¿Qué sorpresas aguarda un mundo sin Dios?

Uno de los cambios más profundos experimentados por la humanidad en el último milenio es el paso de un mundo sumamente religioso a uno tremendamente materialista. Basta asomarse a la Europa de tres o cuatro siglos atrás para ver cómo casi todo su arte exuberante, su literatura y gigantescas catedrales, eran expresión de una cultura teñida por la fe cristiana, y cómo esta ya no existe.

El afamado sociólogo Pititín Sorokin, quien hizo un examen minucioso de los temas predominantes en las obras de arte y la literatura, encontró que antes del siglo XIII, el 97 por ciento de ellas giraban alrededor de temas inspirados por la religión cristiana. Para el siglo XVI habían bajado al 64 por ciento y para comienzos del siglo XX al 3.9 por ciento. Hoy probablemente son menos del 0.1 por ciento.

Esta gradual descristianización ha producido necesariamente cambios en los valores, el arte y las conductas. Normas cristianas como la castidad, el pudor y la indisolubilidad matrimonial, fueron reemplazadas por la cultura propagada desde Hollywood; la del sexo libre y el divorcio fácil. Antes de los años sesenta del siglo pasado, divorciarse podía destruir las aspiraciones políticas de cualquier candidato norteamericano. Hoy lo hacen casi la mitad de los casados. Pareciera que el estar unidos “hasta que la muerte los separe” ha sido sustituido por el “hasta que las ganas los separen”. La nueva visión hedonista e individualista de la vida no ha reparado en las graves consecuencias que esta liberalidad tiene en los niños. El bienestar de ellos debe ahora subordinarse al de sus progenitores.

Luego vino la pérdida del sentido sagrado de la vida humana, hondamente arraigado en la conciencia cristiana. Se ha descriminalizado al aborto proclamándolo como el derecho de la mujer a matar a los niños por nacer. Se multiplicaron así las clínicas de exterminio y las cifras de los sacrificados. Paradójicamente, al lado de esto subieron las presiones para abolir la pena de muerte a los criminales, mientras se perdía el sentido de la responsabilidad personal. Antes se pensaba en un cielo que recompensaba a quienes decidían ser buenos y en un infierno para quienes optaban por el mal. Mas ahora comenzó a verse la conducta humana, incluso la delictiva, como producto de factores sociales o psicológicos ajenos al individuo.

Igualmente, comenzó a hablarse de los derechos de los animales. Lógico, pues desde una perspectiva materialista la diferencia entre ellos y el ser humano es de grado, no de esencia. El hombre es solo el simio más inteligente. La rebelión contra Dios ha llevado también a la rebelión contra la naturaleza. Primero fue la ideología de género; el creer que la masculinidad o la feminidad son totalmente creaciones culturales vinculadas al dominio opresor del hombre. Luego el derecho a escoger nuestro sexo. Antes, la mentalidad religiosa veía el sexo como un atributo dado y querido por Dios. Hoy pareciera haberse aceptado la tentación de la serpiente en el paraíso: “Seréis como dioses”. La biología ya no importa. Uno es lo que siente o decide ser. Lo que por lógica debe llevar no solo al derecho de escoger el sexo sino también la raza. Pues, si me siento negro, aunque sea blanco, ¿por qué negarme dicha opción? Igual si me siento joven siendo viejo. Algo similar ha ocurrido con el matrimonio. Lo natural fue, durante milenios, que fuera entre hombre y mujer. Así lo proclamó expresamente Cristo y fue enseñado en el mundo cristiano. Ahora dicho concepto es obsoleto, lo que por lógica deberá llevar también a legitimar la poligamia o la poliandría. Pues si tres o más adultos deciden casarse entre sí, ¿por qué prohibírselo?

Igual el homosexualismo. La perspectiva cristiana, que siempre consideró el sexo como un atributo dado por Dios para la unión fructífera entre hombre y mujer, y en consecuencia censuró por igual la actividad sexual fuera del matrimonio (fornicación), y por corolario la homosexualidad, considerada además antinatural. Mas hoy esta, no solo es tolerada, sino exaltada como una opción digna de orgullo. Como trasfondo de todo está la exaltación del relativismo. Antes se creía en la existencia de normas morales absolutas, de universal validez para todos. Hoy cada uno puede escoger la suya.

Veremos adónde llevará la pretensión del hombre contemporáneo de ser él quien decide las normas morales, el sexo, y otras realidades. El querer ser como dioses seguirá produciendo sorpresas.

El autor es sociólogo, fue ministro de Educación de Nicaragua.

Opinión religión sexo archivo

COMENTARIOS

  1. Hace 4 años

    porque dios es hombre y no mujer ?

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