El mito de la distribución de la riqueza

“Hay que redistribuir las riquezas. La concentración de ellas en pocas manos es injusta”. Este es el moto o slogan más repetido por millones de políticos e intelectuales.

Lo aman las izquierdas, cuyo centro de gravedad ideológica gira alrededor de él. También lo han recogido varios documentos eclesiales. Citando algunos lo exalta Adolfo Miranda en su artículo El Destino Universal de los bienes (LA PRENSA, 18,07,2022). No es sorprendente. El tema de repartir y combatir la concentración de los bienes suena hermoso, inobjetable, justo. Pero tiene muchos bemoles como ocurre frecuentemente con temas que se consideran sencillos pero que, mal manejadas, pueden prestarse a graves errores o a razonamientos injustos.

El punto de partida del credo de la ideología redistributiva la expresa esta cita ya muy clásica: “El 1 por ciento de la población más rica es dueña de la mitad de la riqueza del planeta. El 70 por ciento de la población mundial solo posee el 3 por ciento de la riqueza”. El dato a primera vista suena escandaloso. Suena como una injusticia que grita al cielo. Pero si dejamos atrás los sentimientos de indignación, y nos hacemos con la mente fría algunas preguntas sobre el trasfondo de esta situación, descubrimos dimensiones normalmente ignoradas.

Una primera pregunta es ¿de dónde vienen esas riquezas? ¿Han sido creadas por alguien o son regalo de la naturaleza? Si analizamos la economía actual es fácil comprobar que la inmensa mayoría de las riquezas de las naciones, son producto de la creatividad y el esfuerzo humano. Incluso recursos naturales como el petróleo estarían durmiendo en el subsuelo, sin valor alguno, si no fuera porque empresarios audaces comenzaron a extraerlo y luego a refinarlo. Incluso, hay países casi desprovistos de recursos naturales, como Japón, que son inmensamente ricos, y otros abundantes en ellos, como Venezuela, que son inmensamente pobres.

 La riqueza no es mayoritariamente heredada o regalada sino creada. Y así como hay personas excepcionalmente productivas; esforzadas, creativas y emprendedoras, y, en consecuencia, generadoras de muchas riquezas, hay naciones que también lo son y que aportan una cantidad desproporcionada de los bienes de la tierra. Así como hay otras poco productivas que aportan muy poco.

Puestas así las cosas podríamos preguntar: ¿no es admirable que el 1 por ciento de la población produzca la mitad de la riqueza del planeta? ¿Hay algo de injusto en esto? Veamos otro ejemplo: Costa Rica es cinco veces más rica que Nicaragua. ¿Es injusto? ¿Exige la equidad que parte de la riqueza de los ticos vaya a los nicas a fin de reducir semejante desigualdad?

 Otro equívoco a corregir es la afirmación de que ciertas naciones “acaparan” una cuota desproporcionada de riquezas. Ellas no acaparan, producen. Realidad que es una bendición para el resto de las naciones. Las pobres, de hecho, se benefician de los inventos, ayudas e innovaciones, procedentes de las ricas —que lo son no por explotar aquellas, como alega la izquierda marxista, sino por el empeño de sus habitantes, su paz interna y sus buenas instituciones—, Japón y Alemania quedaron totalmente devastadas tras la Segunda Guerra Mundial y con una gran sobrepoblación hambrienta. Y, sin embargo, derrotaron la pobreza y a los pocos años serían modelo de prosperidad.

Es cierto que naciones e individuos ricos tienen un deber de caridad de ayudar a quienes no lo son. Pero deben saber cómo hacerlo. Durante mucho tiempo la ideología redistributiva ha hecho mucho daño al pensamiento tercermundista. Pues en lugar de concentrarse en formas de crear riquezas, o de aumentar el tamaño del pastel, han quedado ancladas en la esperanza, convertida en exigencia, de recibir un pedazo más grande.

Es el problema de las izquierdas cuando llegan al poder: no piensan tanto en cómo apoyar y facilitar el trabajo de quienes producen bienes, sino en cómo quitarles la tajada más grande posible para dársela a los menos productivos. Ignoran que la repartición de riquezas solo puede funcionar donde hay hombres y mujeres emprendedores que las producen. Ignoran que los países que han combatido la pobreza con mayor éxito no son aquellos que mejor las han distribuido sino aquellos que mejor las han creado.

El autor fue ministro de educación y es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua de 1492 a 2019.

Opinión Costa Rica Venezuela archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí