Todas las generaciones, desde la baby boomer (personas nacidas entre 1933 y 1960) hasta la generación actual, tenemos que ser y hacer el cambio que queremos ver en nuestro mundo. Para ello, sin embargo, debemos creer en nosotros mismos, ya que si no lo hacemos, nadie lo hará. En pocas palabras, tenemos que arriesgarnos a ser lo que realmente somos. Lo anterior me lleva a una palabra: crisis, la cual es el punto de partida de mis consideraciones personales.
¿De dónde nace mi preocupación? Muchas veces en la vida, al enfrentar los azares que ella nos presenta (pérdida del empleo, accidentes domésticos y callejeros, enfermedades graves, desastres naturales, enfrentamientos diversos, pérdidas de seres queridos), hemos sentido que nuestra bioquímica se dispara y sentimos temor al dejarnos dominar por pensamientos que nos dicen que estamos condenados a sufrir con una vida llena de dificultades continuas. Nada más lejos de la realidad.
Cuando nos toca vivir esos momentos críticos, lo que hacemos es centrarnos en encontrar soluciones adecuadas, muchas veces acompañados de personas que no solo se involucrarán en los resultados necesarios, sino que aportarán solidaridad. De esa forma, cuando alguno del grupo se rinda y se sienta impotente, los demás —con su fe arraigada— saldrán al rescate. Es en ese preciso momento cuando nos convertimos en poderosos y damos el paso hacia la claridad. Es en ese momento que bloqueamos cualquier negación y comienza un proceso colectivo de transformación. Por lo tanto, creo que lo importante en esta vida no es superar a los demás, sino apoyarnos y superarnos a nosotros mismos.
Algunos ya hemos vivido cosas terribles, dolorosas e injustas, pero luego, cuando buscamos espacios de reflexión ante estos acontecimientos, comprendemos que, si no hubiésemos superado esos terremotos y tsunamis físicos y mentales, nunca hubiésemos desarrollado nuestro potencial, nuestra fuerza moral, nuestro liderazgo, y los enormes poderes que tiene nuestra mente, nuestro corazón y nuestro espíritu.
Sin embargo, hay una pregunta que muchas veces me ha surgido: ¿por qué tenemos que esperar que haya una gran crisis para demostrarnos de qué material estamos hechos? Esa demostración tendría que ser permanente y darse tanto para lo grande como para lo pequeño. Es, por lo tanto, en todo momento que tenemos que estar alertas, conscientes, y no actuar sin aplicar el sentido común o conformarnos con tan solo apagar las crisis que muchas veces hemos generado porque no nos apropiamos de las lecciones de la vida.
Estas lecciones tienen que calar, tienen que estar grabadas de tal forma que sean permanentes, guíen nuestra conducta, y mantengan a raya los pensamientos y actos negativos. Algunas repuestas que mi esposa y el que esto escribe le dimos a esos momentos negativos fueron por la solidaridad amorosa y la presencia del espíritu de Dios. Insisto en que todas las generaciones debemos siempre buscar el camino hacia Él y vivir un día a día lleno de relaciones verdaderamente amorosas y cristianas: si queremos encontrar perlas, debemos sumergirnos.
Concluyo diciéndoles que en esta “edad dorada” que estoy viviendo, uso audífonos en ambos oídos y, algunas veces, he tenido que gatear hasta la cama por algún fuerte dolor que me tumbó. Resoplo para ir al súper y vengo jadeando cuando regreso porque no tengo automóvil desde hace más de dos años, pero todo eso no importa. Lo importante es que creo haberme forjado y formado en rectitud, y todavía —a mis 90 abriles— aprendo todos los días de la vida, la gozo lo más posible, pienso y luego actúo, y siento que sigo aportando al trasladar mis aprendizajes.
Una cosa más: prefiero estar jadeando con sano orgullo que dejar de respirar.
El autor es exprofesor del Instituto Pedagógico de Varones y exejecutivo de empresas de seguros internacionales.