Mi Jesús

Cada quien es dueño de sus propios miedos —y de su propio Jesús—. El mío hoy, es una idea —la de la posibilidad y necesidad del amor y de la misericordia— encarnada en un hombre de quien decimos que nació en la ciudad judía de Nazaret, hace 2,000 años.

Mi Jesús empezó siendo el incomprensible e inexplicable Jesús-Dios, es decir, el Dios que se hizo hombre para salvarnos del pecado y que vivió y murió siendo Dios y hombre a la vez: “No lo tenés que entender, solamente lo tenés que creer”, me enseñaron mis queridos maestros calasancios, rematando con un gol de bicicleta: “En eso consiste la fe”.

A los catorce años decidí hacerme cura y desde un bus de la Tica Bus me despedí de mi madre y mi hermano para viajar al seminario de los escolapios, en San José, Costa Rica. Ahí viví un tiempo feliz, lleno de certezas absolutas —porque si no se piensa no se duda— y rodeado de los libros que cubrían las paredes de la espaciosa casa del expresidente costarricense Teodoro Picado, donde funcionaba el seminario.

Me hubiera gustado poder decir —para sonar inteligente— que después de leer a Nietzsche o Schopenhauer decidí abandonar el seminario y hacerme agnóstico o ateo. Pero, la razón del fracaso de mi vocación religiosa fue más sencilla, y tal vez más profunda que todo lo que esos dos filósofos escribieron. Durante unas vacaciones en Nicaragua, me enamoré de una chavala flaquita que me dejó sin tiempo para pensar en nada que no fuera mi próximo encuentro con su tristona mirada y, con suerte, un disimulado roce de codos para, ¡ahora sí!, sentir la gloria de Dios.

A medida que fui creciendo, fui cayendo en un estado de indiferencia religiosa. Sentía que no necesitaba a Jesús y que, más bien, el Nazareno me estorbaba para vivir. Experimenté con la música y organicé un conjunto musical que hizo honor a su nombre: Los Incógnitos. Me disfracé de periodista y llegué a ser el flamante subdirector del periódico estudiantil Juventud, en el Ramírez Goyena. Juventud era dirigido por Axel Somarriba, quien más tarde ingresó a las filas del FSLN. A decir verdad, yo no subdirigía a nadie porque el periódico éramos Axel y yo. En otro momento, intenté pintar, imitando a mi vecino de la Colonia Maestro Gabriel, el de verdad pintor César Caracas, quien no paraba de hablarnos de Florencia —donde él había estudiado— a los muchachos que le ayudábamos a trasladar sus pinturas a la Escuela de Bellas Artes y otros lugares.

Años más tarde, cuando más adentrado en el laberinto de la vida había sufrido las embestidas del Minotauro, volví a pensar en Jesús. Quise entonces revivir mi fe de niño, pero no la encontré donde antes encontraba al Maestro. Y así, buscando viejas verdades, descubrí las palabras de Pablo que me hicieron recapacitar: “Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de mi niñez”.       

Con Pablo llegué al punto en que me encuentro hoy, cuando cansado de religiosos y religiones que nos invitan a amar al prójimo que reza, piensa, huele y ama como nosotros, abrazo la idea del Jesús pobre y maloliente que, sin corona de rey omnipotente, sombrero de mago omnipresente o capa de Supermán, nos invita a ponernos en los zapatos del otro y de la otra sandinista, emerrecista, ateo, lesbiana o lo que sea, para entenderlo, tenderle la mano y, con nuestras diferencias, construir una sociedad mejor.

Cada Navidad me acerca a Jesús y me obliga a revisar lo que pienso de él y lo que siento por él. Esta Navidad —que sangra migrantes, presos y exiliados—, no ha sido diferente. Pensé en su prédica para confirmar, una vez más, que la utopía del reino del Dios del amor que predicó el Nazareno sigue siendo tan imposible como necesaria para salvar a la humanidad de sus peores impulsos.

Paz interior a todos y todas las que, por cualquier razón, veneran la memoria de Jesús y celebran su nacimiento. Paz interior, también, a quienes no lo veneran, pero actúan como si lo hicieran. Que el ejemplo del judío de Nazaret nos inspire a luchar por una Nicaragua en donde, separando el trigo de la cizaña, abracemos a nuestros adversarios para rezar el Padre Nuestro, sin blofear.

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.

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