Julio Medina recibió una oferta para jugar con los Rojos.

Julio Medina, la estrella nicaragüense que «rechazó» ser un big leaguer

Julio Medina fue, como ya lo hemos dicho, un big leaguer jugando entre nosotros. No había fisuras en sus herramientas. Atrapaba lo que se movía con un juego vistoso a la defensiva y un tiro certero desde cualquier posición

Nunca sabremos hasta donde pudo haber llegado Julio Medina de haber tomado la oferta para saltar al beisbol profesional que le hicieron los Rojos de Cincinnati, pero lo que siempre quedó claro, es que en el ámbito local alcanzó el máximo nivel y penetró profundo en el sentimiento popular por su juego eficiente, elegante y explosivo.

Medina fue, como ya lo hemos dicho, un big leaguer jugando entre nosotros. No había fisuras en sus herramientas. Atrapaba lo que se movía con un juego vistoso a la defensiva y un tiro certero desde cualquier posición. Tenía una habilidad especial para hacer contacto con la bola y con frecuencia la hacía volar por encima de la cerca.

Pero, además, Medina era un jugador con mucha personalidad y clase. Orgulloso de lo que hacía. Sin alardes y más bien con una vanidad bien administrada. Trabajaba duro para ser el mejor y casi siempre lo conseguía. Fue el mejor jugador en la década de los ochenta y es aún el mejor segunda base en la historia del beisbol nacional.

Comenzó a jugar bien chavalo, con 16 años en 1977. Su primera temporada fue difícil con promedio de .214 con los Leones. Luego se ausentó dos años y regresó con dos campañas de crecimiento invariable, hasta coronarse campeón de bateo en 1982 con .356 y fue la primera de 11 temporadas sobre .300. En total, jugó 20 campeonatos.

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Medina se retiró en 1998 con promedio global de .317 debido a 1,538 hits en 4,846 turnos, con 947 anotadas y 575 empujadas. Disparó 71 jonrones y se robó 176 bases. Se ponchó 154 veces y recibió 437 bases por bolas. Un ponche cada 31.4 turnos. Solo en tres de sus 20 temporadas fue ponchado en más de diez ocasiones.

Su mejor promedio lo consiguió en 1989 cuando terminó con .385 con los Leones, pero su temporada más productiva fue 1993 con el San Fernando. Ahí bateó .360, con máximos totales en jonrones con 20, empujadas con 73, imparables con 139 y anotadas con 103, un récord que estuvo vigente hasta 2014 cuando lo superó Arnol Rizo.

Fue 12 años seleccionado nacional y desde su debut en 1982 demostró su calidad. En los Juegos Centroamericanos y del Caribe en La Habana bateó .392. Y tuvo torneos como la Copa Intercontinental de Edmonton en 1985 en la que bateó .367; .538 en Guatemala en 1986, .375 en los JCAC de República Dominicana en 1986.

Cuando Nicaragua alcanzó el subcampeonato en el Mundial de Edmonton en 1990, su promedio fue .390. Y tuvo jonrones memorables como el que le conectó a Andy Benes en el Mundial de Italia en 1988 y otro contra Masahiro Fujikawa en el Mundial de Cuba en 1984 para el primer triunfo nica en la historia contra Japón (4-2).

En 1995, después de asistir a los Panamericanos de Mar del Plata, Argentina, decidió salirse de la Selección, pero dejó promedio de .297 con 195 hits en 656 turnos, 117 anotadas y 88 empujadas, mientras disparaba 12 jonrones. Con la Selección lo poncharon 44 veces, pero a la vez, recibió 44 bases. Un bateador sumamente selectivo.

Medina fue tan buen bateador que nadie se atreve a poner en duda su calidad a pesar de que jugó su carrera entera con bate de aluminio, una diferencia ridícula que se establece a nivel local, como si lo esencial no fueron las habilidades. “No es la flecha, es el indio”, suele decir Marvin Benard, alguien que sabe de lo que habla.

Así que ahí está Medina, el indiscutible mejor intermedista pinolero que pudo ser big leaguer.

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