¡Viva España!

No siempre es una desgracia para una sociedad, etnia o conglomerado humano, caer bajo el dominio de otra. A veces puede ser bendición. Que sea una u otra cosa dependerá de la calidad del poder dominante. Tristemente la izquierda, en virtud de sus fobias y prejuicios ideológicos, ha querido ver en todas las experiencias coloniales solo episodios de explotación y saqueo, ignorando tanto el atraso y sufrimientos que padecían las sociedades precoloniales, como los bienes traídos por los colonizadores.

Dinesh D´Souza´s, el prolífico autor de origen hindú, en su libro What´s so Great About America, narra los grandes beneficios que trajo a su otrora atrasado país el colonialismo británico; entre ellos el idioma inglés, el sistema legal occidental, la unificación de las múltiples tribus y etnias, la abolición de costumbres bárbaras, como quemar en la pira funeraria a mujeres que enviudaban, etc. Es cierto, como él reconoce, que los ingleses cometieron abusos, como onerosas cargas tributarias o extracción de algunos recursos naturales, pero en el balance la India salió ganando mucho de su experiencia colonial.

Evidentemente, existen importantes diferencias en las prácticas coloniales de los distintos imperios. Las hay crueles y rapaces y las hay humanitarias. La diferencia proviene, en gran medida, de sus valores. Entre la constelación de imperios de los últimos cinco siglos, el español es el que más sensibilidad ha mostrado hacia sus súbditos. Razón decisiva: la fe católica.

La corona española, al igual que sus aguerridos conquistadores, querían oro y otros bienes materiales. Pero también tenían un intenso interés evangelizador. En las carabelas que desembarcaban en América venían hombres sedientos de riquezas, pero también de almas. Por todo el continente, afrontando situaciones durísimas, centenares de frailes y misioneros se desplazaron sembrando la fe cristiana y educando a los indígenas. Y no solo en la fe, sino en artes manuales, crianza de animales y otras habilidades. Entre estas últimas el canto fue una de las más cultivadas, como mostraron con brillo los indios guaraníes de Sudamérica. Fueron también ellos, los clérigos y religiosos (as) quienes con gran entrega multiplicaron entre los pueblos escuelas, orfelinatos, hospitales, e innumerables obras de asistencia social. Ya desde muy temprano, en 1551, la corona fundó en Perú la Universidad de San Marcos, la primera del continente.

Otra nota sobresaliente fue el esfuerzo de España por integrar a los indios al mundo y cultura occidental. En Norteamérica, en cambio, los colonos, predominantemente protestantes, confinaron a los indios a reservaciones, a veces con lujo de crueldad. Nada parecido al apartheid racista que los ingleses impusieron en Suráfrica sucedió en la América hispana. Mariano Baptista Gumucio, entre otros, ha documentado cómo en el oriente boliviano “El encuentro entre los europeos y habitantes prehispánicos, en vez de caracterizarse por la violencia y la crueldad, sirvió para atenuar las duras servidumbres de que estaba hecha allí la vida, para humanizarla y dotar a la cultura más débil de ideas, formas, técnicas, creencias, que la robustecieron a la vez que modernizaron”.

Parte de esta integración, y derivado también del catolicismo, fue el mestizaje. Mientras en Nueva Inglaterra no se registró ningún matrimonio interracial antes de 1676, algunas excepciones posteriores llevaron, en 1691, a prohibir este tipo de uniones. Sir Walter Raleigh se jactaba de que en su expedición a Guinea ninguno de sus hombres había tocado jamás a una india. Los españoles, por el contrario, fomentaron mezclarse con los nativos. Los mismos reyes católicos propiciaron este hecho desde el mismo inicio de la conquista. En 1503 daban las siguientes instrucciones: “Tratad que algunos cristianos se casen con indias y que algunas cristianas se casen con indios, de forma que puedan comunicarles y enseñarles la doctrina de nuestra santa fe católica, y que aprendan a cultivar la tierra, administrar sus propiedades y se conviertan en hombres y mujeres racionales”.

Surgió pues así una nueva raza y civilización, las “Ínclitas (ilustres, sobresalientes) razas ubérrimas, sangre de la Hispania fecunda” que cantó Darío, un poeta mestizo que, a diferencia de almas mediocres, siempre estimó con orgullo el precioso legado español.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    Añorando el pasado. A unos les llamaban fiebres, a otros les llamaban serviles.

  2. Hace 3 años

    Increible. Tragicomico. Y pensar que este hombre cavernicola ultrafanatico religioso fue Ministro de «Educacion» en Nicaragua. No se si reir o llorar.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí