El dolor de ser nica

La compasión (identificación con el dolor del “otro”) puede convertir nuestro sufrimiento común en esperanza para el futuro. Nelson Mandela.

Desde la sorpresiva liberación y arbitrario destierro de los presos políticos del régimen Ortega-Murillo, no he podido más que tratar de asimilar el sentido de las imágenes de Suyén, abrazando emocionada a su hijo, su “Colocho”; de Óscar René, con su mirada perdida, como tratando de encontrar un sentido a las experiencias vividas desde su arresto; de María Esperanza, con su rostro desgajado, expresando su deseo de “no morir fuera de su patria”; y de Gabriel y otros como Gabriel, diciendo que no quieren terminar “como indigentes” en las calles del país de su destierro.

Trato de imaginar los sentimientos detrás de la trémula voz de Denis: “Antes de subir al avión toqué con la palma la pista del aeropuerto, mi tierra, y me puse a llorar”. Y veo y repaso los rostros de los muchachos y las muchachas humildes que, desde las aceras de su hotel en la capital del “Imperio”, dicen no tener dónde ir, ni saber lo que van a hacer para sobrevivir en el exilio.

A ellos los veo por primera vez porque sus rostros nunca merecieron una foto en los diarios de mi Nicaragua, “tan violentamente dulce” para quienes comen en la mesa de los poderosos de turno —fue el caso de Cortázar y otros como Cortázar durante los 1980—; tan violentamente amarga para todos los demás.

Trato de descifrar los tweets de la “Tania Sandinista” que, sobre una foto de los desterrados, nos dice: ¡La patria se respeta!” sin darse cuenta, o sin querer enterarse, de que su gobierno acaba de canibalizar un pedazo de la misma.

 Intento desentrañar las imágenes de los que marchan sonrientes para celebrar la expulsión de los “traidores de la patria” y confirmo lo que todos sabemos: son, en su mayoría, nicaragüenses humildes que, seguramente, han tragado hiel y derramado lágrimas en las mazmorras de la pobreza en nuestro país. Imagino que ellos, al igual que Tamara, Ana Margarita y Yubrank, también habrán sufrido la ausencia de madres, padres, hijos, hijas, esposos, esposas, hermanos y hermanas que han tenido que emigrar para sobrevivir, que es otra forma de destierro.

El llanto que nos une

La escritora Susan Sontag ha dicho que a nadie le gusta que su dolor sea comparado con el dolor de otro, a pesar de que todos lloramos con las mismas lágrimas: agua y sal que no distinguen colores de piel, clase social, o ideología. Y lo vemos en nosotros, que rehusamos ver que nuestro llanto y el del “otro”, sandinista o azul y blanco, nacen de un mismo fracaso, un mismo dolor y una misma historia formada por el llanto de nuestros indios conquistados y embarcados como esclavos a Panamá, Perú y otros lugares; el llanto de los indígenas, que sufrieron el ascenso de las políticas “liberales” de los criollos después de la “independencia”; el de los ninguneados y abusados por la “aristocracia” granadina de los Treinta Años; el de los expatriados y expropiados por Zelaya; el de los liberales víctimas del revanchismo imperante durante la “restauración conservadora”; el llanto de las Mujeres del Cuá, “que bajaron de los cerros por orden del General”; el llanto y dolor de los expatriados y expropiados durante la “revolución” de los 80; y el llanto, la humillación y dolor de los ninguneados durante la época de “la democracia” y del Ben Hur, el chabacano espectáculo al que asistían acicalados los gobernantes de esa época; el mismo espectáculo que, por su insensibilidad, horrorizó a miles de televidentes alrededor del mundo.

Somos, queramos o no, producto de una historia formada por los llantos de ayer, los de hoy y los que faltan, si nuestra historia sigue siendo, como hasta hoy, una ruleta programada para castigar nuestra incapacidad para honrar el dolor de los que no lucen o piensan o aman o rezan como nosotros.

Rota Fortunae

¿Lograremos detener la Rueda de la Fortuna que mueve nuestra historia transformado a expropiadores en expropiados, a torturadores en torturados, a los privilegiados de ayer en los desdichados de hoy, en una cadena sin fin? Reviso las imágenes y voces de sandinistas y opositores y busco razones para pensar que sí podemos.

No las encuentro en los gritos de “¡filibusteros!” y “¡bestias!” de Fonseca Terán. Tampoco las encuentro en las fotos de Mairena, Chamorro y Maradiaga visitando al senador de Luisiana, Bill Cassidy, uno de los más feroces promotores del cierre de la frontera sur de los Estados Unidos a miles de compatriotas de estos tres “líderes”. En realidad, siento “vergüenza ajena” cuando los veo abrazando como aliado, a alguien que no quisiera verlos viviendo en su vecindario. Sí que encuentro razones para ilusionarme, en las declaraciones de Mildred, quien nos dice que en la cárcel logró construir puentes afectivos con prisioneros sandinistas, víctimas como ella de la injusticia que impera en nuestra Nicaragua.

También encuentro una esperanza en el deseo de Lorenzo de ser él, “el último desterrado de nuestro país”; no así, en su grito: “¡Los desterrados serán ellos!” porque ese vaticinio sería, simplemente, la expresión de un desesperado deseo de seguir empujando la ruleta de nuestra historia, ignorando que la Rueda de la Fortuna no parará en “ellos”, sino que continuará girando para, tarde o temprano, volvernos a castigar.

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí