En la columna del viernes 26 de agosto mencioné que, en la mitología griega, después de que mueren las personas sus almas son juzgadas en el otro mundo por tres hijos de Zeus: Minos, Eaco y Radamante.
Minos fue rey de Creta. A él está vinculado el conocido mito del Minotauro, un monstruo mitad toro mitad hombre que parió su esposa, Pasífae, después de haber sido inducida por Poseidón a tener sexo con un hermoso toro blanco.
Minos reinó sobre los cretenses con ejemplar bondad y sabiduría. Antes de comenzar a reinar, se retiró nueve años en una cueva donde Zeus le dictó las leyes con las que debía gobernar. Minos fue tan justo y compasivo que cuando murió, Zeus lo designó como uno de los jueces del más allá.
Por su parte, Eaco fue rey de Egina, la primera ciudad de la antigua Grecia que tuvo una flota y también la primera en la que se acuñó moneda. Y fue el gobernante más justiciero que jamás hubo allí.
Se cuenta que cuando una peste exterminó a la población de su reino, Eaco pidió a Zeus que repoblara su tierra transformando a las hormigas en personas. Zeus satisfizo la petición de su hijo y así apareció el pueblo de los mirmidones (en el antiguo idioma griego mirmex quería decir hormigas). Aquiles, el gran héroe de la Guerra de Troya, era un mirmidón.
También se cuenta que habiendo sufrido una devastadora sequía la región del Ática, donde está la ciudad de Atenas, Eaco logró que Zeus enviara unas copiosas lluvias que salvaron a la gente. Aquella sequía había sido un castigo divino por el asesinato del rey Estínfalo, de Arcadia.
En cuanto a Radamanto, este ambicionaba el trono de su hermano Mino y lo mató en una pelea. Tuvo que irse al exilio y se radicó en Calea, de Beocia, donde se casó con Alcmena, la viuda de Anfitrión y madre de Heracles (Hércules). Fue rey de Calea y de varias islas cercanas cuyas poblaciones se le unieron por su buena forma de gobernar.
La fama de Radamante como gobernante justo se extendió por toda Grecia, al grado de que cuando se quería decir que una sentencia era justa, aunque fuese muy severa, se decía que era como “un juicio de Radamante”.
Platón explica en el diálogo Gorgias cómo los hermanos Minos, Eaco y Radamente devinieron en jueces del otro mundo. Es que hasta entonces las personas eran juzgadas por jueces vivos el mismo día que debían morir. Pero las sentencias de estos jueces, por ser mortales e imperfectos, por lo general no eran justas.
De manera que Hades y los gobernadores de las Islas Afortunada o Campos Elíseos (a donde deben ir las almas buenas) acudieron ante Zeus y se quejaron de que les llegaban algunas que no merecían ser enviadas a donde ellos, porque en vida no fueron suficientemente buenas o sin merecerlo eran enviadas al lugar del castigo eterno.
Entonces Zeu dijo: “Haré cesar esta injusticia. Para eso he nombrado a tres de mis hijos: dos de Asia, Minos y Radamanto, y uno de Europa, Eaco. Cuando hayan muerto celebrarán sus juicios en la pradería, allí donde afluyen dos caminos, uno de los cuales conduce a las Islas Afortunadas (los Campos Elíseos) y el otro al Tártaro (el Infierno).
“Radamanto juzgará a los hombres de Asia, Eaco los de Europa; y daré a Minos la autoridad suprema para decidir en último recurso en los casos en que se encuentren indecisos el uno o el otro, para que el destino definitivo, que los hombres hayan de recibir después de la muerte, sea determinado con toda la equidad posible”.
Así comenzó a aplicarse la justicia divina que confirma a la humana cuando esta ha sido correcta, pero la corrige cuando ha sido fallida, no solo porque el error es humano, sino también, y sobre todo, por la corrupción de algunos jueces y magistrados.