El exilio de la mente

“El trabajo intelectual es la elección de un tipo de vida, además de una carrera”. (C. Wright Mills)

Aterricé en la ciudad de Ottawa —una de las capitales más frías del mundo— un 11 de septiembre, hace 41 años. Desde mi llegada empecé a comprar ropa de invierno para mi familia, que arribó semanas después. Los meses helados se avecinaban y yo sabía lo que eso significaba.

En un acto de machismo patriótico, decidí jugarme el invierno con la ropa que había llevado de Nicaragua y no comprar ropa de invierno para mí, porque winterizarme simbolizaba afincarme en Canadá. Y yo quería regresar lo más antes posible a Nicaragua, a pesar de que mi país me había expulsado, como lo hace sistemáticamente para no verse obligado a construir la paz. Aguanté un invierno con mis atuendos tropicales, aunque cubierto por un pesado abrigo que me mantuvo vivo. Ya para el segundo invierno, mi pequeño acto de resistencia había fracasado y empecé a vestir como los dioses del frío —más implacable que el Dios cristiano— lo ordenan.

Reinventarse o morir: ese es el reto del exiliado, o del “desraizado”, como me llamó Jorge Eduardo Arellano en uno de sus artículos. Reinventarse para aprender a hablar en otra lengua y aprender nuevas costumbres; reinventarse para aprender a sobrevivir en un medio extraño y con reglas que casi nunca están a tu favor; reinventarse para “enraizarse” en un nuevo país, sin “desraizarse” del que te define, porque eso es morir. Hoy, después de 41 años, me visto como canadiense, pero respiro y lloro como nicaragüense, porque Nicaragua es una llaga que no deja de supurar.

En un día cualquiera, me levanto antes de las siete de la mañana —todavía oscuro durante los meses de invierno—, preparo mi café y, entre sorbos, leo las noticias del mundo que con los años encuentro cada vez más aburridas. Pero antes, consumo las de Nicaragua, como el drogadicto que no puede parar y que, de vez en cuando, trata de cortar su adicción sin lograrlo, como lo testimonian mis escritos a lo largo de los años.

El desánimo me impulsa a veces a romper con mi tribu: el desánimo que provoca la sospecha —más o menos intensa, más o menos duradera— de que Nicaragua no saldrá jamás de su miseria; porque los pobres no tienen fuerza para cambiar el país y los que tienen el poder para hacerlo son felices siendo “inferiores a su propia suerte”. Gracias Gabo.

“Escribí para lectores que van a estar vivos cuando vos estés muerto”, me dijo un amigo cubano de la isla, cuando entre chistes mata-penas y tequilas con limón y sal, intercambiábamos desalientos en un bar de Tenochtitlán. Cada mañana repaso esas palabras, enciendo mi ordenador portátil (porque desde hace rato le huyo a los escritorios) y empiezo a escribir.

Mis artículos para LA PRENSA arrancan con la decisión sobre qué tema abordar. Casi siempre escojo aquellos que tienen algo que ver con el pensamiento y la cultura política nicaragüense, porque estoy convencido de que, sin subestimar el peso de las estructuras sociales, el imperialismo, los términos de intercambio y todas esas cosas que con frecuencia usamos como explicaciones-excusas para el subdesarrollo, lo que Nicaragua necesita son ganas e inteligencia para cambiar y ser lo que podemos y debemos ser. Ganas e inteligencia para ser curas de verdad, como Romero; no Narcisos que salivan por los aplausos o fingen exóticos acentos para impresionarnos. Ganas e inteligencia para ser empresarios de verdad; no “bisneros” sin visión y con frecuencia, sin alma. Ganas para ser derechistas, izquierdistas o centristas de verdad y no gritones sin ideas que no paran de repetir, como diría José Coronel Urtecho, “lugares comunes y frases hechas o frases de cajón, de clichés y de tópicos o de equívocos, de vaguedades y banalidades y ambigüedades, seudo-verdades y falsedades, doble-sentidos y contrasentidos y sinsentidos y perogrulladas…”.

Edward Saíd se quejaba de que sus compatriotas palestinos carecían de “la disciplina del detalle” para enfrentar sus problemas. Eso mismo podemos decir los nicaragüenses de nosotros mismos. Carecemos de la disciplina para pensar y actuar; la disciplina que demanda el trabajo de hormiga que, con visión de futuro, es lo único que puede emanciparnos de la Divina Providencia; o de la “magia” de un candidato o candidata con pedigrí; o de los golpes de suerte —la “implosión” del orteguismo que fríen y refríen nuestros “analistas”; el desembarco de los marinos— que muchos secretamente desean; o un bendito canal que nos parta en dos para celebrar una nueva piñata, “Hecha in 在中國” o “Hecha в России” o “Hecha in USA”.

Pensar cuesta. Pensar duele. “¡Pensar no paga!”, me dijo en carcajadas una conocida figura política nicaragüense cuando le conté a qué me dedico en Canadá.

Escribir también cuesta. También duele, sobre todo cuando lo que escribís te machaca el alma y te hace dudar si, a lo mejor, repasar la serie Narcos o El Padrino I y II (la tercera es una ofensa), es una mejor manera de aprovechar el tiempo y avanzar la semana.

Pensar y escribir duele y “no paga”, pero a veces es la única forma de sobrellevar la pinche “pesadumbre” de “la vida consciente”. Un intelectual es eso: alguien que no tiene otra opción que agarrarse del salvavidas de la palabra para no hundirse en una depresión. Por eso me divirtió leer a alguien que decía que yo escribía “con aires de intelectual”; como si ser un intelectual fuese una “gran pegada”; como si no supiéramos que el oficio de intelectual lo escogemos los que nacimos patones y no aprendimos a bailar.

Busco mi café y veo que se enfrió. Busco el sol en mi ventana y veo que ya salió. Cierro este artículo y se lo mando a LA PRENSA, allá en Nicaragua.

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.

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