“En todo amar y servir”. Esa es la máxima que aprendimos los que tuvimos la oportunidad de estudiar en un colegio jesuita. Yo estuve desde kínder hasta primer año de secundaria. Ingresé al Colegio Centro América (CCA) en 1971, pasé mi niñez y parte de mi adolescencia aprendiendo de la enseñanza jesuita.
Durante los años 70 observé y compartí con estudiantes en la misma aula con los hijos de somocistas y los hijos de sus adversarios, sin embargo, aprecié mucho las enseñanzas ignacianas compartidas con estudiantes becados de escasos recursos y también de clase alta; las enseñanzas del valor de la solidaridad, la libertad, el pensamiento crítico, el respeto, la búsqueda de una sociedad justa, la excelencia académica y deportiva, la disciplina y sobre todo las enseñanzas cristianas ligadas a la vida cotidiana.
Sin embargo, con la llegada la revolución en los inicios de los 80, los jesuitas de ese entonces cometieron el grave error de plegarse al sandinismo, y todo lo que habían enseñado parecía que se había perdido. En el CCA de los años 80 permitieron que la ideología sandinista se impusiera en las aulas de clases; acallaron el debate y la protesta en contra del sandinismo de parte de quienes no estábamos de acuerdo con el rumbo que llevaba la “revolución”.
Las autoridades de entonces en el colegio llegaron al punto de facilitarles oficina a los estudiantes miembros de la Juventud Sandinista y les permitieron hacer proselitismo político, inclusive se hacían de la vista gorda cuando agredían a los que no éramos sandinistas; a tal punto que, en el año de 1981, un grupo de estudiantes de secundaria decidimos formar una organización antisandinista la cual se llamó JDI (Juventud Demócrata Independiente). Recuerdo que uno de sus fundadores fue Humberto Chamorro, hijo de Fernando “el Negro” Chamorro, entre otros miembros y mi persona. Iniciamos protestas en contra del sandinismo, obviamente para ese tiempo allí en el CCA ya mayoritariamente estudiaban los hijos de los sandinistas que “mandaban” en ese entonces.
Los sacerdotes y maestros de ese tiempo no toleraron que en el colegio existiera esa tendencia antisandinista, y durante ese año recibimos ataques de los sandinistas apañados por los curas y profesores y al finalizar el curso lectivo fui llamado por uno de los sacerdotes, el padre Madriz, quien me dijo que no podía regresar al colegio el año siguiente debido a mi comportamiento antisandinista. No fui el único. A los estudiantes que no eran sandinistas los corrieron o ellos mismos se fueron a otros colegios donde no se imponían la ideología sandinista. Unos nos fuimos al Calasanz, otros se fueron al Colegio Americano y otros al exilio.
Todo el mundo sabía que el Colegio Centro América era sandinista, pero no fue una decisión aislada, al parecer fue una decisión tomada por toda la orden de la Compañía de Jesús, pues igualmente la Universidad Centroamericana (UCA) era parte de todo ese andamiaje, puedo decir que durante los años 80 muchos sacerdotes jesuitas se enredaron con la famosa iglesia popular y la teología de la liberación.
Definitivamente fue un gran error de los jesuitas en los años 80, sin embargo, debo aclarar y reconocer que luego de la derrota electoral del sandinismo los jesuitas tuvieron la humildad y la gallardía de cambiar y volver a ser lo que nos enseñaron en los años 70; volvieron sus grandiosas enseñanzas imparciales, con un alto sentido social, justo y solidario para los más necesitados y de mucha convicción cristiana.
Los sacerdotes jesuitas del CCA y de la UCA volvieron a dar vida a la máxima de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir”. Tan claro fue ese cambio que cuando regresé de mi exilio en el año 96, mis hijos estudiaron en el CCA desde kínder hasta que se graduaron, vi crecer al lado de mis hijos a muchos jóvenes bien formados académicamente, moralmente, con mucha calidez social y solidaridad cristiana.
Y ese cambio rotundo de los jesuitas en Nicaragua, tanto en el Colegio Centro América como en la UCA, ahora es el detonante de que la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo los considere traidores; ese odio lo han expresado tratando de borrar hasta de la memoria lo que es la UCA. Todo porque ya no lograron manipularlos ni hacerlos parte de su andamiaje dictatorial.
Así como al MRS o los que ya no son sandinistas los han tratado de lo peor, así también están tratando a los jesuitas, como traidores; para los dictadores la traición se paga con muerte, cárcel, confiscación o exilio. Por eso digo que amor no quita conocimiento. Los jesuitas, la UCA, volverán a renacer en Nicaragua, pero no deberán olvidar jamás que una vez alimentaron y amamantaron a ese monstruo que hoy pretende devorarlos sin piedad.
El autor es presidente de Hagamos Democracia (Nicaragua-Costa Rica) y exalumno del CCA.