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han pasado desde el arresto de nuestro gerente Juan Lorenzo Holmann, y la toma de las instalaciones. Nuestra Redacción está hoy en el exilio. ¿Vas a permitir que la dictadura se salga con la suya?

Sanar para seguir luchando

Son ya demasiados los dolores, traumas y pérdidas que cargamos los nicaragüenses. Los históricos y los contemporáneos. Los que sucedieron en la intimidad de nuestros hogares y los que compartimos con tanta gente en los desastres naturales, en la pandemia y en una Nicaragua secuestrada por una cruel dictadura. El miedo recorre las calles y los caminos de Nicaragua, y cruza las fronteras. Donde quiera que está un nicaragüense, el miedo a alzar la voz y a denunciar los atropellos del régimen nos hace pensarla dos veces, si decirlo o no, si exponerme o refugiarme en el silencio.

Luego de la chispa libertaria encendida en abril del 2018 —iniciada por jóvenes y por la gente del campo, y respalda por la mayoría del pueblo, que iluminó la conciencia colectiva y nos hizo creer que una Nicaragua sin dictadura era posible—, vino la desolación y la desesperanza ante la arremetida brutal de un régimen dispuesto a todo para mantener el poder y ante un confuso movimiento político opositor que no termina de ponerse de acuerdo.

La invitación

En este angustiante contexto recibí la invitación a un taller sobre desarrollo psicosocial dirigido por la psicóloga nicaragüense Martha Cabrera y cofacilitado por la defensora de derechos humanos Haydée Castillo. “Reconectando entre nicaragüenses: diálogos para la sanación individual y colectiva”, decía la convocatoria.

La doctora Cabrera viene hablando de esa pesada mochila con traumas reprimidos que cargamos los nicas, y creando espacios para reconocerlos, expresarlos, desempacarlos y reflexionarlos en comunidad. Solo así podremos reconstruir nuestras vidas y nuestro país, nos dice ella. En este artículo quiero compartir mi experiencia en este taller de dos días realizado en una ciudad de Estados Unidos.

Allí estábamos nicas representando diversas experiencias: las del exilio forzado y las de la diáspora que salió del país por otras razones, económicas o familiares. La noche anterior al taller me fui a la cama sintiendo el dolor de Nicaragua y soñé que dejé mi maleta con todas mis cosas en un carro, en un estacionamiento público, y que al regresar se habían robado el carro con todas mis cosas. Me arrebataron todo. Me dejaron sin nada, impotente en la calle. Fue como una premonición de las historias que escucharía de mis 22 hermanas y hermanos nicas en ese taller.

Sentimos que nos han robado Nicaragua. La dictadura Ortega Murillo la tiene secuestrada, como si fuera su finca y pudiera disponer quién vive ahí y bajo qué condiciones. Historias que deben ser contadas En el taller, mientras compartíamos nuestros duelos a través de distintos ejercicios, escuché la historia de una mujer que el régimen le quitó su pasaporte nica con su visa para viajar a Estados Unidos y la amenazó por ser defensora de derechos humanos. Tuvo que huir por tierra, indocumentada, cruzar la frontera de México, para llegar a pedir asilo político a Estados Unidos. Casi muere en la travesía, perdida y dejada a su suerte por los “coyotes” que pagó para guiarla en el camino.

Escuché la historia de un hombre que en los años 80 tuvo que huir de Nicaragua ante el acoso del Servicio Militar. En el año 1979, su padre estuvo a punto de ser “ajusticiado” por sandinistas eufóricos al asociarlo con el régimen somocista.

Sentí el dolor de un joven que extraña a su abuelo al dejarlo atrás para emprender este viaje sin retorno seguro, por ser su referente familiar principal en su vida. Entre nicas que no son exiliados, fui testigo de la incertidumbre al no saber si viajar a Nicaragua, y tener que lidiar desde la distancia con el duelo por la muerte de la madre una, de la abuelita otra, porque, y ¿si no te dejan entrar? ¿Y si te quitan el pasaporte y no te dejan salir?

Escuché la angustia de una que tiene seres queridos en la cárcel, como presas políticas, y de los que obligaron salir al exilio. Y también nos compartimos otros dolores, antiguos, de infancia. Como el abandono y el alcoholismo paterno. La hija que se quedó en casa ajena esperando a su madre que nunca regresó. La exclusión por ser un niño gay.

