Como saben los que han leído La Ilíada, en el capítulo titulado Catálogo de las Naves, Homero menciona a todas las ciudades griegas que enviaron barcos con combatientes a la guerra de Troya.
No menciona a la ciudad de Alalcomene, de Beocia, de lo cual se puede deducir que los alalcomenios no participaron en la guerra troyana. Sin embargo, Homero se refiere a la diosa Atenea con el epíteto de alalcomeneida, o sea “deAlalcomene”.
El nombre de esta ciudad que mereció figurar como epíteto de Atenea, se lo dio Alalcomeno, uno de los excepcionales hombres que no fueron creados por los dioses, igual que todos los demás, sino que surgieron de las entrañas de la tierra.
En la literatura mitológica se les llama seres ctónicos, o sea “de adentro de la tierra”, pues no eran como los humanos, pero tampoco divinidades celestiales ni héroes, o sea los hijos que los dioses tenían con personas mortales.
Seres ctónicos eran, por ejemplo, los Curetes, que cuidaron a Zeus cuando siendo un bebé su madre, Rea, lo dejó con ellos para ocultarlo de su padre, Cronos, el dios que mataba a sus hijos para que no crecieran y le quitaran el poder.
Ahora bien, como se sabe, Atenea era hija de Zeus, pero no tuvo madre porque nació de la cabeza y el cerebro de su padre. Por eso era la diosa de la inteligencia, la sabiduría, las artes y la civilización. Paradójicamente también era una diosa de la guerra y las estrategias bélicas y como tal intervino en la guerra de Troya, apoyando a los griegos, mientras que Apolo respaldaba a los troyanos.
Atenea nació ya formada, con la apariencia de una hermosa mujer joven. Pero debía ser educada por alguien y quien lo hizo fue Alalcomeno. Por eso es que Homero la llama Atenea Alalcomeneida, en tanto se dice que a la esposa de Alalcomeno la llamaban Ateneida y al hijo que tuvieron, Glaucopo, “el de los ojos azulados”, pues otro de los epítetos de Atenea era Glaucopis, “la de los ojos azules”.
En los lejanos tiempos, cuando los dioses del Olimpo bajaban a la tierra para relacionarse directamente con los humanos, en una de las tantas ocasiones en que Hera estaba muy enojada con Zeus por sus infidelidades, le dijo que había dejado de amarlo y que nunca más volvería a acostarse con él.
Aquello le dolió mucho a Zeus, pues a pesar de sus frecuentes amoríos extramatrimoniales amaba a su esposa, quien además era su hermana.
Preocupado por la situación, Zeus bajó a la tierra y fue a Beocia a buscar a Alalcomeno, para que le aconsejara cómo apaciguar a su esposa y hacer que volviera a encariñarse con él. El sabio Alalcomeno le aconsejó que hiciera una estatua de madera con forma de mujer, que la vistiera espléndidamente como a una novia y fingiera una boda con ella, con un pomposo desfile nupcial y todo lo demás. Así, le dijo, Hera se sentiría celosa y se percataría de que seguía amando a Zeus. Y así resultó. Hera perdonó una vez más a su inquieto marido y volvieron a hacer el amor.
Se recuerda que en la ciudad de Alalcomene había un soberbio templo con una hermosa estatua de la diosa Atenea hecha toda de marfil.
Según una leyenda que se contaba antiguamente, cuando los romanos invadieron Beocia y ocuparon la ciudad de Alalcomene, el caudillo militar romano Sila robó la estatua ebúrnea de Atenea. Por eso la diosa lo castigó terriblemente, llenándolo de piojos que le causaron graves enfermedades que lo mataron después que regresó a Roma.
Desde que el romano robó la estatua de marfil de Atenea aquel templo fue descuidado y se deterioró lastimosamente. Pero la diosa compensó a la ciudad protegiéndola de catástrofes naturales y políticas.
Después de todo eso, en un bosquecillo cercano a Alalcomene los habitantes de una ciudad vecina llamada Platea celebraban unas fiestas llamadas las Dédalas. Con ellas conmemoraban el episodio de cuando Zeus hizo la novia de madera y desfiló con ella para que Hera lo volviera a amar.
En una próxima ocasión escribiré sobre las Dédalas de Platea. Pienso que podría ser interesante para quienes leen esta columna de LA PRENSA.