Nuestra capacidad de asombrarnos

Cuando G. E. Squier llega a Nicaragua a mediados del  S. XIX, y se dirige a León por primera vez, se encamina a caballo con su séquito de asistentes yendo de Granada hacia esa ciudad, capital entonces del país. Al llegar al valle donde se visualizaba de lejos la ciudad con el fondo del océano Pacífico y su cadena de volcanes a su derecha, contiene su respiración por un fascinante maravilloso instante, de lo que contemplan sus ojos que no entendía frente a frente y proporcional a su capacidad de asombro. Uno de los pocos instantes más grande de su vida causados por el éxtasis que le produce la belleza que miraba en ese momento. La misma sensación sufre unas semanas más tarde, cuando viniendo de San Juan del Sur de pronto contempla lo majestuoso del lago Cocibolca y su isla de Ometepe sosteniendo sus dos titánicos volcanes igual a dos senos de una mujer que ha parido a un país lleno de maravillas ecológicas.

Hernán Cortés sufre el mismo fenómeno psíquico, cuando por primera vez llega a lo que hoy llamamos ciudad de México entonces Tenochtitlán. Él y sus soldados se quedan con la boca abierta asombrados de la belleza que contemplan a pesar de la experiencia que tenían muchos de ellos de haber visitado antes, otros mundos que creían bellos y famosos, y que ahora, se quedaban pequeños llenando su corazón de ese asombro que solo se produce en extremas situaciones.

Igualmente, Squier, quien había visitado Europa y muchos otros países, nacido y vivido en Nueva York, nunca se había imaginado que un país insignificante en el centro del continente americano lo dejara tan asombrado por su belleza.

Pienso que Thomas Gage sufrió el mismo efecto cuando huyendo de Yucatán con sus perlas robadas, llega a León en 1625.

Casi al final de la tan leída y criticada novela anticapitalista, El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, menciona el asombro que habrían tenido lo holandeses que entraron por primera vez en la bahía que está frente a Nueva York. Bella, pero aún más bella aquella Nicaragua que asombra a alguien que nace y vive en ese lugar, entonces considerado extraordinario por los europeos que llegaban a colonizarlo.

De la misma forma, penetrar el mundo invisible de la bioquímica molecular con sus reacciones que dirigen el comportamiento de nuestras proteínas, es una de las fascinaciones más interesantes que se presentan actualmente para un investigador científico. Es diría, una caja de pandora que se va abriendo poco a poco dando nuevas luces asombrosas para la humanidad.

Ya no basta ver los cambios morfológicos de las células en un microscopio y hacer diagnósticos basado únicamente en la estructura de determinado tejido.

Actualmente hay que ver más allá, y digo ver sin poder ver, porque estas alteraciones solo se pueden apreciar por sus cambios y productos biomoleculares así como por las transformaciones genéticas, ya no solo en sus genes, pero a niveles del ADN, aminoácidos e inclusive de simple moléculas subatómicas, electrones, protones y neutrones que rascan la física molecular hasta llegar a los indivisibles quarks, gluon y leptones y por último arribar a algo que nos deslumbra: el fotón que ya no es materia, pero si energía pura que nunca se destruye, solo se transforma presentándonos una pequeñísima rendija que al asomarnos por ella, nos hace sentir ese mismo instante que han experimentado muchos al contemplar un bello panorama, la posibilidad plausible de la inmortalidad del ser vivo.

Mínimos cambios como la simple sustitución de un aminoácido en determinados genes pueden producir sustancias tóxicas con efectos tumorigénicos como en el caso del tumor más frecuente y altamente mortal del cerebro llamado glioblastoma, donde la sustitución de un simple aminoácido llamado arginina en uno o dos genes (IDH1, R132 y IDH2, R172) produce un oncometabolito (D-2hydroxyglutarate) que altera las proteínas de las células cerebrales (astrocitos) con la consecuente formación de un tumor altamente maligno que ha esquivado con sorprendente malicia hasta hace poco tiempo, todo tipo de tratamiento efectivo para su cura.

Más nos asombra aún, el encontrar una droga que destruya esa sustancia venenosa, como en el caso de este mismo tumor cerebral donde recientemente se ha sintetizado un químico (Vorasidenib), que además de penetrar el sistema nervioso central –ya de por sí un tremendo avance médico– además bloquea la sustancia tóxica que se produce como consecuencia de la simple y mínima alteración de los dos genes ya mencionados, prolongando la vida de pacientes que tan solo  semanas atrás estaban condenados a una muerte temprana e irremediable.

No salgo de mi asombro al igual que Cortés y sus soldados; a los holandeses que llegaron por primera vez a Nueva York; a Thomas Gage y a G. E. Squier en Nicaragua.

Igual me asombran los versos de Darío, la poesía de Rupert Brooke, de Oscar Wilde, los repiques de las campanas de León, el canto del cenzontle, la música de José de la Cruz Mena y las pinturas de Alberto Ycaza Vargas.

Asombrarse por lo tanto es una reacción de incredulidad, susto por lo inesperado y por la admiración de las bellezas que se nos presentan en este mundo.

El asombro del faraón cuando Moisés divide el mar rojo en dos liberando a su pueblo oprimido de las garras de la tiranía esclavizante de los egipcios. El asombro que produce la resurrección de Cristo cuando se aparece a sus apóstoles. El de Hitler creyéndose invencible cuando aparecen en las costas de Normandía miles de soldados para liberar a Europa del nazismo. El de los alemanes orientales viendo caer aquella muralla que creían eterna e invencible, el de Putin cuando el búmeran de sus mercenarios asesinos y genocidas, se voltea repentinamente para pasarle cuentas e inmovilizándolo en ese instante, donde de pronto, realiza que no es un dios invencible, pero un pobre mortal como cualquier otro.

Nuestra capacidad de asombro ante este universo por aquellas infinitas maravillas que se van destapando ante nuestros incrédulos ojos son milagros, porque sí son milagros, como el de ver repentinamente la luz en un espacio o lugar donde solo hay tinieblas y oscuridad.

No subestimemos pues esa capacidad, que es una reacción natural de todo ser viviente.

El autor es médico y cirujano.

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