Esta es una de las imágenes que dejó la multitudinaria marcha del 23 de abril de 2018 que salió desde Metrocentro y finalizó en la UPOLI. Óscar Navarrete/LA PRENSA

Mi vida antes de abril

La rebelión de abril le cambió la vida a millones de nicaragüenses y el país no ha vuelto a ser el mismo desde que un grupo de jóvenes se atrevieron a desafiar a Daniel Ortega en las calles y este respondió con fuerza bruta. Así le cambió la vida a algunas personas.

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La familia concheña

Antes de salir al exilio, María René Mercado vivía en la casa de su familia en La Concepción, Masaya. Exactamente en un barrio que la alcaldía llama Sandino Sector 2, pero ella prefiere llamar a su barrio con el nombre que usaban en la iglesia a la que ella iba: San Francisco de Asís.

María René tiene 42 años y proviene de una familia liberal. Sus bisabuelos fueron liberales. Su abuelo también. Su madre y ella son liberales, y sus hijos, aunque todavía no escogen una ideología política, no se identifican como sandinistas. Eso ya le da tranquilidad a esta mujer de 42 años en cuya familia al menos una persona de cada generación lleva el nombre René.

Antes de las protestas de abril de 2018, María René estaba dedicada al cuidado de sus hijos y al trabajo de medio tiempo como empleada doméstica que hacía para una tía. Cada jueves, en la misa del Santísimo, ella cantaba en el coro de la iglesia y siempre participaba en kermeses, rezos y demás actividades organizadas por la parroquia. Vivía con su abuelo, su mamá y sus dos hijos.

Cuando estallaron las protestas en abril de 2018, uno de los tranques quedó a unos 400 metros de donde vivía la familia y su casa sirvió como hospital improvisado para curar heridos porque tres de sus tíos son médicos y su hijo mayor, Amílcar René Vallecillo, estaba estudiando un técnico en veterinaria y en algo podía aportar para curar. “Él suturaba a la gente”, cuenta María René.

De izquierda a derecha, Amilcar René, Sofía Velásquez y María René Mercado. Óscar Navarrete/LA PRENSA

Su madre, Sofía Velásquez, de 62 años, se dispuso a cocinarle a todas las personas que estaban en el tranque y cuando quiso darse cuenta, toda la familia ya estaba involucrada en la rebelión de abril.

Más que el 18 de abril, María René dice que la fecha que le cambió la vida fue el 15 de julio de 2018, el día de la Operación Limpieza en La Concepción. Los sandinistas del pueblo habían identificado a la familia como “golpistas”, de manera que su casa fue de las primeras que allanó la Policía.

Amílcar René tenía 16 años para entonces y ella lo mandó a Masatepe junto con su abuelo Pedro René para que se escondieran en casa de unos conocidos, mientras ella, su mamá y su hija de siete años llamada Camila, se quedaron en la casa. Nunca pensaron que las buscarían a ellas, pero cuando se dieron cuenta que iban en contra de toda la familia, decidieron refugiarse en una de las casas vecinas.

Escondidas y desde lejos, María René vio como la Policía desbarataba los portones de su casa para entrar y como no las encontraron, tenían temor de que las fueran a buscar en las casas aledañas.

–Si acaso nos encuentran, yo me entrego, pero que no te lleven a vos por la niña – le dijo su madre.

La Policía no las encontró y apenas tuvieron oportunidad, salieron huyendo para Costa Rica en donde después se encontraron con Amílcar René y su abuelo. Desde entonces, toda la familia se encuentra exiliada en ese país. “La vida se nos transformó completamente. Mi vida era feliz allá. Es cierto que estamos en un país con mejores oportunidades, pero mi felicidad está allá en Nicaragua”, dice María René.

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Hasta 2018, María René confiaba en que su hijo mayor terminaría sus estudios técnicos en veterinaria y pudiera entrar a la Universidad Nacional Agraria (UNA) para seguir con esa carrera. Ahora, el joven tiene 21 años y está cursando el tercer año de Sociología en la Universidad Nacional de Costa Rica.

