Mi primer exilio

Hoy inicio una nueva etapa de mi vida, LA PRENSA me ha cedido espacio para una columna al mes describiendo las experiencias vividas durante los dolorosos exilios que he tenido y cómo estos han marcado mi vida y la de mi familia. También haré reflexiones, aportes y oposición al régimen dictatorial Ortega Murillo (OrMu) desde mi exilio en Costa Rica. La idea es contribuir a sensibilizar al mundo sobre la situación de Nicaragua, y sacar la dictadura de nuestro país.

He venido reflexionando mucho sobre sobre mi situación actual de exiliado nuevamente y por tercera vez, y me hace recordar hacia el pasado, primera salida del país, que por motivos de la convulsionada crisis de Nicaragua ocurrió cuando apenas tenía 13 años. Fue en junio de 1979, en medio de la  guerra civil. Unos días antes, con la familia tuvimos que abandonar nuestra casa hacia un lugar seguro para protegernos de las balas del fuego cruzado entre la Guardia de Somoza y los guerrilleros sandinistas.

Mientras los días pasaban en una casa de seguridad en las laderas de Ticomo podía ver durante el día los aviones bombardeando la ciudad y los sonidos de las balas por toda Managua y por la noche observaba las balas trazadoras, muy parecidas a los cohetes lanzados los 31 de diciembre.

La escasez y el miedo se apoderaron de mis padres quienes decidieron sacarnos del país. Nos llevaron al aeropuerto entre las barricadas, vimos los destrozos de la guerra: carros quemados, la gente huyendo de la guerra. Allí mis padres nos montaron en un avión de Taca rumbo a El Salvador, nos esperaban amigos de mis padres quienes nos acogieron en varias casas ya que éramos 4 hermanos, de los 6 que somos. Nos separaron a los hermanos, esa fue la primera sensación que tuve de angustia, me sentía solo, me hacían falta mis padres, hermanos, mi casa, mi cama, mis amigos, en fin todo lo que un niño a esa edad tenía y no sabía cuándo eso lo volvería a tener.

Cada día que pasaba era una experiencia diferente, la llegada a la casa de los amigos de mis padres fue el primer obstáculo a vencer, conocer la casa, la dirección de la casa por si acaso salía y no perderme, el cuarto donde dormiría, conocer a sus hijos que eran menores que yo. Enfrentaba nuevos desafíos, hasta en los menores detalles, como pedir algo que necesitaba, guardar silencio y tragarme las incomodidades, como por ejemplo comer cosas que no me gustaban, pedir permiso para encender el televisor, a qué hora despertarme, nuevas reglas de convivencia, en fin todas aquellas cosas que en mi casa era normales, todo había cambiado.

Me matricularon en un colegio público cerca de donde estaba viviendo, en Santa Tecla, el colegio se llama Santa Cecilia, yo venía de un colegio privado en Nicaragua, del Colegio Centro América, realmente no me incomodaba ir a una escuela pública.

Pero mi primer día de colegio fue muy incómodo, nadie me fue a dejar, me fui solo, caminando, iba muy asustado, no sabía a lo que me enfrentaría, de camino se me acercó un joven mayor que yo. De seguro vio a un niño caminando solo y se preocupó; me preguntó que a dónde iba, le conteste serio y seco «al colegio», rápidamente me dijo ¿al Santa Cecilia? “Sí”, le dije. Comenzó a interrogarme, de dónde era y por qué nadie me llevó mi primer día. Seguro vio mi cara de asustado y percibió en mi voz el nerviosismo.

Él, muy amablemente me dijo que me acompañaría hasta dejarme en mi aula, ¡uf!, qué agradable sentí no entrar solo, él se encargó de llevarme donde la profesora y explicarle mi situación. Definitivamente mi primer día de clases fue duro, el día más complicado después de mi recibimiento en el aeropuerto ya que me quisieron hacer bullying. Me apodaron “el nica”, en el primer recreo me impuse a los que me estaban haciendo bullying y logré iniciar nuevas amistades.

Vencer cada día las adversidades de lo que no estaba acostumbrado me marcó, ya no era el mismo, debía de cuidar de todo para que mis padres no se preocuparan por mí, sabía que mucho ayudaba si no les creaba problemas, la situación de ellos en Nicaragua era muy difícil y peligrosa.

Las personas que me abrieron sus puertas en El Salvador, don Lino y doña Emma, se portaron muy bien conmigo, me hicieron sentir parte de ellos lo cual siempre les agradecí y mis padres también.

Gracias a Dios ese exilio duró poco, ya que regresamos después de un par de meses, retornando a mi casa y a mi familia. Habían derrocado a Somoza, pero todo había cambiado en Nicaragua, era como si ingresara a otro país, sin embargo el retorno fue espléndido, esa sensación de regresar al país fue maravillosa, algo indescriptible. Ese fue mi primer exilio.

El autor es nicaragüense, ingeniero de profesión, exiliado en Costa Rica.

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