratamiento tiene éxito. Ni siquiera su largo internamiento en el Hospital Psiquiátrico de Managua (desde 1944 hasta 1965, es decir 21 años), ni el que le aplicaron en el Asilo Chapuí de Costa Rica, en una breve estadía. La esquizofrenia se había apoderado de él.
Se ha dicho, y con buen fundamento, que “Alfonso perdió la razón pero no la poesía”, pues siempre siguió escribiendo versos, algunos extraordinarios y otros de inferior calidad. Por ejemplo, al poco tiempo de volverse loco, en un momento de lucidez, escribió La Canción del Espacio, que es uno de sus mejores poemas: “La distancia que hay de aquí a / una estrella que nunca ha existido / porque Dios no ha alcanzado a / pellizcar tan lejos la piel de la / noche!”…
Su locura, en los últimos años de su vida se tornó apacible, de suerte que fue posible para sus hermanas, que tan solícitamente siempre lo atendieron trasladarlo, en 1965, a su hogar en León. En los años iniciales, su locura, tuvo frecuentes momentos de furor, que obligaron a los padres de Alfonso a encadenarlo al tobillo, en el cuarto de la tía abuela de Rubén Darío, doña Bernarda, de la casa de las Cuatro Esquinas, o bien encadenarlo a la cintura, sujeta la cadena de las grandes vigas del techo del cuarto que da a la Calle Real, hoy Calle Rubén Darío. En una ocasión su furia le hizo doblar los barrotes de la ventana, que aún permanecen doblados. Ahí lo vio por primera vez Ernesto Cardenal, en su infancia: “Yo recuerdo sus ojos pálidos, azules, y su barba rojiza, cuando los chiquillos de la escuela pasábamos por su casa haciéndole burlas”… “Los chiquillos no sabíamos entonces, y tampoco los mayores, que ese hombre era uno de los más grandes poetas de la lengua castellana”.
En su encierro, Alfonso solo tenía una ventana para comunicarse con el mundo y para contemplar el diáfano cielo de León, aunque solo fuera en Un detalle: “Un trozo azul tiene mayor / intensidad que todo el cielo, / yo siento que allí vive, a flor / del éxtasis feliz, mi anhelo…” José Coronel Urtecho dio a ese poema el título de Ventana y, con emocionado entusiasmo, se preguntaba si no sería ésta “la más bella poesía de la lengua castellana. La más bella poesía de todas las lenguas? La recito para mí solo, agregaba Coronel, cada vez que quiero evadirme, salir, sentirme superior a mí mismo.”
El 25 de septiembre de 1968, en su lecho de enfermo me correspondió el alto honor de hacerle entrega, en mi calidad de Rector, del título de DOCTOR HONORIS CAUSA que le confirió la Universidad. El poeta dijo unas muy breves palabras de agradecimiento. Luego, comenzó a repetir y repetir los primeros versos de uno de sus poemas. El 10 de octubre de ese mismo año recibió la Medalla del Congreso, máximo galardón del Poder Legislativo de Nicaragua, en ese entonces. Falleció el 3 de febrero de 1969.
La UNAN se encargó de organizar las honras fúnebres de Alfonso. Después de los honores que le tributó la Universidad, la municipalidad de León, la Iglesia y otras entidades culturales, sus restos fueron depositados en la Cripta de Hombres Ilustres de la Catedral de León, muy cerca de la tumba de Salomón y Rubén.
Alfonso Cortés, como Salomón de la Selva, inauguró entre nosotros una nueva poesía, tan singular, tan propia, que justamente ha sido designada como “alfonsina”. Mientras en Salomón influyeron las experiencias literarias de la nueva poesía norteamericana, en Alfonso más bien se advierten influencias de los poetas franceses, desde Víctor Hugo y Baudelaire, pasando por Verlaine y Rimbaud, los poetas parnasianos y simbolistas, en general, hasta Mallarmé, que fue uno de sus más admirados maestros. Fue un excelente traductor de poetas franceses e ingleses.
Los primeros libros de Alfonso los editó su padre cuando ya el poeta había perdido la razón: Poesías (1931); Tardes de Oro (1934) y Poemas Eleusinos (1935). En estos libros, así como en los posteriores editados amorosamente y con grandes esfuerzos por sus hermanas, Las Siete Antorchas del Sol (1952); Las rimas universales (1964); Las coplas del pueblo (1965); Las puertas del pasatiempo (1967) y El poema cotidiano (1967), se encuentran, dice su crítico Ernesto Cardenal, “extrañamente confundidas varias clases diferentes de poesía: una, poesía mala; otra, buena poesía modernista pero sin marca propia; y la otra, la poesía genial de Alfonso con su marca inconfundible, la ALFONSINA”.
El autor es educador, académico y escritor. Fue rector universitario y ministro de Educación.