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La profesora Sara Amelia López empezó a impartir clases de primaria en 1954, pero se graduó como tal hasta en 1975. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

La historia de la maestra “montera” Sara Amelia López

Dio clases en las escuelas durante 46 años. Pero no paró. Convirtió la sala de su casa en aula de clases. Dice que es maestra por vocación y no se halla sin los niños. Ya lleva 68 años enseñando las primeras letras

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Cuando empezó a impartir clases, todavía estaba vivo el fundador de la dinastía, Anastasio Somoza García. Corría el año de 1954 y Sara Amelia López López, entonces una joven niquinohomeña de 15 años de edad, acababa de finalizar el sexto grado de primaria.

El papá de ella, Guadalupe López, que era un próspero agricultor de granos, habló con la autoridad de educación en Masaya, que en ese entonces le llamaban inspector de circuito, María Luisa viuda de Aburto, para que le dieran la oportunidad a su hija de ser maestra.

Por aquel entonces, explica Sara Amelia, había mucho maestro empírico, a quienes enviaban a dar clases a las comarcas. A ella la asignaron a Las Crucitas. Le quedaba lejos de su casa y tenía que viajar a pie o a caballo.

El esposo de Sara Amelia, Miguel Ángel Sandino, le coloca un anillo el día que ella se graduó como maestra, en 1975. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ ÓSCAR NAVARRETE

Sara Amelia, nacida en 1939, hoy tiene 83 años de edad, de los cuales 68 los ha dedicado a la enseñanza de niños de los primeros grados de educación primaria. Se jubiló hace 22 años, pero no ha dejado de impartir clases, pues desde entonces tiene convertida en aula de clase a la sala de su casa.

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“No puedo estar sin los niños. Me hacen falta. Siempre digo que ser maestra es un asunto de vocación”, explica Sara Amelia.

Maestra “montera”

En un caballo, Sara Amelia fue llevada por su papá la primera vez que llegó a Las Crucitas, que está a una distancia de unos 10 kilómetros de Niquinohomo.

Llegaron a una casita donde había muchas vacas y ahí se hospedó la maestra novata. La atendieron bien, especialmente con la comida.

Llegó al aula de clases, para lo cual solo le entregaron una pizarra y una caja de pizarrines. No había libros ni otras ayudas didácticas.

Lo primero que hizo fue evaluar a los niños, porque en ese entonces en las comarcas solo había grados unitarios, es decir, una maestra para todos los grados. Ella fue viendo cuáles niños irían a primero, cuáles a segundo, y así sucesivamente.

La última maestra que Sara Amelia, la que le impartió sexto grado, María Haydée Guevara, fue el faro mediante el cual se guio, porque fue una maestra “muy linda”. “Ella me inspiró para que yo quisiera ser maestra”, afirma Sara Amelia.

Sara Amelia tiene convertida la sala de su casa en aula de clase. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Con esa guía, Sara Amelia empezó a construir su carrera, explica. Y desde el inicio comenzó a recibir el cariño de los padres, aunque especialmente de sus alumnos, quienes todavía la pasan saludando o llevan plátanos u otros presentes.

Los desfiles patrios eran regios, recuerda Sara Amelia. La disciplina para los estudiantes era excelente. Ningún alumno mal vestido. Y todos decían buenos días al llegar al salón.

Las clases empezaban puntuales. Por ejemplo, ella salía a las 5:30 de la mañana todos los días de su casa, caminando o a caballo, ya por último en bicicleta, y a las 7:00 de la mañana ya estaba con todos sus alumnos cantando el Himno Nacional.

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El primer mal sabor que se llevó Sara Amelia fue cuando le correspondió ir a talleres con otras maestras y, lo recuerda nítidamente, las maestras de ciudad siempre decían: “Ahí vienen las maestras monteras”. El mote fue porque eran maestras de las comarcas.

La mayoría de esas maestras de ciudad, recuerda Sara Amelia, “no dieron la talla” durante la alfabetización en 1980, porque llegaban a las comarcas con zapatos de tacones.

La alfabetización y el SMO

El triunfo de la revolución sandinista agarra a Sara Amelia dando clases en la comarca El Portillo. Al poco tiempo instauran la jornada de alfabetización y a ella, por ser la maestra única de la comarca, la nombran responsable en la zona.

Recuerda cómo cambió la enseñanza, pero explica que “nosotros (las maestras) teníamos que hacer el trabajo que nos mandaban”.

Sara Amelia afirma que ella siempre trabajó bien durante todo el tiempo que fue maestra del Estado, porque siempre fue diligente, disciplinada y cumplidora con su trabajo.

La primera vez que Sara Amelia dejó de dar clases durante un breve tiempo fue con la entrada en vigencia del Servicio Militar Patriótico (SMP), en 1983.

A sus dos hijos varones se los llevaron a cumplir el servicio militar obligatorio y ella se puso grave. La mortificaba el hecho de saber que sus hijos andaban en la guerra. Le tuvieron que dar subsidio.

Cuando regresó de ese descanso, ya no la enviaron a ninguna comarca, sino que la ubicaron en la escuela de Niquinohomo, en la Benito Juárez, de donde no salió más sino hasta que se jubiló hace 22 años.

Aún debajo de la lluvia, llegan los niños a recibir clases. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Sara Amelia se quedó con el pesar de no haber cumplido 50 años como maestra, porque se jubiló después de 46 años al servicio del Ministerio de Educación, de los cuales más de 27 estuvo en las comarcas de Niquinohomo.

Haberse quebrado un brazo la sacó de las aulas de clases, sino hubiera completado los 50 años como maestra. El médico le dijo que ya no podía seguir trabajando porque eso implicaba levantar el brazo para escribir en una pizarra.

Cuando llegó al Seguro Social, ni siquiera le revisaron los documentos. “Usted ya está sobrepasada con las cotizaciones”, le dijeron.

Sara Amelia lamenta que, después de tantos años al servicio del Estado, ahora le dan una pensión de 5,600 córdobas. Ella empezó ganando 125 córdobas en la época de Somoza García. Cuando se jubiló, ganaba 1,050 córdobas y la pensión le salió de 500 córdobas.

La tecnología

Sara Amelia se crio en el Niquinohomo de los años 40 y 50 del siglo pasado. Todavía estaba vivo el recuerdo de Sandino en esa zona y aún vivían los padres del general. Sara Amelia conoció a todos sus familiares.

Era una época en la que las calles del pueblo eran de tierra, solo circulaban carretas y no había luz eléctrica. En el día, las personas pagaban cinco pesos a un señor que en la zona del parque tenía una planta eléctrica y así se ponían a oír radio. Pero a las cinco horas el dueño apagaba la planta y se acababa la diversión.

En la actualidad, Sara Amelia no comprende cómo los niños son buenos a chatear, a jugar con el celular, pero no leen. Ella se asombra cuando ve a niños de sexto grado que “cancanean” o no se saben las tablas.

“Yo no digo que la tecnología es mala, pero yo no le entiendo. El teléfono que yo tengo solo para llamadas lo uso, eso de mensajes de texto yo no sé. Yo lo que digo es que ahora los chavalos no leen”, indica la profesora Sara Amelia.

Maestra por siempre

Desde que se jubiló, a petición de los padres, pero principalmente porque ella no se hallaba sin los niños, Sara Amelia abrió una escuelita en su casa, para ayudarles a hacer las tareas a los niños y para reforzarles conocimiento.

Al principio cobraba 50 córdobas la semana, dos horas diarias. Daba clases en la mañana y en la tarde. Ahora solo imparte clases por la tarde, a 130 córdobas la semana. “Adelantadito el pago”, indica.

Su diploma de maestra. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Además del Servicio Militar, la otra causa que la hizo dejar de dar clases por un tiempo fue la pandemia del Covid-19. Sus hijos la obligaron a cerrar la escuela durante 2020 y 2021. Pero en enero de este 2022 reanudó su pasión por la enseñanza.

En estos días, dar clases también le sirve de terapia, ya que el año pasado, en menos de cuatro meses, perdió a tres seres queridos: su esposo Miguel Ángel Sandino, con quien tenía 62 años de casada. A él le dio un derrame. Su hija Carmen, supuestamente por el Covid-19. Y una nieta que era diabética, Kathya.

La vida de ella es rezar, bordar, leer la Biblia y dar clases, algo que hace desde que Anastasio Somoza García era presidente de Nicaragua.

En la sala de su casa, en una especie de altar, Sara Amelia tiene las imágenes de sus parientes fallecidos en 2021: su nieta Kathya, su esposo Miguel Ángel Sandino y su hija Celia. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

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