Nuestras historias fueron recibidas, escuchadas, reconocidas, y liberadas. La posibilidad de nuevos significados a lo que vivimos y a lo que estamos viviendo, emergió con fuerza.

 La doctora Cabrera nos invitó también a reconocer la oportunidad que nos ofrecen estas duras experiencias para crecer, y a dirigir también la mirada a la belleza de Nicaragua, de su historia y de nuestras vidas. Y entonces nos preguntó: “¿Qué me gusta? ¿Qué disfruto de la vida? ¿Qué me duele? ¿Qué quiero cambiar?”

Respondí que me gustan los quesillos y los buñuelos, todavía saboreándolos. Esa fue otra belleza del taller: participantes que llevaron comida nica para compartir momentos tan valiosos y sanadores como aquellos durante la sesión.

Duelos que creíamos resueltos

Un ejercicio que dirigió la doctora Cabrera me permitió expresar mi duelo con la revolución sandinista, que fue un proyecto que dio sentido a mi vida, pues me entregué de todo corazón y creí en la promesa de una Nicaragua con justicia y libertad. El trauma que me causó a mí y a muchas personas cuando todo eso se vino al suelo en 1990, fue espectacular. Y luego el sentimiento de traición al darme cuenta de la corrupción y el abuso de poder que aconteció en esos años a manos de los que nos hablaban de “mística revolucionaria”.

Pensaba que ya había procesado ese duelo, pero la represión política desde el 2018 ha abierto esas heridas. En nombre del sandinismo, marca también secuestrada por Ortega y su grupo, se han cometido atrocidades, han matado, encarcelado, perseguido, invadido a personas y organizaciones de todo tipo, sin ningún pudor, con descaro. Durante el taller le di las gracias a todo lo bueno que me dio esa revolución perdida de los 80 y le reclamé por sus abusos, por su incoherencia. Pedí perdón a los hermanos y hermanas que fueron víctimas de esa revolución y que estaban ahí en el taller, pues no reconocí sus voces y sus historias, y nos terminamos abrazando y siendo abrazados por Nicaragua, que estuvo ahí representada como una madre que nos decía, “todos ustedes son mis hijos e hijas, no puedo excluir a ninguno”.

Reconocernos en nuestra humanidad compartida

Varias personas exiliadas políticas no asistieron al taller porque expresaron no sentirse listas para compartir. Dijeron que no querían abrirse a heridas que luego no pudiesen cerrar en un taller de dos días. Debo respetar esa posición. Es válida. Sin embargo, quiero decir que la doctora Cabrera prometió, y así cumplió, respetar el límite que cada persona estableciera, sobre lo que quería compartir y cuánto quería exponerse.

 Construimos un ambiente de respeto y seguridad. Creamos entre todas y todos un espacio sanador. Nos reconocimos en nuestra humanidad compartida por el dolor y las alegrías, más allá de las etiquetas de venir “de la izquierda o de la derecha”, o ser de X o Y grupo político. “Aquí estamos plantando semillas”, nos dijo ella. Este es un proceso que vamos a continuar. Y al transformarnos nosotros, estamos cambiando Nicaragua.

Al final del taller, hablamos de mantener un espacio de apoyo mutuo entre nicaragüenses que vivimos en esta región de Estados Unidos. Ya estamos madurando la idea.

Vencer barreras

Quiero concluir con la cita textual de una mujer indígena norteamericana que nos recuerda el deber de sanar para poder luchar en unidad y construir la nueva Nicaragua sin dictaduras: “Todas y todos llevamos un dolor profundo e inimaginable que afecta la forma en que nos recibimos y nos conectamos unos con otros. Es una herida emocional y espiritual acumulativa que resulta de la historia de violencia que compartimos. No importa si venimos del lado opresor, o del pueblo oprimido, o si nuestros antepasados llevan la huella de esa herida en nuestras almas. Esto crea una barrera que impide vernos verdaderamente, conocernos y conectarnos unos con otros” (Sherri Mitchell).

Instrucciones sagradas

En este taller comenzamos a botar esa barrera y a reconocernos en nuestras diferencias. Este trabajo psicosocial que honra y atiende a nuestros traumas y pérdidas es muy subversivo. La dictadura de Ortega apuesta a que nos seguiremos matando entre nosotros, en pleitos intestinos, para seguirnos oprimiendo. Es hora de amenazarlo con nuestra propia sanación, individual y colectiva, que nos llevará a la unidad en la diversidad y a construir un frente común sin exclusiones.

El autor es un profesional nicaragüense en el exilio

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