La gente de casi todos los pueblos de la antigüedad creía que los ríos tenían una naturaleza divina, que eran dioses y como tales los adoraban.
Para Hesíodo, el clásico estudioso y relator de la genealogía de los dioses de la mitología griega, los ríos eran hijos de Poseidón y Tetis y contó hasta tres mil de ellos.
Poseidón, como sabemos, era el dios de los océanos de cuyas aguas se originaban los ríos y todas las corrientes y cuerpos acuáticos que había sobre la tierra.
Tetis era la menor de los doce Titanes (seis varones y seis mujeres), que eran hijos de los dioses primordiales Urano y Gea, el Cielo y la Tierra.
Según Hesíodo nadie podía pasar por un río sin hacerle una oración y lavarse las manos en sus aguas. La gente que vivía en las orillas o cerca de los ríos sacrificaba caballos, toros y ovejas y se los ofrecían como ofrendas.
En las aguas de los ríos sagrados la gente consagraba a los hijos y las propiedades para que les dieran fortuna. Por ejemplo, se conoce que Peleo, rey de Ftía y padre de Aquiles, consagró en las aguas del río Esperquio la cabellera de su hijo Aquiles para que fuera hermosa y única entre todas.
Los griegos imaginaban a los dioses ríos como “ancianos respetables, símbolo de su antigüedad, barba espesa, cabellera larga y las sienes ceñidas de una corona de juncos”. Así lo escribe el mitólogo y mitógrafo francés Jean Francois Michel Noël.
Agrega el estudioso de los mitos que también la gente imaginaba a los ríos dioses como ancianos en medio de cañas, apoyados en una urna de la que salía el agua que originaba el río que cada uno de ellos presidía.
Por su parte, el mitólogo y simbologista español José Antonio Pérez-Rioja dice que los antiguos, en su imaginación veían en los grandes ríos “una fuerza indomable, estruendos y bramidos”, por lo que “los representaban a veces como poderosos toros con faz humana”. Y explica que es a partir de Homero —autor de La Ilíada y La Odisea— que los dioses ríos aparecen con figura totalmente humana.
En la antigua ciudad Acragante, de la Magna Grecia, el río que la cruzaba tenía muy poco caudal y por eso los agragantinos lo honraron con la figura de un hermoso niño y mandaron a hacerle una estatua en el templo sagrado de Delfos consagrado a Apolo.
Pérez-Rioja explica que el río “es, en general, un símbolo mixto de la fuerza creadora de la naturaleza y del transcurso irreversible del tiempo”.
Heráclito de Efeso, el gran filósofo dialéctico de la antigua Grecia, dijo que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque aunque en apariencia siempre es igual, el agua que corre en él nunca es la misma. Con eso quería decir que la vida está en constante cambio y se transforma continuamente.
Cabe señalar, finalmente, que en la mitología griega los dioses ríos tenían esposas e hijas que eran las náyades o ninfas de las aguas. Eran incontables y entre ellas se puede mencionar a algunas de las más conocidas: Acrea, la hija del río Asterión que fue nodriza de la gran diosa madre Hera; Anipe, hija del río Nilo; Antíope, la hija del río Asopo que tuvo amores con Zeus; Calírroe, hija del río Escamandro y esposa de Tros, rey fundador de la Tróade y la ciudad de Troya; Dafne, hija del río Peneo y amante de Apolo quien la convirtió en el árbol de laurel; Metis, hija del río Meles y madre fabulosa del poeta Homero, etc.