La Iglesia no solo ha tenido mártires que han preferido perder la vida antes que comprometer sus creencias o callar ante el mal, sino también otros que han sucumbido a las presiones del mundo, ya sea torciendo sus doctrinas o callando cuando deberían hablar.
El apóstol Pablo, viendo venir esa perenne tentación de ceder ante formas de pensar contrarias al evangelio, o a presiones de los poderosos, los exhortó diciéndoles: “No os conforméis a la mentalidad del mundo sino renovaos buscando la voluntad de Dios”. No era un llamado fácil. Las presiones culturales y políticas adversas han sido y son con frecuencia muy poderosas. Resistirlas exige frecuentemente nadar contra corriente y tener mucha claridad de mente y valentía.
Un ejemplo de esta dicotomía entre autoridades eclesiásticas indoblegables y otras más a tono con la mentalidad secular, lo proporcionaron recientemente dos obispos norteamericanos. El primero, el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordilione, publicó recientemente una carta a la demócrata Nancy Pelosi (Speaker of the House) excomulgándola por su obstinado apoyo al aborto. En ella le recordaba el canon 915 del derecho canónico: “Un legislador católico que apoya el aborto voluntario, después de conocer las enseñanzas de la Iglesia, comete un pecado manifiestamente grave que es causa del más serio escándalo en otros. Por tanto, la ley católica universal prevé que tales personas no sean admitidas a comulgar”. El segundo obispo, ahora cardenal, Robert Walter McElroy, de San Diego, se ha opuesto en cambio a dicha medida, aparte de favorecer el nombramiento de diaconisas y simpatizar con el movimiento LGTB.
Las dicotomías, o respuestas muy diversas, han estado también presentes cuando la Iglesia ha enfrentado serias violaciones de los derechos humanos causadas por los poderes públicos. Algunos prelados, so pretexto de una cuidadosa prudencia, han callado o hasta avalado tales conductas, mientras otros han elevado su voz a riesgo de sus vidas. En la historia de Nicaragua y Centroamérica, uno de estos últimos fue el obispo Antonio Valdivieso, asesinado al inicio de la colonia española por los hermanos Contreras por denunciar sus atropellos contra los indios. Contemporáneamente tenemos el caso del obispo salvadoreño, Oscar Arnulfo Romero, de El Salvador. Antes de ser asesinado había dicho: “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”.
Las persecuciones a la Iglesia han sido otro teatro donde también han variado las reacciones de las autoridades eclesiásticas. El papa Pio XI, por ejemplo, fue muy enérgico en defensa de los católicos mejicanos cuando estos experimentaron la implacable persecución de los gobiernos de los años veinte y treinta del siglo pasado. Escribió al respecto dos encíclicas, Iniquis afflictisque en 1926, y Acerba Animi en 1932. En ellas deploraba leyes que limitaban el número de sacerdotes y el culto externo, así como las expulsiones de religiosos y las campañas de difamación contra los obispos. A las primeras se refirió como “injustos e intolerables decretos que sujetarían a la Iglesia al despotismo del Estado y a un gobierno hostil a la religión católica”. Respecto a las campañas escribió: “Es bien conocido que la Santa Sede tenía que condenar tales publicaciones, cuya inmoralidad sacrílega y su deliberado propósito anti religioso y su propaganda calumniosa excede todos los límites”.
Pio XI no se quedó allí, sino que también felicitó la valentía de muchos obispos ante los abusos y los exhortó a seguir resistiendo: “Por su firmeza apostólica casi todos ustedes fueron exiliados de la república”. “Nosotros no nos inhibimos de animar con palabras y consejos la resistencia legal de sacerdotes y fieles”. “Será necesario para los obispos, el clero y los laicos católicos, continuar protestando con toda su energía contra tales violaciones, usando cada medio legítimo”. “Así como nosotros hemos leído con satisfacción las protestas recientemente hechas por los obispos y sacerdotes de la Diócesis contra estas deplorables medidas del Gobierno, así nos unimos a vuestras protestas ante todo el mundo, y en especial ante los jefes de las naciones”.
Ojalá cada vez más cristianos y prelados, recordando el ejemplo de su fundador, asuman con valentía la defensa de los valores cristianos y de la justicia.
El autor es sociólogo e historiador.