Las Danaides: justicia terrenal y castigo eterno

El viernes 7 de junio de 2013 publiqué en LA PRENSA un artículo titulado El fin de las Danaides. Era en seguimiento a otro artículo publicado el viernes 31 de mayo del mismo año, bajo el título Las suplicantes y la misandria.

       En ambos escritos me refería al mito de las Danaides, las cincuenta hijas de Dánao, rey de Argos, que se casaron con sus primos, los cincuenta hijos varones de Egipto, hermano de su padre.

       Los hermanos Dánao y Egipto no se querían entre ellos. Una vieja disputa por el poder los había distanciado hasta el extremo de odiarse a muerte. Hasta que Egipto tomó la iniciativa de una reconciliación fraterna y pensó que casando a sus cincuenta hijos con las cincuenta hijas de su hermano, se reconciliaría con su hermano Dánao.

Egipto mandó a sus hijos a Argos para que llevaran la propuesta de reconciliación a Dánao, quien la aceptó, pero con una oculta intención malévola: le ordenó a sus hijas que en la misma noche de bodas y en el lecho nupcial, mataran a puñaladas a sus primos y esposos. Solo Hipermestra, la menor, no quiso cometer el horrendo parricidio tal vez por temor, por compasión o porque se enamoró de Linceo, su primo y flamante esposo.

       En la versión del mito de las Danaides en la que me basé para escribir los artículos antes mencionados, se dice que las Danaides mataron a sus primos y esposos no solo porque se los ordenó su padre, sino también porque ellas padecían de misandria. Eso es el odio irracional que algunas mujeres sienten hacia los hombres, equivalente a la misoginia que es el odio irracional de algunos hombres a las mujeres, solo por ser mujeres.

       Como no fue por su propia voluntad que las Danaides asesinaron a sus primos y esposos, sino porque se los ordenó su padre, ellas fueron purificadas y perdonadas por Atenea, Hermes o Zeus. Sin embargo, el mito de las Danaides es conocido particularmente porque dice que ellas se encuentran en el Tártaro, el abismo infernal del más allá, condenadas a llenar de agua un barril sin fondo. No lo pueden llenar, pero tienen que seguir intentándolo por toda la eternidad.

Esta condena le fue impuesta a las Danaides por los jueces del más allá: Eaco, Radamantis y Minos. Ellos juzgan a las almas de los que mueren. Envían al Tártaro, o lugar de los castigos eternos, a quienes cometieron crímenes e hicieron el mal de cualquier manera. Y las almas de los que piadosamente son enviadas a los Campos Elíseos, lugar de la eterna felicidad.

Ahora bien, si las Danaides fueron perdonadas y purificadas por los dioses, ¿por qué están en el Tártaro sufriendo el  suplicio eterno de tener que llenar con agua el barril sin fondo? La explicación y lección, dicen algunos mitólogos, están relacionadas con el crimen, la justicia y el castigo divino.

El mito de las Danaides enseña que el asesinato o cualquier otro crimen que se comete por obedecer a una persona o autoridad superior, la llamada obediencia debida, no tiene justificación ni perdón.

El mito se refiere también a la separación de poderes, la del poder de los dioses y el de los jueces que tienen la responsabilidad de juzgar y de hacer justicia.

Y la tercera enseñanza es que nadie se puede escapar de la justicia divina. Aunque el criminal mientras viva goce de impunidad y muera tranquilamente, al presentarse ante el juez o jueces del más allá será inevitablemente castigado.

Pero, finalmente, ¿cómo fue que murieron las Danaides y sus almas tuvieron que presentarse ante los jueces del otro mundo? Es que Linceo, el sobreviviente de la matanza perpetrada por las Danaides, pasado un tiempo se vengó matándolas a todas, incluyendo a la infeliz Hipermestra que le había perdonado la vida.

Linceo también mató a su tío Dánao y se apoderó del reino de Argos.

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