La muerte en el pensamiento humano

“Non obbit, abiit”. No murió se fue, decían los romanos en muchos de sus epitafios.

“Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar la vida” (El laberinto de la soledad, Octavio Paz), porque el verdadero culto a la vida es también culto a la muerte (Eulalio Ferrer).

En otras ponencias poéticas, Ferrer señala tres del siglo XX que le dan a la muerte un sentido social: Muerte de cielo azul, de Bernardo Ortiz de Montellano; Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia; y Muerte sin fin (el poema más extenso de la literatura mexicana), de José Gorostiza.

En Nicaragua, la poesía también ha dejado incrustada esta realidad. Darío la acaricia en su poema Lo fatal  y Salomón de la Selva la palpa bella y crudamente en:

La Muerte afina su violín

La Muerte dice: Voy a tocar

Una danza vieja que no tendrá fin,

en el aire, en la tierra, en el mar!

Las Elegías, de Azarías H. Pallais, la hacen vibrar en una clara contradicción donde vida y muerte caminan agarradas de la mano. Entre sus múltiples, recuerdo tres: la dedicada a Rubén, la del padre Dubón y no podía faltar la dedicada a otro gran poeta olvidado por las bajezas humanas, la que cantó, porque más que un poema fue una canción a Santiago Argüello en el día de su entierro.

En su poema Entierro de pobre, Pallais traspasa la inmortalidad.

Y para qué hablar de Alfonso Cortés, otro grande, tan grande y metafísico que, en un rincón semiabandonado de su calumniado León (debido a sus próximos 500 años de bien ganada identidad como ciudad) donde la muerte no pudo con él porque vive y nos hace vivir en este poema:

El hombre es árbol místico y apenas

comprende Espacio y Tiempo si se vierte

en flor de su alma y fruto de sus venas;

porque en su doble esencia confundida,

sacan miel las abejas de la Muerte

Y perfume las rosas de la vida.

Las primeras frases lapidarias comenzaron a aparecer en las tumbas mesopotámicas. Hay entre ellas muchas, pero esta me llamó la atención por su contenido filosófico y quizás sabio: “Mira para donde quieras y hallarás que los hombres son estúpidos”. Y es que la muerte nos habla y nos aconseja aún después de muerta.

Existían a comienzos de nuestra civilización, sin embargo, diferencias en la apreciación de la muerte.

Los babilonios creían que todo acababa allí. Fueron los egipcios quienes empezaron a pensar en un más allá y en sus lápidas mortuorias dejaban inscripciones profundizando el sentido de la inmortalidad reforzado por el milagro del ciclo agrícola donde la muerte (el desierto) era vencido por el río Nilo que era la vida (Eulalio Ferrer).

El Génesis la describe cuando Dios nos condena a ella y le da la bienvenida cuando Caín mata a su hermano Abel.

En el poema de Gilgamesh, quizás el más antiguo de nuestra historia, escrito en la piedra dura, encontramos una verdadera meditación en torno a la muerte cincelada en 12 tablas hace más de 4,000 años.

Dice Octavio Paz en Los hijos del limo que la poesía no es de quien la escribe, ni del que la lee, sino que le pertenece al lenguaje.

La muerte ha sido desde tiempos inmemoriales un estímulo poderoso para el desarrollo del lenguaje. Vive ese estímulo no solo en la poesía como ya se mencionó, sino en la prosa.

En la novela y los cuentos de ayer y de hoy, la ficción gira y es estimulada por la muerte: La fiesta del chivo, de Vargas Llosa; Escuadrón guillotina, de Guillermo Arriaga; Casa de furia, de Evelio Rosero; Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski; A la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, entre cientos. También penetra en el arte de la pintura: la Guernica, de Pablo Picasso; Los funerales de Atahualpa, de Luis Moreno; La crucifixión de Cristo, de Diego Velázquez; de Juan de Flandes, de El Greco, de Matthias Grünewal y muchísimas más.

En su magnífico cuadro El enigma de la intemporalidad, Alberto Ycaza Vargas piensa en la muerte al expresar que la intemporalidad es vida eterna en la que todo es posible incluso la vida temporal (La utopía clásica).

Por último, en el cine, en el teatro y en la música la muerte se impone como fuente de inspiración y creatividad en una explosión casi infinita.

La historia la revive y no es historia sin ella.

La buena vida dura solo escaso número de días, pero el buen nombre permanece para siempre dice un proverbio bíblico, y yo le agregaría: y el mal nombre también, para todos aquellos que creen que después de la muerte nadie cargará con sus buenas o malas obras.

Los judíos inicialmente pensaban que tener un buen nombre era la mejor manera de seguir viviendo más allá de la muerte.

No en vano Cicerón decía que la verdadera vida de los muertos está en la memoria de los vivos.

Nuestros indígenas miraron el morir como el despertar de un sueño (Bernardo de Sahagum) y Teotlantzinco expresó: “No es cierto que venimos a vivir sobre la tierra: solo venimos a soñar” en una cosmovisión mitológica donde las culturas prehispánicas miraban a la muerte como una liberación hacia la verdadera vida. Lo anota Alfonso Reyes, filósofo mexicano de origen leonés; Miguel León –Portilla, profundo historiador también mexicano y Nezahualcóyolt en sus poemas.

No olvidemos que cuando nacemos empezamos a morir. (El cementerio chorotega; cuento del autor).  Somos eternos viviendo frágiles días que se esfuman en la nada. No vale la pena acumular en ellos, llorar o hacer llorar y hacer sufrir a otros, porque solo nuestro espíritu vagabundo quedará flotando ante una lápida olvidada.

Endulza tu ánimo, bello

hombre; tú vas

a ver el rostro de tu Padre

en lo alto. No habrá de

regresarte aquí sobre la tierra

 bajo el plumaje del pequeño colibrí.

(El Dzithalché 1980:357).

El autor es médico y cirujano

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