A mis, quizás, doce años de edad yo ambicionaba aprender a andar en bicicleta de dos ruedas. Cuando supe que a mi primo Tino Pereira el Niño Dios le había traído una bicicleta, pensé que era la oportunidad para lograrlo. Fue así como me fui a la casa de mi primo y le pedí que me prestara su bicicleta para hacer mi primer ensayo sobre la ancha acera de la antigua casa de la familia de mi primo.
Sobre esa acera sufrí mi primera caída, pero logré avanzar en mi intento. Tres días después, regresé para continuar con mi aprendizaje, pero esta vez decidí continuarlo en la loma de Tiscapa, que para entonces era un lugar público donde muchos jóvenes llegaban a jugar futbol, o simplemente, a correr sobre su grama en la que sobresalía un sinuoso camino de tierra para peatones, me pareció que ese era un lugar ideal para ir a completar mi aprendizaje, por lo que logré que mi primo me volviera a prestar su bicicleta.
Así fue como disfruté de mis primeros recorridos en bicicleta sin caerme, cuando se hizo tarde, e inicié mi regreso, venía yo muy feliz maniobrando con éxito la bicicleta cuando sobre el mismo camino en el que yo venía, con la velocidad que me daba la pendiente, vi que a unos cuantos metros adelante iba caminando tranquilamente, en el disfrute de su día franco, un guardia en su traje color caqui.
La bicicleta había adquirido velocidad por la pendiente, entonces comencé a frenar, pero desafortunadamente terminé estrellándome en la espalda del guardia y ambos rodamos por el suelo. El guardia se levantó sumamente indignado y ya pueden ustedes, estimados lectores, imaginarse los saludos amables que le envió a mi querida madre.
Yo estaba pálido de miedo porque el guardia se levantó, agarró la bicicleta y me dijo: “¡Seguime, que vamos para El Hormiguero, donde te voy a echar preso por atropellar a un miembro de la Guardia Nacional!” No tuve más remedio que tembloroso obedecer la orden del atropellado guardia y lo seguí hasta que llegamos a El Hormiguero. En la puerta frente a una mesa estaba sentado un Cabo de la guardia, responsable de llevar el control de quienes entraban o salían de la antigua fortaleza, en la que se encontraba la cárcel conocida como la “Bartolina”. Al entrar, el guardia le dijo al Cabo, que me traía preso porque lo había atropellado con la bicicleta, la que dejó arrimada a la puerta de entrada.
El Cabo GN que hacía las veces de recepcionista me ordenó que me sentara en una banca frente a él. El guardia atropellado le dijo al Cabo que yo merecía que me encerrara en la “Bartolina” por lo menos un par de días, y luego se fue no sin antes volverme a hacer un cordial recordatorio de mi querida madre.
Yo estaba muerto del miedo, sentado enfrente del Cabo recepcionista, quien de vez en cuando me volvía a ver y movía la cabeza de un lado para otro. No sé qué significaban esos movimientos pero imaginé lo peor, sólo me dijo: “¡Muchacho!, ¿cómo pudiste meterte en este lío?” y me pidió mi nombre y apellidos, los cuales tuvo mucha dificultad para escribirlos y se los tuve que dictar letra por letra.
En eso estábamos cuando dos guardias traían agarrado de los brazos a un señor vestido de lino blanco arrugado, de cierta edad, pero borracho y sucio, quien venía declamando a voz en cuello un poema, por supuesto, de Darío. El recién llegado señor al entrar me quedó viendo y me dijo: “Muchacho, yo soy poeta y no hago más que declamar por las calles los inmortales versos de Darío, pero estos guardias analfabetos consideran mi devoción poética como una alteración del orden público”, luego se me acercó, me miró fijamente y me preguntó: “¿Vos sos nieto de la Lupe López ‘Piura’?”, yo le afirmé con la cabeza que sí, entonces agregó: “Chavalo, vos sos sobrino nieto mío porque yo soy Jesús López ‘Piura’, primo de tu abuela la Lupe López ‘Piura’”. Luego se me acercó y casi en el oído me recitó estos versos: “Ya Chu ‘Piura’ se volvió totolate/ le quitaron la botella/ pero no le quitaron el mecate”. Y guiñándome un ojo me señaló la bolsa del pantalón donde traía un mecate al que sus compañeros de juerga le amarraban una botella de guaro que le hacían llegar a través de las ventanillas de la “Bartolina”.
El Cabo recepcionista le ordenó a Chu “Piura” que se callara y le dijo: “¿Cuántas veces más te van a traer al ‘Hormiguero’ por andar alterando el orden público?”, enseguida, ordenó que lo condujeran a la “Bartolina”. A mi tío abuelo parecía no importarle su nueva visita a la “Bartolina”, me volvió a hacer un guiño de ojo y declamando voz en cuello la Marcha Triunfal siguió su camino hacia la “Bartolina”, siempre agarrado de los brazos por dos guardias.
Todavía yo tuve que esperar como una hora más, sentado en la banca frente al Cabo recepcionista hasta que este me volvió a ver y me dijo: “¡Muchacho idiota!, agarrá tu bicicleta y andate para tu casa antes de que vuelva a aparecer por aquí el soldado que atropellaste!” Yo alcancé a decirle gracias y me fui lo más rápido que pude a devolver la bicicleta. Pero sí, entre mis recuerdos inolvidables está mi visita forzada e inesperada al Hormiguero.
El autor es educador y escritor.