Sheyla y Alexandra son dos nicaragüenses que se aventuraron a cruzar sin guía o «coyote» el río Bravo para llegar a Estados Unidos. Han caminado kilómetros tras kilómetros, día tras días para llegar a la zona del cruce. Se ven asoleadas, cansadas y desesperadas por llegar a suelo norteamericano. Con pasos apresurados se adentran en los matorrales, buscando un paso donde esté menos profundo el cauce del río. Eligieron una de las zonas más secas donde parece que aún no han azotado las lluvias de invierno.
Durante la trayectoria, un periodista mexicano las aborda y pregunta qué hacen en el lugar. «Tratando de cruzar el río. En nuestro país todo está mal, la economía, el trabajo, no podemos sacar a nuestros hijos adelante, a nuestros padres», contesta Sheyla.
Se desconoce de qué parte de Nicaragua son las dos mujeres, pero aseguran que salieron del país hace días y comparten que han pasado «cosas que nadie se imagina». Las ciudadanas van equipadas solo de pequeñas mochilas, suéteres y gorras.

Mientras Alexandra guía a su compañera por dónde van a cruzar, Sheyla continúa diciendo que desde que salieron de Nicaragua no tienen comunicación con sus familias y que esperan llegar con éxito a Estados Unidos para confirmarles a sus parientes que están bien y «no se preocupen mucho».
«Nuestras familias quedaron atrás, no saben si venimos con vida, no saben nada de nosotros, venimos incomunicados, pero, primero Dios, cruzando del otro lado trataremos de comunicarnos con ellos para que sepan que estamos con vida y no se preocupen mucho, ya que tenemos días que salimos de allá (de Nicaragua)», cuenta Sheyla.
«Vamos a la suerte»
Ninguna de las dos mujeres tiene familiares en Estados Unidos, aseguran en su testimonio, pero quedarse en Nicaragua ya no era una buena opción. Las autoridades estadounidenses de Migración han advertido que las razones económicas no son suficientes para recibir a los migrantes irregulares, y que solo quienes demuestren que han sufrido violencia, acoso y persecución o que su vida corre riesgo real y demostrable son sujetos a pedir asilo y esperar dentro de territorio estadounidense mientras sus aplicaciones se procesan y hay resolución de su caso. Quienes no cumplan con estas características de necesidad humanitaria o quienes no puedan demostrarlo, serían deportados.
«Vamos a la suerte», dice Sheyla, momentos antes de entrar a las aguas, y de quebrarse ante la pregunta de a quién dejó en su país y qué mensaje le daba. «A mi familia», declara Sheyla, mientras que de largo se escucha a Alexandra decir: «A mis hijos».
«¿Qué le dirías si te están viendo?», le interroga el periodista a Sheyla. La mujer hace una pausa, suspira y lleva su mano derecha hacia sus ojos para contener las lágrimas: «Todo es un sacrificio, no es fácil. Esperamos cruzar con vida y si nos ven, que no se preocupen por nosotros».
Cuando llega el momento de cruzar, Sheyla y Alexandra se quitan los zapatos y tomadas de la mano caminan entre las aguas de lo que parece un riachuelo, un delgado brazo de agua que podría ser vertiente secundaria del propio río Bravo. No son las imágenes que comúnmente se publican de la zona fronteriza más transitada, de un río ancho y fuertes corrientes.
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La experiencia de las dos nicaragüenses fue recogida a través de un video por el medio mexicano Impacto Visión que, si bien señala que la zona del cruce es en algún punto de Piedras Negras, Coahuila, en México, no da mayores detalles. En una publicación anterior mostraba otra parte del río Bravo, en la misma ubicación de Piedras Negras, en la que se pudo ver un caudal más ancho y peligroso.
La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés) revela que de enero a julio de este año 96,193 nicaragüenses han sido detenidos en las fronteras norteamericanas, siendo mayo el mes con más detenciones registradas (19,087).