“Seréis odiados”

Lo dijo Jesús dijo a sus discípulos: “Seréis odiados por todos a causa de mi nombre”. Es una profecía que se ha cumplido desde el inicio de la Iglesia hasta nuestros días. Con altibajos y formas diversas, los seguidores de Cristo han tenido que enfrentar hostilidades en todos los siglos y en todas partes. Durante los tres primeros siglos fueron muy sangrientas. Igual o peor lo fueron en el siglo XX.

Dentro de sus perseguidores contemporáneos más feroces destaca el comunismo, el credo de Marx, Engels y Lenin. Con odio visceral, los bolcheviques asesinaron en Rusia a millares de sacerdotes, cerraron los templos y prohibieron la enseñanza de religión. Bajo Stalin las víctimas se contabilizaron en millones. Igual furia se vio durante la guerra civil española (1936-1939). 6.832 religiosos fueron asesinados: 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas.

Otros gobiernos dictatoriales o anticlericales han odiado también a la Iglesia. Uno de los peores en Latinoamérica fue el del mejicano Calles. Comenzó con un intento de dividirla en 1925, creando una Iglesia Católica Apostólica Mexicana independiente del Vaticano. Luego la emprendió contra la Católica Romana quitándole su personería jurídica, prohibiendo el culto público, expropiándole sus bienes raíces, imponiendo cargas tributarias a los sacerdotes, etc. Su persecución provocó la famosa rebelión Cristera, una guerra civil que duró hasta 1929 dejando más de 200,000 muertos.

Cuando el gobierno mejicano continuó sus políticas anticatólicas expulsando sacerdotes y obispos y prohibiendo la enseñanza religiosa, la Santa Sede no permaneció indiferente. En 1932 el papa Pio XI publicó su encíclica Acerba animi afirmando que «cualquier restricción que sea al número de sacerdotes es una grave violación de los derechos divinos», e instando a los «Obispos, el clero y los laicos católicos a seguir protestando con toda su energía contra de dicha violación”.

Nicaragua ha conocido tres períodos de hostilidad anticristiana. El primero fue bajo el dictador Zelaya. Tras prohibir la enseñanza del cristianismo en las escuelas públicas expulsó a sacerdotes que protestaban, despojó a la Iglesia de sus bienes raíces, semovientes, y fondos de las cofradías, cerró el seminario, prohibió el ingreso de religiosos extranjeros, así como el uso público de vestimentas eclesiásticas, y desterró al obispo Pereira y Castellón.

El segundo período de persecuciones lo protagonizó la revolución sandinista (1979-1990). Primero se trató de dividirla, anteponiendo la autodenominada “Iglesia Popular”, gobiernista, a la Iglesia jerárquica, llamada “iglesia de los ricos”. A esta se le confiscó su radioemisora (Radio Católica), se le expulsaron 17 sacerdotes y al obispo Pablo Vega, y se tendieron trampas contra curas, como el Padre Carballo, a quien la TV sandinista expuso desnudo tras haber sido sorprendido en un supuesto adulterio, o como al padre Peña, a quien le pusieron explosivos en su vehículo para acusarlo de terrorista. A los colegios privados se les impidió contratar maestros sin autorización del gobierno diciendo, en boca de sus autoridades, que “En Nicaragua nunca habrá educación paralela, nunca”. La comunidad protestante también fue atacada. Más de veinte templos moravos fueron confiscados en la Costa Atlántica y muchos otros en el Pacífico.

El tercer período anticristiano se está viviendo ahora. Sus pormenores son conocidos; entre ellos el cierre del canal católico 51, el hostigamiento a obispos y sacerdotes, la prohibición de entrada a clérigos extranjeros, la confiscación de ONG católicas educativas como la Fundación Fabretto, y muchos etcéteras. No se sabe que más vendrá. Lo cierto es que sopla una nueva ola de odio contra la iglesia.

¿A qué se debe esta hostilidad milenaria? Desde una perspectiva exclusivamente sociológica es predecible que aquellos que atropellan los derechos humanos, son inmorales o pretenden ser dioses de sus pueblos, detestarán inevitablemente la defensa cristiana de la dignidad humana, su ética exigente, y su negativa a hincarse ante a los poderes terrenos. Desde la perspectiva sobrenatural cristiana se cree, sin menospreciar dichas razones, que la razón más profunda del conflicto es el odio que el reino de las tinieblas profesa a la luz, o el demonio a Cristo. Por eso su Iglesia siempre será odiada por los hijos de la oscuridad. Pero con la seguridad, basada en la promesa de su fundador, que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

El autor, ahora exiliado, fue ministro de educación y autor del libro “Buscando la Tierra Prometida”, (historia de Nicaragua 1492-2019) accesible en librerías y en Amazon.

Opinión
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