Dar a conocer la realidad de la cruz es lo que Jesús afirma a sus discípulos de una manera clara y diáfana sobre su destino inminente: “Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt.16,21).
Con estas palabras afirmaba una realidad: que su muerte en cruz no iba a ser su final, la cruz no iba a ser lo último, sino su resurrección. E inmediatamente les dice que la cruz se hace siempre presente en la vida y, sobre todo en quienes pretenden conseguir algo que merece la pena, como es el seguirle: “El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt.16,24).
Parece ser que los discípulos, como Pedro, no entendieron mucho ese mensaje y Jesús tiene que decirle a Pedro que es un “Satanás” (Mt.16,23).
Por eso, inmediatamente Mateo narra la transfiguración de Jesús como para insistirnos, una vez más, que la muerte, la cruz no va a ser lo último para Él y que su Padre no es Dios de muertos (Mc.12,27). Lo último para Jesús, el “Hijo querido del Padre, su predilecto” (Mt.17,5), no es la muerte, es la vida, la resurrección.
Una vez más, pues, se nos dice a nosotros también, en medio de nuestras cruces y reveses de la vida, “ánimo”, que no nos quedemos en nuestras cruces que se nos hacen presentes y que la cruz, la muerte, tampoco serán lo último para nosotros.
La transfiguración es un mensaje, pues, de esperanza. La verdad es que la vida no es de color de rosa y lleva consigo muchas contradicciones y espinas; muchas enfermedades y lágrimas; muchas cruces y fracasos; muchas muertes absurdas y persecuciones.
Pero la transfiguración de Jesús viene a decirnos a nosotros también: que Dios no quiere cruces; que Dios no quiere crucificados; que lo que Dios quiere es la transfiguración, la vida, la luz; que los crucificados vencerán a quienes crucifican y amargan la vida a los demás.
Por tanto, la imagen de Jesús transfigurado es también para todos nosotros un grito a que jamás perdamos la esperanza: lo último para Jesús no fue la cruz sino la resurrección, así también será para nosotros.
La transfiguración nos afirma que la muerte no es la última palabra de la historia humana, como tampoco lo fue para Jesús.
Este debe ser siempre el mensaje cristiano, un mensaje de esperanza, como es el de Jesús. No porque los cristianos pretendamos cerrar los ojos a la problemática de nuestro mundo, sino precisamente porque queremos vivir esa realidad presente de cara al futuro: con confianza plena en Jesús puedo decir: me siento, a veces, impotente, pero no pierdo jamás la esperanza.
La esperanza es el motor que dinamiza toda la vida del hombre, de la familia, del país, del mundo. La esperanza es el rayo de luz que ilumina la vida, es la fe, el aliento, el suspiro, la paciencia de esperar un nuevo día, lleno de amor y mucha alegría. Sin la esperanza no se tiene vida.
Vivir es esperar. Quien vive, espera y quien espera vive. Vivir la esperanza es fuente de vida, de energía, de fortaleza, de creatividad, de dinamismo. No hay cosa peor que una persona, una familia, una comunidad o un país sin esperanza.
Quien nada espera, ya está muerto en vida. No hay tumba más oscura que la desesperación y la apatía. Antes perder la vida que la esperanza.
El autor es sacerdote católico.