Son muchos quienes dentro y fuera de Nicaragua no terminan de asombrarse ante el comportamiento de su gobierno. No tanto por el innegable grado de represión que exhibe, sino por la crueldad e irracionalidad que proyectan sus acciones.
Aunque toda represión lleva consigo un elemento inseparable de crueldad, pues castigar o suprimir a quienes defienden la libertad y los derechos duele y maltrata, hay regímenes que solo la practican en la medida que es necesaria para conservar el poder. Es el caso de las dictaduras pragmáticas: toman aquellas medidas útiles para afianzar su poder, pero buscan, al mismo tiempo, minimizar sus costos políticos. Son dictaduras inteligentes más que benignas. Actúan por un calculado egoísmo que les aconseja no multiplicar adversarios ni causar sufrimientos o irritaciones innecesarias. Las más astutas de ellas más bien procuran disimular su dureza y proyectar una imagen humanitaria.
No es este el caso nicaragüense. El caso reciente más elocuente es la expulsión de las 18 hermanas de la caridad que la santa Teresa de Calcuta trajo a Nicaragua hace 40 años. Ni en la mente más paranoica puede caber la idea de que estas religiosas, totalmente silenciosas y dedicadas a quemar sus vidas atendiendo a los más menesterosos —ancianos, niños abandonados y adolescentes en riesgo— pudieran representar el más mínimo riesgo político o ideológico al Gobierno. Igual puede decirse del cierre de instituciones totalmente benéficas y apolíticas como Operación Sonrisa, dedicada a curar niños leporinos, la Fundación Fabretto, dedicada a educar niños pobres; la Academia de la Lengua, dedicada a fomentar la cultura, y, literalmente, centenares de ONG más.
El hecho anterior demuestra, además, una gran insensibilidad humana, pues las víctimas directas de estas acciones no son quienes las dirigían o financiaban sino los ancianos, enfermos y niños paupérrimos que ellas atendían. Igual insensibilidad ocurre con los presos. Si lo que quería el Gobierno era neutralizar a todos aquellos que pudieran disputarle el poder en los comicios del 2020, bastaba inhibirlos a través de truculencias legales. Pero asumamos que, desde el punto de vista de la dictadura, era necesario encarcelarlos, no había necesidad alguna de hacerlo por tanto tiempo y en las condiciones crueles en que se encuentran.
Es cierto que el Gobierno podría pensar que esta dureza es eficaz en cuanto advierte a sus adversarios de los terribles riesgos que enfrentan. Pero paga un elevado e innecesario costo político pues proyecta, nacional e internacionalmente, la imagen de una dictadura cruel, irrespetuosa de la ley internacional e hipócrita.
La crueldad e irrespeto a la ley van juntas. En 2015, la Asamblea General de Naciones Unidas, reconociendo lo dura que es la mera privación de libertad, emitió sus “Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos (Reglas Nelson Mandela). Nicaragua, como signataria en la organización, debía acatarlas. Sin embargo, las ha incumplido con absoluta desfachatez. Ejemplo: Regla 23 1. “Todo recluso dispondrá, de al menos una hora al día de ejercicio físico adecuado al aire libre”. Los presos políticos tienen una hora al mes. Regla 43 1. “quedarán prohibidas a) el aislamiento indefinido; b) el aislamiento prolongado; c) el encierro en una celda oscura o permanentemente iluminada”.
Pero aislamiento total en celdas oscuras y por más de un año es lo que han venido sufriendo reos como Félix Maradiaga, Dora María Téllez, Violeta Granera, Margarita Vijil y Suyén Barahona. En una celda iluminada todo el tiempo vive, entre otros, Juan Sebastián Chamorro. Y hay docenas más de reglas incumplidas, particularmente en el campo de la salud y la alimentación, cuya inobservancia causó la muerte del general Hugo Torres, apresado en perfecto estado físico. Este tratamiento cruel e inhumano de los reos políticos se ve agravado por el hecho de que ellos no son criminales dignos de semejante tratamiento, sino ciudadanos muy calificados (hay cinco PhD) y probos, cuyo delito ha sido ser candidatos o exigir elecciones libres.
Con esto el Gobierno proyecta también una imagen de hipocresía. Pues ¿cómo puede autocalificarse oficialmente cristiano un gobierno que expulsa a las santas hermanas de la caridad y tortura abiertamente sus prisioneros? En realidad, es para quedarse con la boca abierta, llena de asombro. Y también con el alma llena de dolor.
El autor es sociólogo e historiador