Su hija menor está cursando la secundaria. Cuando estaba recién llegada a Costa Rica, las amigas de la niña le hacían videollamada.

–Camilita, todavía te cuidamos el pupitre para cuando vos volvás tengas tu lugar – le decían.

Toda esta familia está exiliada. El abuelo, Pedro René, falleció el 14 de noviembre de 2020 de Covid19 y el gran dolor de esta familia es que no pudieron enterrarlo en su patria.

Por su parte, la madre de María René tuvo que ser operada por un cáncer de mama en 2021 y hasta el momento no ha tenido recaídas. La señora espera morir en su casa y en paz, en La Concepción.

Tanto María René como el resto de sus familiares están convencidos de que podrán regresar a su pueblo una vez que Daniel Ortega deje el poder, pero de momento, “eso se ve lejos”, menciona.

Doña Sofía del Carmen Velásquez es sobreviviente de cáncer de mama. Tiene 62 años y espera regresar a su pueblo apenas Daniel Ortega salga del poder. Óscar Navarrete/LA PRENSA

1075 días después

La vida de John Cerna era la de un joven común. Estaba estudiando Ingeniería Civil en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), practicaba taekwondo en su tiempo libre y deseaba terminar su carrera para aplicar a una beca y hacer una maestría en Japón.

También estaba ahorrando. Quería comprarse una casa porque estaba harto de alquilar cuarto en Managua. Él es originario de Matagalpa, pero su familia desde muy pequeño lo mandó a la capital con una tía para que terminara la secundaria y pudiera entrar a la universidad.

Cuenta que él vendía el diario LA PRENSA en Matagalpa, también se iba a vender refrescos y cajetas al cuadro de beisbol de la ciudad para ayudar económicamente a su madre. “Mi mamá me había mandado a una tutoría con una señora que había estado en Cuba y para ponerme a estudiar en un escritorio me amenazaba con un perro pastor alemán que tenía”, cuenta.

Con el tiempo, Cerna se graduó de bachiller en Managua, dejó la casa de su tía y se fue a alquilar cerca de la UNI. Para entonces, él dice que era una persona tímida y un chavalo común y corriente, con ambiciones y sueños.

Él tenía su meta fijada: graduarse e irse a estudiar al extranjero, hasta que un día se dio cuenta que un grupo de la Juventud Sandinista había golpeado a varios ancianos en León que reclamaban por un recorte a sus pensiones. Él se molestó y solo se acordó de sus abuelos, que también eran pensionados.

Junto a sus compañeros de clases, empezó a participar en las protestas y el 19 de abril, participó en la toma de UNI y luego siguió de cerca la toma de las otras universidades. Cerna dice que nunca dejó ir a las protestas hasta el día de su detención, el 28 de febrero de 2020, cuando iba de camino a la casa que alquilaba.

John Cerna brindando declaraciones a medios de comunicación después de recibir una golpiza por la Policía en 2018. LA PRENSA/ARCHIVO

Cerna contó cada día que estuvo detenido en las celdas de El Infiernillo, en cárcel La Modelo. Fueron 1075, hasta el día en que lo sacaron para que abordara un avión con rumbo a Estados Unidos junto a otros 221 presos políticos que estaban siendo desterrados. Cuando llegó a Washington, supo que el régimen de Daniel Ortega también lo había despojado de su nacionalidad.

Mientras estaba en prisión, Cerna no pudo despedirse de un primo que falleció por Covid19. Tampoco pudo despedir a su abuelo materno ni a su abuela paterna. Esta última murió cuatro días después de que él fue desterrado. Además, mientras estuvo en prisión nacieron sus hijos. Son dos gemelos a los cuales, hasta la fecha, no ha podido verlos en persona.

Ahora que el régimen lo despojó de su nacionalidad, Cerna ni siquiera puede reconocer legalmente a los niños y eso ha complicado que él pueda hacer las gestiones para poder pedirlos en Estados Unidos, pues a pesar de que él es el padre biológico, no hay ningún papel que lo compruebe. Su nombre no aparece ni siquiera en la partida de nacimiento de los menores.

El joven tímido de vida común y corriente quedó atrás para Cerna. La cárcel lo cambió. Ahora tiene 25 años, dice ser una persona proactiva y con ganas de recuperar el tiempo que el régimen de Ortega le hizo perder en prisión.

De momento, Cerna dice que necesita hacerse varios chequeos médicos porque tiene problemas en un hombro y siente dolor en las costillas, por varias golpizas que le dieron en prisión. También quiere retomar sus estudios y poder volver a ver a abrazar a su madre.

“Por más de 1300 días no lo he hecho (abrazar a su madre). En la 300 solo me dejaron abrazar a mi pequeña hermana 2 veces, por menos de 2 minutos, y a la que me sigue que tiene 21 no la he visto desde que murió mi papa”, comenta.

John Cerna el día que fue excarcelado y desterrado hacia Estados Unidos. CORTESÍA

Un altar en la sala

A doña Azucena López se le vino la vida abajo el 17 de julio de 2018. Ese día recibió una llamada de su hija.

–Mamá, mataron a Erick.

Azucena se partió en llanto.

Erick Jiménez López tenía 32 años, era su hijo mayor y minutos antes le había enviado mensajes a su mamá diciéndole que no se preocupara, que él se estaba cuidando, que solo quería apoyar a los muchachos de Masaya, donde vivía, a resistir contra la represión policial y paramilitar.

“Al ratito que me dijo eso, me está llamando mi hija”, recuerda Azucena de 54 años.

Costa Rica para Azucena era el lugar al que había llegado a trabajar hace casi 20 años, pero desde 2018, se convirtió en su refugio. Ese día, cuando le avisaron de la muerte de su hijo, compró un boleto de bus para Nicaragua y llegó cerca de las diez de la noche, cuando a su hijo ya lo estaban velando.

Esta mujer recuerda que en Monimbó, en donde vivía su hijo con el resto de su familia, había un ambiente funesto. Todo oscuro, con ráfagas de viento frías y gente armada vigilante moviéndose en las sombras. Al llegar a la casa donde estaba el velorio, tuvieron que cerrar las puertas porque la Policía pasaba vigilando.

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El día siguiente fue el entierro. Estaba nublado y durante todo el recorrido, de la casa al cementerio, Azucena no recuerda haber visto una sola calle de Masaya sin un solo policía o paramilitar. Ella caminaba junto al féretro de su hijo mientras los paramilitares hacían sonar sus armas y hablaban alto para que los escucharan: “hijueputa golpista”, “perro tranquero”. Azucena se contenía para no responderles.

Después de enterrar a su hijo, regresó a Costa Rica y hasta la fecha no ha podido visitarlo en su tumba. Tampoco ha regresado a Nicaragua, pues tiene temor a ser encarcelada por ser parte de la Asociación Madres de Abril (AMA).

En Costa Rica, doña Azucena se ha dedicado a vender camisetas y gorras de Nicaragua para obtener un poco de dinero extra. Óscar Navarrete/LA PRENSA

Junto a ella, su otra hija también se exilió en Costa Rica y en 2020, recibieron la visita de Hamilton David, el nieto de Azucena e hijo de Erick.

Antes de que le mataran a su hijo, Azucena vivía entre Costa Rica y Nicaragua. Llegó en 1993 para trabajar como empleada doméstica y desde entonces se quedó y tuvo dos hijos en ese país, mientras que en Masaya había dejado otros dos. Uno de ellos era Erick.

En su casa, en San José, la capital costarricense, Azucena tiene un altar con fotos de Erick acompañadas por imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y la virgen de Guadalupe. Todo alumbrado por el resplandor de las veladoras que diariamente le enciende. Como no puede ir a visitarlo a su tumba, hizo ese altar en la sala para poder sentirse cerca de él.

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