Los límites de nuestra generosidad

“El contrato verbal es la base del contrato social”. Octavio Paz.

 Con frecuencia leemos y escuchamos decir que los nicaragüenses somos un pueblo excepcionalmente generoso. Y para demostrarlo, hacemos referencia a la manera en que nuestra gente practica la caridad con los menesterosos que suplican ayuda; o se moviliza para ayudar a sus compatriotas en situaciones de crisis provocadas por terremotos, huracanes e inundaciones.

En realidad, no hay nada especial en nuestra forma de reaccionar frente al dolor humano cuando este se visibiliza dramáticamente frente a nosotros. Basta usar Google para encontrar innumerables ejemplos de esta misma reacción alrededor del mundo. Lo que de verdad nos diferencia de otras sociedades es lo que sucede antes y después de los desastres naturales que sufrimos o después de que el pordiosero desaparece del espacio de nuestra mirada.

Preguntémonos: ¿Por qué no fluye nuestra generosidad hacia los que sabemos que en este momento sufren pobreza extrema en nuestro país? Y, para llegar al tema que quiero abordar, ¿por qué la tribu política “azul y blanco” habla de la “llegada de la democracia” en 1990 como una bendición que esperan volver a recibir, sin hacer un esfuerzo por entender por qué esa democracia que mejoró la vida de gente como ellos —y como yo— fue “baldón y ruina” para miles de nicaragüenses pobres?

Preguntémonos también: ¿Por qué los de la tribu sandinista son capaces de predicar “amor y más amor”, sin inmutarse frente al dolor de miles de nicaragüenses que arriesgan sus vidas y sufren vejaciones cruzando ríos y desiertos para escapar del paraíso “socialista, solidario y cristiano”? ¿Por qué desaparece nuestra celebrada generosidad?

Las neurociencias de la indiferencia y la generosidad

La psicología social y las ciencias cognitivas explican la generosidad humana en tiempos de desastre —o frente al sufrimiento de los que vemos— como una reacción neurobiológica producida por el sentimiento de vulnerabilidad que experimentamos frente al dolor de otros seres humanos, sobre todo si se parecen a nosotros. En estas circunstancias, explica el neurocientífico V.S. Ramachandran, las “neuronas espejos” que funcionan en el cerebro nos hacen vernos a nosotros mismos reflejados en la experiencia de los que sufren, provocando la segregación de la hormona oxitocina que estimula nuestra compasión y solidaridad.

Esto significa (¡buena noticia!) que el cerebro humano —la masa “gris” y “blanca” de aproximadamente tres libras de peso que llevamos dentro de la cavidad craneal— posee un potencial empático “natural”, desarrollado a lo largo de la evolución de nuestra especie para facilitar su sobrevivencia. De la experiencia acumulada durante este proceso, aprendimos que “hoy por ti, mañana por mí”.

El cerebro, sin embargo, necesita de la mente para que nuestro potencial empático natural se extienda más allá de situaciones calamitosas; o del sufrimiento de quienes vemos o forman parte de nuestros círculos afectivos inmediatos. En este sentido, el concepto mente hace referencia al cerebro en acción y, más concretamente, a las “actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes, especialmente de carácter cognitivo”, que se proyectan más allá del cerebro para interactuar con nuestro entorno (RAE).

Estas actividades y procesos mentales se apoyan en sostenes socioculturales —“andamios cognitivos”— que, como el lenguaje, la propaganda y las normas formales e informales que organizan nuestra visión del mundo y nuestra conducta social, pueden inducirnos a pensar y actuar como racistas nazis o como ciudadanos tolerantes y abiertos a los demás.

El discurso político como andamio cognitivo

El discurso político dominante en una sociedad es uno de los principales andamios de los que depende el funcionamiento de la mente y, más concretamente, el desarrollo de la capacidad empática de nuestros cerebros. Entendamos por discurso político, los enunciados que hacemos para hablar de la organización, usos e implicaciones del poder en la sociedad. Esto incluye desde los pronunciamientos políticos que formulan los dirigentes, periodistas, analistas y líderes religiosos de nuestro país, hasta los chistes y los chismes que circulamos a través de las redes sociales.

Si analizamos el discurso político nicaragüense, llegaremos a la conclusión de que este no estimula nuestro potencial empático. Más bien lo restringe y hasta puede anularlo. Peor aún, nuestro discurso político intensifica el “espíritu de secta” con el que hemos construido dos versiones antagónicas de una Nicaragua imaginada a la medida de la mitad de la patria: la Nicaragua sandinista que convierte a sus adversarios en “puchos”, “satánicos”, “chingastes” y “bacterias”; y la Nicaragua de la bandera al revés, que se resiste a reconocer las legítimas aspiraciones y necesidades del pueblo pobre sandinista, prefiriendo tildar de “sapos” descerebrados al 37 por ciento de la población nacional que, de acuerdo a la firma CID-Gallup, simpatizan con el FSLN (LA PRENSA, 17/10/2022).

Desmantelar los andamios lingüísticos que reducen y hasta cancelan nuestro potencial empático; y construir otros que nos ayuden a expandir nuestros “nichos afectivos”, es un proceso que podemos echar adelante si actuamos de acuerdo al lema que nos invita a “pensar en grande, empezar con cosas pequeñas y empezar ya”. Así pues, los analistas, articulistas, sacerdotes, caricaturistas, políticos y empresarios que reproducimos los andamiajes discursivos que nos dividen, podríamos dignificar nuestra manera de expresarnos y edificar otros andamios que le ayuden a nuestro cerebro/mente a entendernos mejor.

Solamente así, mediante un “contrato verbal” que civilice la lucha por el poder en nuestro país, podremos identificar las legítimas diferencias que nos separan para luego tratar de armonizarlas dentro de un “contrato social” que, finalmente, nos permita vivir en paz.

El autor es profesor de ciencias políticas retirado de Western University en Canadá.

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