La muerte y la vida están en poder de la lengua
Proverbios 18:21
La sabiduría que encierra la cita anterior ha sido corroborada por la semiología, las ciencias de la mente y las ciencias sociales. Para Helen Fein, estudiosa del fenómeno del genocidio, por ejemplo, las palabras con las que describimos la realidad condicionan nuestras mentes antes de condicionar nuestras acciones.
Los neurocientíficos Lasana Harris y Susan Fiske confirman que, para hacer su trabajo, el torturador y el genocida deben designar y percibir a sus víctimas como algo menos que personas.
La animalización del enemigo es una de las fórmulas más usadas para deshumanizar al “otro” o a la “otra”. En Rwanda, los hutus animalizaron a los tutsis llamándoles “cucarachas” y, en Alemania, los nazis adjetivaron como “piojos” y “ratas” a los judíos antes de aniquilar seis millones de ellos. En la Nicaragua de los 80, el órgano de propaganda sandinista, Barricada, animalizó a los campesinos que integraban “la Contra” en titulares como: “100 bestias eliminadas” y “Bestias expulsadas de Matagalpa y Jinotega”. Los “Contras”, a su vez, usaban la palabra “piricuacos” para referirse a los combatientes sandinistas. “Piricuaco”, en mískito, de acuerdo a algunos investigadores, puede traducirse como “perro rabioso” o “escarabajo maligno”.
Hoy en día, Rosario Murillo se refiere a los miembros de la oposición como “alimañas” y “vampiros”, en tanto que los opositores llaman “sapos” a los sandinistas que Manuel Guillén y Pedro Molina dibujan manchados de sangre.
La demonización del adversario
En los últimos meses, el discurso deshumanizante que se ha impuesto en Nicaragua se ha potenciado con un nuevo ingrediente: la demonización del “otro” y, más concretamente, con la designación del adversario como enemigo de Jesús (Freddy Navas, 100% Noticias, 18/03/23) o de “la fe” (LA PRENSA, 02/04/23). Expliquemos.
Jesús-Dios representa, para los cristianos, el bien y la perfección. Por otra parte, el demonio encarna el mal absoluto que trata de destruir al “Creador”. La lucha entre el demonio y Dios termina con la destrucción del mal que la iconografía religiosa representa con el Arcángel Miguel hundiendo su lanza en Satanás, antes de condenarlo al infierno.
Siguiendo esta trama, cuando demonizamos al “otro” nos predisponemos mentalmente a inmolarlo porque debilitamos los “frenos” morales que, en circunstancias normales, nos hacen rechazar la violencia. Peor aún, cualquier cosa es aceptable para proteger a Dios de quienes lo odian: “¿No esconderán [los ORMU] un soterrado odio al catolicismo y a […] Cristo?” (Humberto Belli, LA PRENSA, 03/04/23).
La demonización del otro también se alimenta de la narrativa de la “persecución religiosa” que, supuestamente, sufren los católicos en nuestro país. En incontables estudios jurídicos e instrumentos legales, este concepto se usa, como lo hace la experta en persecución religiosa y derechos humanos, Nazila Ghanea-Hercock, para hacer referencia a actos de discriminación, intimidación, acoso o castigo contra “un grupo específico por sus creencias religiosas y morales”.
Si respetamos esta definición, lo que existe en nuestro país es una brutal y criminal represión y persecución política contra cualquiera que, por cualquier razón e independientemente de su credo religioso, levante su voz para criticar al Gobierno. “No”, dice Silvio Báez en un tuit, contrariando a los expertos en “persecuciones religiosas”: “Las amenazas, agresiones verbales, injurias y espionaje contra la Iglesia católica de Nicaragua no son parte de una persecución política, sino religiosa”. Le echa la segunda el siempre altisonante Félix Maradiaga: “Hay que decirlo con total claridad: ¡Hoy en Nicaragua existe una persecución religiosa!” (Confidencial, 25/03/23). J.S. Chamorro no se queda atrás y en su obsequiosa declaración frente a una comisión del Congreso de los Estados Unidos, afirmó: “Ortega reprime […] a millones de nicaragüenses que cada año, durante cada Viernes de Cuaresma y cada Viernes Santo, expresan su fe con devoción” (Confidencial, 27/03/23).
Veamos: las prohibiciones de las procesiones religiosas se explican más fácilmente por el miedo de los ORMU a cualquier multitud cargada de emoción y fervor, que por el “odio al catolicismo y a Cristo”. Aunque se trata de una dictadura torpe, los ORMU todavía recuerdan el 2018. Esto, aclaro, no es una justificación de las prohibiciones del régimen a los actos públicos del catolicismo, sino un intento de explicarlas.
¿Armarnos para una guerra santa?
Frente a los supuestos ataques a la fe católica, solo cabe luchar hasta el final: “Debemos aferrarnos al poder de la fe, el arma que aterra a todo demonio”, dice Denis Martínez (29/03/23). Los más exaltados, como Silvio Báez, hacen un coctel de animalización y demonización para animar a las tropas: “Jesús defenderá a su Iglesia de los lobos feroces que quieren intimidarla, doblegarla y someterla” (Báez, Despacho 505, 13/11/22).
¿Y qué dicen los “lobos feroces” sandinistas a los que hace referencia el señor obispo desde Miami? Lo mismo, pero apuntando contra él. Leamos la virtual declaración de guerra que es la irresponsable e incendiaria Carta de los pastores evangélicos afines a los ORMU (21/03/23): “Las visiones proféticas del libro de Apocalipsis nos hablan claramente de una bestia que sale del mar (la Iglesia católica, en la interpretación que hacía Lutero del Apocalipsis) lo cual hace ineludible concluir que se trata de un formidable poder imperial que en el lenguaje figurado del Apóstol es presentado como bestia”. El conflicto contra “la bestia”, siguen diciendo los “pastores de Dios”, es “el conflicto de los siglos, es la permanente lucha que desde tiempos de los profetas del Antiguo Testamento se libra en las regiones celestes, como nos advirtió hace 3 mil años el profeta Moisés”.
Jugando con fuego
Estamos viviendo la crónica de una tragedia anunciada. De seguir así, pronto podremos remover las comillas de lo que hoy llamamos “persecución religiosa”; porque las palabras pueden transformarse en realidad. De esto nos habló Rubén al referirse al “misterio demiúrgico de la palabra”. De esto mismo nos habló Pablo Antonio Cuadra cuando nos advirtió: “Irrespetemos la ética de la palabra y tendremos […] una fábrica de homicidas”.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.