Recuerdos de los cines de la vieja Managua

Como digo en mis Memorias de un ciudadano, de joven fui muy aficionado al cine. Mi cine preferido fue el Tropical que quedaba muy cerca de mi casa. Era un cine cuya luneta carecía de techo, de manera que si llovía los espectadores se empapaban si no lograban pasarse a la sección de palco brincando sobre la baranda que dividía la luneta del palco.

Asistí muchas veces a este cine llevando del brazo a mi abuela, doña Guadalupe López, quien era muy enamorada del actor y cantante mexicano Jorge Negrete. Mi abuela no se perdía ninguna película en que el protagonista fuera su cantante preferido, y muchas veces me hacía ir con ella a ver hasta dos y tres veces la misma película. Otros días iba en compañía de mi primo Tino Pereira a la luneta y cuando apagaban las luces nos cruzábamos al palco.

Recuerdo que mis padres me llevaron a este cine a ver mi primera película protagonizada por la ya entonces famosa cantante Libertad Lamarque. En mis recuerdos aparece algunas veces la imagen de esta cantante entonando la canción: Como el pajarito quisiera volar, como el pajarito quisiera salir de este encierro. Vivo prisionera de mi juventud, vivo prisionera y sin libertad. Esto es lo que yo logro recordar, posiblemente con errores, de la canción que entonaba Libertad Lamarque en una película en la que cantaba mientras se bañaba en un río. Debo confesar que lo que más recuerdo es la imagen de la bella, entonces joven, Libertad Lamarque bañándose en el río.

En esa época, ahora tan lejana, en el Cine Tropical había una sección en el palco con sillas de mimbre que yo visité únicamente cuando acompañé al cine a mis bellas primas Beatriz y Gretchen Tünnermann Wheelock. En cambio, mi tío Enrique Bernheim prefería ir a la luneta, especialmente cuando daban películas de Cantinflas porque le gustaba escuchar las carcajadas del auditorio popular.

Otro cine que frecuenté fue el Alameda, situado en la Calle Colón, un poco después, los cines América y Victoria en el barrio de San Antonio, más lejos estaba el cine El Triunfo, al cual asistí una vez, así como también al Cine Ruiz cerca de la Cervecería Victoria que me quedaba muy lejos.

Cuando se pusieron de moda los matinés los chavalos y chavalas de la época asistíamos a los del Cine Darío los días sábados y domingos a las tres de la tarde para salir a las cinco. Con frecuencia me encontraba con mi prima Rosa Carlota acompañada de su inseparable amiga Cecilia Picado, hija del expresidente de Costa Rica, Teodoro Picado, entonces exiliado en Nicaragua. Íbamos a este matiné puntualmente, no importaba que presentaran otra vez la misma película porque lo que deseábamos era encontrarnos con las chavalas de la época.

También asistí a varias funciones en el Cine Colón situado no muy lejos de los mercados, cerca de la iglesia Santo Domingo.

El Cine Margot era entonces el más elegante antes que abriera sus puertas el Cine Salazar en 1951, que tiempo después, cuando cambió de dueño se llamó Alcázar. Desafortunadamente, el Margot se incendió y al menos cinco personas murieron quemadas, según las crónicas de los diarios. Luego se inauguró con mucha propaganda lo que fue el mejor cine de la vieja Managua, el Cine Salazar, cuyo mejor competidor era el renovado Cine González.

No muy lejos del Cine Salazar estaba la refresquería El Eskimo adonde íbamos con las muchachas de entonces, después de asistir al matiné del González o del Salazar. El Salazar tenía una sección intermedia entre el primero y el segundo piso que era la “preferencia” donde se pagaba más caro. Su palco era muy hermoso y todo el cine tenía aire acondicionado, fue el cine más frecuentado en mi juventud donde en una ocasión después de la función hubo un programa denominado IQ, que significaba “Yo pregunto”. Consistía en preguntas que un actor, tocado de birrete, hacía preguntas al público y el espectador que acertaba con la respuesta se ganaba, creo que cien córdobas de esa época.

Recuerdo que una vez el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal como espectador de la preferencia contestó acertadamente una pregunta. En el palco ese mismo día yo le soplé a un espectador que el nombre del conde de Mirabeau era Honoré Riquetti. El espectador se ganó el premio, pero no volvió al palco, sino que se fue para su casa con el premio.

Cuando vino Agustín Lara a Nicaragua ofreció un concierto en el Cine Salazar al cual yo asistí porque siempre he sido muy aficionado de sus canciones, las que ahora en mi vejez las escucho con la misma afición durante mis almuerzos.

Algunas veces fui en mi juventud a los matinés del Cine Luciérnaga, sobre la Calle 15 de Septiembre y tengo muy presente la imagen de las parejas “romanceando” en la última fila del palco sin que nadie los interrumpiera. En ese mismo cine asistí a una función de las alumnas del profesor de baile Adán Castillo donde Rosa Carlota y su amiga Cecilia Picado bailaron una jota española mientras hacían sonar las castañuelas.

Los cines de barrio eran entonces toda una institución, los recorrí casi todos desde el elegante Trébol, de los hermanos Bendaña; el América y el Victoria, del barrio San Antonio, Colón —después Fénix—; el Alameda; el viejo Margot, en el mismo lugar se construyó años después el nuevo edificio que el terremoto del ‘72 respetó parcialmente. El más humildito era el cine Palace, sobre la calle 15 de Septiembre, con más pulgas que espectadores.

Más tarde se formaron las cadenas o circuitos de cine. Así existían los cines del circuito perteneciente a la familia González, los pertenecientes a los hermanos Cabrera, cuyo cine de primera categoría estaba sobre la Calle 27 de Mayo, que ahora funciona como Iglesia Evangélica, y más tarde el Cine Aguerri, “perfecto para Managua” como decía su slogan. Ya en nuestra época actual surgieron las salas múltiples donde se pueden presenciar diferentes películas como las que están en las Galerías Santo Domingo, Metrocentro y Multicentro Las Américas.

Demás está decir que ya no vamos al cine, sino que en nuestra casa vemos las películas que seleccionamos en Netflix o en Youtube. Me parece que la posibilidad de ver las mejores películas suscribiéndose a estas cadenas puede representar una amenaza a la existencia de las pocas salas de cine.

El autor es educador, académico y escritor.

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