La caricatura en tiempos de crisis

Hace dos semanas hablamos del impacto del discurso político nicaragüense en nuestro cerebro/mente, entendiendo por discurso político los enunciados escritos, orales o gestuales que hacemos para intercambiar visiones e ideas sobre la organización, usos y naturaleza del poder en nuestro país. En esa ocasión yo señalaba que nuestro discurso político —sobrecargado de vituperios, omisiones voluntarias y perogrulladas—, no ayuda a armonizar nuestras diferencias, sino que más bien las apuntala en nuestro inconsciente colectivo, creando en nosotros la sensación de que la única solución posible a la crisis actual es la eliminación del adversario. La amoralidad e imposibilidad práctica de esta “solución” debería empujarnos a adoptar un discurso político menos visceral.

Hablemos hoy de la caricatura política como un componente del discurso que usamos los nicaragüenses para comunicar nuestras visiones y opiniones sobre el poder en nuestro país.

El poder de la caricatura

La caricatura tiene “la contundencia de un disparo”, nos dice el periodista Álvaro Gómez Hurtado. Efectivamente, las ciencias cognitivas confirman que las imágenes que consumimos tienen un impacto contundente en la amígdala cerebral —la región del cerebro que juega un papel central en la activación de nuestras emociones—. Su efecto puede contrarrestar nuestro raciocinio y hasta “baipasear” la corteza frontal —el “cerebro racional”— generando respuestas instintivas de miedo y repulsión, como lo señala el neurocientífico Joseph LeDoux.

De lo anterior se deriva que el uso de la imagen como medio de comunicación impone una alta cuota de responsabilidad en quienes, como los caricaturistas políticos, usan representaciones gráficas de nuestra realidad para transmitir sus ideas. Esa responsabilidad los obliga a enmarcar su estética artística dentro de una ética social que abone al bien común de los nicaragüenses, o que, al menos, evite su deterioro. Después de todo, el caricaturista político se inserta como un actor en la lucha por el poder y, por lo tanto, está obligado a evaluar el impacto y las implicaciones sociales de su arte.

La caricatura política de Molina y Guillén

Pedro X. Molina y Manuel Guillén son los principales caricaturistas políticos en la Nicaragua de hoy. Su arte forma parte de una rica tradición de crítica humorística, en la que se destacan Salomón (Chilo) Barahona (1904-2001), con su Panchito y la Rana; Alberto Mora Olivares (AMO) (1929-1974), con su Nicasio y Róger Sánchez (1960-1990), con sus “muñequitos del pueblo”.

Estéticamente, los colores y vistosidad de la caricatura de Molina y Guillén rompen con el dibujo “breve, rápido (y) fino” de Chilo, como lo caracteriza Teresa Patricia Bravo Soza y Yahaira Campos Miranda en su monografía sobre la caricatura en Nicaragua. Rompe también con la “economía de trazos” del Róger de “Dos de cal, una de arena”, al decir de Sofía Montenegro; y con los trazos “ingenuos y primitivos” que el poeta Pablo Antonio Cuadra (PAC) resaltó en su apreciación del Nicasio de AMO.

El arte de Molina y Guillén también representa una ruptura ética en el desarrollo de la caricatura política nicaragüense. De estos dos artistas nadie podría decir, como PAC dijera de AMO, que sus dibujos “no introducen veneno, sino esperanza y salud moral”. Ni se puedeafirmar que las caricaturas de Molina y Guillén nos entretienen y hacen pensar “sin caer en la vulgaridad”, como sí se puede afirmar de las de Chilo Barahona (Bravo Soza y Campos Miranda).

En muchos casos ni siquiera se puede sostener que las caricaturas de Molina y Guillén son chistosas. Muy poca gente encontró el humor y la “sutileza” que percibió PAC en el Nicasio de AMO, en la caricatura de la señora Kitty Monterrey erguida sobre una pila de cadáveres ensangrentados (LA PRENSA, 30/04/21). Tampoco se puede encontrar el ingenio y la chispa en el manojo de “sapos sandinistas” colgados de una mano ensangrentada con el que Guillén representó “artísticamente” las pseudoelecciones municipales pasadas (LA PRENSA, 06/11/22). ¿Quién podría hablar de la “poesía escondida” en esos garabatos, como habló Danilo Aguirre Solís del trasfondo del Nicasio de AMO?

Los “sapos sandinistas” de Guillén se convierten en demonios en la caricatura visceral de Pedro X. Molina quien, para hablar de los supuestos espías sandinistas que vigilan las iglesias del país, termina pintando con brocha gorda a todos los que por buenas o malas razones simpatizan con el FSLN (Confidencial, 03/11/22). Peor aún, esta caricatura activa nuestro inconsciente religioso construyendo una imagen del nicaragüense sandinista como la representación del “maligno”; y por contraste, de quienes no somos sandinistas, como encarnaciones del bien en nuestro país.

Criticar para avanzar o para retroceder

Lo panfletario y monotemático en la caricatura actual, nos dice Guillermo Rothschuh Villanueva, constituye un “riesgo mortal” para el artista. Efectivamente, la caricatura chata y maniquea no eleva la calidad del arte, porque el arte de calidad solo brota de las zonas grises de la realidad. Tampoco contribuye al desarrollo de nuestra cultura política. Por el contrario, sirve de gasolina para avivar el fuego de la polarización que nos mantiene al borde del abismo.

En muchas de sus caricaturas, Guillén y Molina han mostrado tener la capacidad para denunciar y, al mismo tiempo, construir o reforzar percepciones de la realidad nicaragüense que nos ayudan a captar la complejidad de nuestro país. ¿Por qué entonces no creer que el talento de estos dos artistas puede, por ejemplo, ayudarnos a separar el trigo sandinista —que existe en muchos que ondean la bandera rojinegra— de la cizaña que crece a diario dentro del FSLN, abonada por quienes sin proponérselo —como Guillén, Molina y quien escribe este artículo— contribuimos a la polarización política que la hace crecer?

Concluyamos: el mismo talento que usamos para destruir y avivar nuestros peores instintos puede ser usado para dignificarnos. Porque se puede denunciar el mal retrocediendo como seres humanos o construyendo una sociedad y un mundo mejor.

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western, Canadá.

Opinión adversarios caricatura política archivo
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