Hay visiones, o revelaciones, que pueden cambiar el mundo. Le ocurrió en el siglo primero a Pablo de Tarso camino a Damasco, cuando se le apareció Cristo preguntándole ¿por qué me persigues? De allí en adelante se convirtió en el apóstol que expandió la cristiandad al mundo antiguo. Le sucedió a un curita español, Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando el 2 de octubre de 1928, Dios le mostró la visión de un proyecto que debía realizar. De allí en adelante fundó el Opus Dei, u Obra de Dios.
Su mensaje proponía a los cristianos laicos un reto que, para la mentalidad de entonces, sonaba nuevo y casi subversivo: que todos estaban llamados por a ser santos sin dejar su estado laical. En realidad, era un llamado de Cristo tan antiguo como el evangelio: “Sed perfectos como mi padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Repetido por Pedro: “…así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: sed santos, porque yo soy santo” (P.1,17).
El problema es que muchos dentro de la Iglesia llegaron pronto a pensar que el camino de perfección, o sea, la santidad, era para aquellos dispuestos a dejarlo todo, alejarse del mundo, ser célibes, ser monjes o misioneros. Por eso, en la historia de la Iglesia casi todos los santos elevados a los altares han sido seguidores de esa ruta. Laicos los ha habido, pero pocos; como San José, San Luis de Francia, Santo Tomás Moro y otros.
Pero no, dijo Escrivá, el llamado a la santidad es universal: todo cristiano de a pie tiene vocación (llamado) a la santidad. No sorprende entonces que inicialmente haya sido objeto de resistencias en algunos sectores clericales. Porque, ¿cómo podían los laicos ser santos? Sus resquemores provenían del sutil desdén que había hacia las ocupaciones seculares, consideradas como mundanas o de segundo rango.
Parte del problema, explicaría Escrivá, es que “se había querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclaban con las cosas despreciables del mundo o, a lo más, las toleraban… el templo se convertía en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; ser cristiano era participar en las ceremonias religiosas, incrustarse en un mundo segregado que se presentaba asimismo como la antesala del cielo mientras el mundo común seguía su propio camino”.
Pero no es así, insistió, planteando su tesis más novedosa: que era precisamente en medio del mundo, de la vida ordinaria, donde el laico debía santificarse. “El mundo no es malo”, decía. “Dios nos llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en el laboratorio, en el quirófano, en el cuartel, en la tienda, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar…” ¿Cómo?: haciéndolo todo con ánimo de perfección, ofreciendo toda su actividad a Dios; eco de San Pablo: “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo por la gloria de Dios”. (1 Cor. 10)
Acuñaría al respecto varias citas memorables: “Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”. “Todos los caminos de la Tierra son caminos divinos”. “Os aseguro que cuando uno desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios”. “Tu celda es la calle”, llamada innovadora y desconcertante a ser contemplativos en medio del mundo.
Escrivá estaba consciente de que para ser santo en medio del mundo se precisa cultivar la vida interior, por eso el Opus Dei “receta” a quienes se le acercan la oración diaria, misa y rosarios frecuentes, leer los evangelios, etc. También considera indispensable adquirir una buena formación doctrinal y apuntalar la vida religiosa con la conciencia de “la filiación divina”: saberse hijo de Dios; de un padre bueno y poderoso que nunca nos deja y que siempre está presto a perdonarnos como el padre del hijo pródigo.
Este fundador fue elevado a los altares por San Juan Pablo II. Fue una forma de reconocerle el mérito de haber recordado al mundo que todos los caminos de la tierra pueden conducir al cielo.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.