Desde niños, una de las cosas que más pronto aprendemos es a dar excusas, cuando no queremos comprometernos a algo o cuando queremos hacernos los locos en algo. Todos tenemos en nuestro haber bastantes excusas inventadas en la historia de nuestra vida.
Las excusas están siempre a todos los niveles y en todos los estratos sociales o personales: desde los que están en las alturas del poder hasta los que nada pueden o tienen. Desde los ancianos hasta los niños las excusas siempre han estado de moda ayer y hoy.
El esposo que llega tarde a la casa, saca montones de excusas ante su esposa para que las cosas no pasen de ahí. Y la esposa no se queda atrás y también lo hace.
El estudiante haragán tiene excusas de todo tipo para justificar que va aplazado y, desde luego, nunca falta la de siempre: que el profesor no vale, que le tiene tema y que no sabe explicar…
Cuando la mamá o el papá piden a los hijos cualquier colaboración en las labores del hogar, tienen excusas a montones para evadirse y no hacerlas.
Cuando las cosas en el hogar no marchan, siempre buscamos excusas para que la culpa recaiga en los demás y no en nosotros.
Cuando Dios y nuestra conciencia nos piden que cambiemos de vida porque por los caminos escogidos solo vamos a nuestra propia perdición y a la de los nuestros, nos buscamos todas las excusas habidas y por haber para decirle a Dios “no». Las excusas suelen ser siempre hijas de la mentira y de la evasión.
Ante la llamada de Dios a participar en la fiesta de la vida y la salvación (Is 25,6-10), muchos se excusan. El mismo pueblo judío no respondió a la invitación de Dios y, como solemos hacer siempre, buscó todas las excusas posibles.
Siempre el hombre le ha temido a la llamada e invitación de Dios, como si Dios fuera nuestro aguafiestas. Huimos y nos excusamos de todo cuanto huele a compromiso con la fe, como si fuera el coco que viene a asustamos y a arrebatamos la felicidad de la vida.
No hemos entendido que Dios, el Dios de Jesús, nuestro Dios, solo nos llama y nos invita a que gocemos de la vida y para ello nos enseña el camino sin las mentiras y falsedades de este mundo.
Dios, aun sabiendo que nos excusamos ante su llamada, nunca deja de invitarnos para que todos, sin distinción alguna, podamos gozar del banquete de la vida y de la salvación. (Mt 22,1-14).
Dios solo nos pone una condición: que nos vistamos con traje de fiesta. Que nos quitemos tantos viejos vestidos, como llevamos encima y que no nos hacen tener el rostro fresco del hombre nuevo como nos dice también San Pablo (Ef 4,24).
Que dejemos atrás los viejos vicios que maltratan y entristecen la vida haciendo imposible que la vida sea una verdadera fiesta para todos. Que nos vistamos con formas nuevas de pensar, de sentir, de amar, de actuar, para que así la vida sea un festín en cuya mesa puedan sentarse todos los hombres de toda la tierra.
Dios, nuestro Dios, no es aguafiestas de quien tenemos que huir y ante quien tenemos que inventar excusas para no responder a sus llamadas.
Los aguafiestas somos nosotros que, en vez de tomar los caminos que nos conducen a hacer de la vida un festín con todos y para todos, nos vamos por caminos que hacen de la vida un funeral.
Dios nos invita también hoy a todos nosotros al banquete de la vida y de la salvación. Las excusas nos dañan y dañan a los demás.
El autor es sacerdote católico.