Docta ignorantia

Fue refrescante escuchar al cardenal Leopoldo Brenes reconocer con humildad lo difícil que es saber “cómo predicar” el mensaje de amor de Jesús en un país desamorado y partido en pedazos como Nicaragua (LA PRENSA, 25/12/22). Esta cuestión, dijo Brenes, es el “gran reto” que hoy enfrenta la Iglesia Católica Nicaragüense (ICN).

Lo dicho por Brenes es un hermoso ejemplo de docta ignorantia, es decir, de la sabiduría de saber lo que no sabemos, condición necesaria para empezar a cuestionarnos e investigar la verdad. Esta sabiduría contrasta con lo que podríamos llamar la asina ignorantia (burra ignorancia) de aquellos que, demasiado seguros de ellos mismos, hablan hasta por los codos de lo que no entienden o no quieren entender. En Nicaragua, muchos hablan de democracia sin preguntarse cómo construir los consensos que este sistema implica, en una sociedad dividida y atrincherada como la nuestra. Y hay quienes dicen luchar por la democracia, mientras endurecen la polarización que vive el país, mediante llamados a la comunidad internacional para que asfixien financieramente a la dictadura Ortega-Murillo castigando a los desgraciados.

Estos analistas —más bien, asinalistas— sugieren, por ejemplo, el bloqueo de fondos que ofrecen los organismos financieros internacionales a Nicaragua “con el pretexto de la reducción de la pobreza, el alivio a los desastres y el apoyo a la pequeña empresa”; y, hasta consideran como “una opción” para su lucha, la reducción de las “remesas” que envían los nicaragüenses en el exterior para ayudar a sus familiares a sobrevivir la crisis que vive el país (LA PRENSA, “Por qué la comunidad internacional”, 30/12/2022; Manuel Orozco, Confidencial, 30/08/22).

Brenes prefirió no hablar “al peso de la lengua” y reconoció lo difícil que es saber “cómo predicar” en nuestro país. ¿Cómo convencer a la oposición de que el mensaje de Jesús y la doctrina de la Iglesia los obliga a levantar la bandera de la justicia social y la opción preferencial por los pobres? Al mismo tiempo, ¿cómo predicar a los sandinistas que las libertades públicas que el gobierno de los Ortega-Murillo pisotea diariamente, son esenciales para lograr la “armonía” social de que nos habla la encíclica Rerum Novarum; y que esta armonía es esencial para alcanzar la paz y promover la prosperidad en nuestro sufrido país?

A continuación, trato de responder estas preguntas.

El bien común

La prédica de la ICN debe tener como base el concepto del bien común, definido por el Catecismo de la Iglesia católica como “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección”. Esto implica tres cosas: “El respeto a los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana”, la promoción y defensa del “bienestar social y el desarrollo”; y, “la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo”. Desde esta perspectiva, la ICN debe señalar todo lo que impide alcanzar el bien común y contribuir a armonizar sus componentes sin tomar partido en la lucha política por el poder.

Un discurso inclusivo

La armonización de los elementos que componen el bien común implica facilitar la construcción de consensos democráticos; es decir, consensos que tomen en consideración los derechos y las obligaciones de cada sector social del país, con atención preferencial a los pobres y los excluidos, como lo demanda la doctrina social de la Iglesia católica. Así pues, el clero debe evitar discursos sectarios que excluyen o invisibilizan a sectores claves de la sociedad y anulan la universalidad del mensaje de Jesús. Por ejemplo, deben evitar decir que “Nicaragua sufre un viacrucis y está crucificada” y reconocer que existe una Nicaragua sufrida y maltratada en las cárceles y en el exilio; otra que disfruta de los programas sociales y los beneficios que ofrece el gobierno actual; la de los ricos y superricos que viven en su propio mundo; y, la de los miserables de siempre: la Nicaragua de las prostitutas, los campesinos pobres, los trabajadores del sector informal y otros grupos sin voz que no son objeto de la atención de nadie. Para participar en la construcción del bien común, la ICN tendrá que reconocer esta compleja realidad.

Superar el clericalismo

Finalmente, para promover el bien común y hablar en nombre de todos los nicaragüenses, los sacerdotes y obispos de la ICN tendrán que “bajarse del caballo” y caminar junto al pueblo, sin ofensivos paternalismos y tratando a los nicaragüenses como iguales. Tendrán que aceptar que no son “dueños de la parroquia, ni de las diócesis” donde operan, como lo señaló Brenes en una ceremonia, el 8 de junio del 2013; y dejar de echarse flores secas hablando de ellos mismos como “profetas de Dios” y representantes de una Iglesia “experta en humanidad”. Yo hasta sugeriría que se despojaran del anacrónico ropaje eclesiástico que algunos usan con exageración para no parecer mortales.

Puesto en las palabras de Francisco, para caminar junto al pueblo y promover el bien común, la ICN tendrá que superar el clericalismo “orgulloso, vanidoso y soberbio” que alimenta el elitismo que ha dominado a la Iglesia católica durante siglos. En nuestro país, los ejemplos de las consecuencias nefastas de este elitismo son, entre otros, la complicidad de muchos sacerdotes con las políticas represivas del gobierno del FSLN durante los 1980 y la actuación de la ICN en defensa del gobierno corrupto de Arnoldo Alemán en los 1990.

La “gran política”

Ninguna de estas sugerencias puede llevarse a la práctica fácilmente. Fácil es gozar de los aplausos de nuestros fans predicando desde una de las trincheras desde donde los nicaragüenses disparamos contra nuestros connacionales mientras cantamos a toda voz: “Ya no ruge la voz del cañón”. Fácil también es hacerse el sueco y no decir nada frente al desgarre de nuestro país. Lo difícil, lo verdaderamente cristiano, es participar en lo que Romero llamó la “gran política”, la política del bien común, para parar la guerra.

El autor es profesor retirado del  Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.

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