Suena fea la palabra inquisición. La versión más repetida la describe como una institución dedicada a torturar y quemar vivos a millares de herejes. Según el historiador Simon Whitechapel, el inquisidor Torquemada mató a 100,000. Según otro, Montanus, la Inquisición no seguía las reglas procesales y practicaba las más horribles torturas. Lo que escapa a muchos es que estas versiones fueron manufacturadas por propagandistas ingleses y holandeses, más historiadores protestantes que, durante las guerras contra España, en el siglo XVI, estaban empeñados en desprestigiarla.
Tuvieron éxito. Muchos siguen rasgándose las vestiduras denunciando la terrible intolerancia de la Iglesia católica y el subdesarrollo moral de la época. Afortunadamente hay una cosecha de historiadores modernos (Gizburg, Kamen, Monter, Tedeschi) que se han tomado el trabajo de visitar los bien guardados archivos de la inquisición y examinar los 44,674 casos que ventilaron sus tribunales entre 1540 y 1700. Lo que encontraron fue que los anteriores estimados e historias son mentiras y exageraciones sin fundamento. Más aún, concluyeron que, en contraste con las cortes seculares de Europa la inquisición, que surgió para evitar que la gente se tomara la justicia por sus manos por conflictos religiosos —cosa que ocurría con harta frecuencia—, rara vez ejecutaba mientras se esmeró en indagar (inquirir) debidamente las acusaciones y conducir sus juicios con debido proceso y moderación.
Lo que buscaba la inquisición no era condenar sino llevar a los acusados al arrepentimiento. De los 44,674 casos, solo 826 fueron sentencias a muerte, es decir el 1.8 por ciento. En cuanto a las torturas, método practicado por todas las cortes de Europa, la inquisición la utilizó en menos del 2 por ciento de los acusados y con mayor benignidad. La ley eclesiástica la limitaba a 15 minutos y excluía cualquiera que pudiera hacer peligrar la vida o los miembros.
Con todo, estas realidades no dejan de chocar a la mentalidad moderna. Pero para evaluarlas bien es importante situarlas en su contexto histórico y evitar juzgar acciones de hace siglos con lentes actuales. Los ingleses ahorcaban un promedio de 750 acusados al año, muchos de ellos por robos menores, mientras Enrique VIII ejecutó a miles de católicos, luteranos y loyardys.
Eran también tiempos de una intensa religiosidad. Así como hoy se ven con espanto los virus que amenazan la salud corporal, igual o peor se veían entonces las herejías por considerarlas capaces de corromper o matar la salud del alma. Al celo por la ortodoxia religiosa se añadía, además, la sospecha que los herejes eran agentes extranjeros que atentaban contra la integridad religiosa de la nación. Es claro que aún teniendo en cuenta estas circunstancias, la actuación de la inquisición seguirá siendo una sombra en la historia eclesial en cuanto es difícil compatibilizarla con el espíritu cristiano de amor, perdón y no violencia.
Pero vale salirle al paso a quienes se rasgan las vestiduras ante sus reales y pretendidos excesos, mientras no ven o apañan las crueldades e intolerancias de las inquisiciones modernas. Considérese, por ejemplo, cómo la Revolución Francesa, concebida en parte como una rebelión del espíritu liberal contra el oscurantismo e intolerancia de la Iglesia, implantó un régimen de terror contra eclesiásticos y enemigos que, de acuerdo con el historiador Donald Greer, ejecutó —¡en menos de un año! — a 16,594 personas enjuiciadas, y a 10,000 o 12,000 sin juicio. Qué contraste con la inquisición que ejecutó 826 en tres siglos.
El siglo XX fue peor. Famosa fue la persecución del presidente liberal mexicano (Plutarco Elías) Calles contra la Iglesia y su ejecución de miles de “cristeros”. ¿Y qué decir de la República libero-socialista española que entre 1936 y 39 asesinó sin juicio a 6,836 religiosos? ¿Y de las inquisiciones comunistas de Stalin, Mao y otros, que sumaron millones de muertos? ¿Y de las autocracias actuales que persiguen a los herejes políticos, acusándolos de ciberdelitos y crímenes de pensamiento para recetarles cárceles inhumanas cuando no el paredón o las desapariciones
Cinco siglos después, en un mundo secularizado y descreído, que se cree más civilizado que los precedentes, las inquisiciones modernas, inspiradas en ideologías y autocracias crueles, han mostrado el mito de la evolución moral. También lo impropio de rasgarse las vestiduras.
El autor es sociólogo e historiador.