El abogado y defensor de derechos humanos, Pablo Cuevas, nunca se imaginó que el día que saliera de Nicaragua sería en la clandestinidad. Toda su vida se había rehusado a viajar fuera del país, pero el día que decidió hacerlo, el 8 de marzo de este año, lo hizo sin titubear. Se llevó a su esposa, a sus dos hijos, nuera y nietos consigo, sin mirar atrás.
Días antes de su salida, Cuevas recibió un mensaje de una persona vinculada con el Estado que le alertaba que saliera inmediatamente del país porque tenía una orden de detención en su contra: «Váyase de su casa, váyase del país».
«Platicando con mi esposa, le dije ‘nosotros le hemos creído a Dios y si vamos a salir de la casa es porque vamos fuera del país’, entonces mi esposa dijo vámonos», relata Cuevas, de 53 años, ahora exiliado en Estados Unidos.
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Cuevas comparte que durante el último año él y su familia sufrieron un calvario, debido a que tanto la Policía orteguista como fanáticos del régimen de Daniel Ortega asediaban y acosaban su labor que ejercía como abogado en la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH). En varias ocasiones la Policía impidió el trabajo de campo que realizaría Cuevas en diferentes departamentos, a tal punto que era regresado a su casa, en Managua, escoltado por patrullas policiales.
«Mi esposa ya no aguantaba la migraña que le daba», comenta Cuevas, quien señala que civiles llegaban a cualquier día y hora a preguntar por él o su familia. Su hijos, un varón y una mujer, participaron en la rebelión cívica de 2018 y por temor a represalias del régimen, los jóvenes abandonaron sus carreras universitarias
Debido a esta persecución, Cuevas y su familia cruzaron la frontera hacia Honduras de manera clandestina. Él se tuvo que teñir el cabello y utilizar accesorios que despistaran la atención en su identidad para evitar mayores inconvenientes.
Salvavidas y cuerdas para cruzar el río Bravo
Su travesía para llegar a Estados Unidos fue de 40 días. Una vez que cruzó la frontera entre Nicaragua y Honduras, su tránsito por ese país, Guatemala y México se desarrolló sin mayores percances. Cuevas y su familia obtuvieron la visa humanitaria mexicana, es decir que no tuvieron que pagar a un «coyote» para su movilización, sino que antes de emigrar, el abogado investigó cuál era la mejor ruta.
El 17 de abril, el defensor de derechos humanos y su familia ya estaban listos para cruzar el temido río Bravo, lugar donde migrantes nicaragüenses han perdido la vida en los últimos meses. Cuevas cuenta que compraron chalecos salvavidas y cuerdas para cruzar sin riesgos a perder la vida. «El cruce estaba calculado».

«Gracias a Dios no las usamos», dice Cuevas, quien declara que cruzaron por la ciudad de Acuña y no por Piedras Negras, en México, donde se han registrado la mayoría de fallecimientos de migrantes por ahogamiento.
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«Nosotros siempre hemos estado en contacto con el campo, hemos sido un poco aventureros y eso nos ayudó (a cruzar el río), era un poco pedregoso y yo les dije que afirmaran los pies, que diera pasos firmes, y así lo pasamos», confiesa Cuevas, quien tuvo que cargar en sus hombros a su nieto de 5 años.
La tarde de ese mismo 17 de abril, Cuevas y su familia ya estaban en manos de las autoridades migratorias de Estados Unidos. Él y su hija salieron del centro de detenciones al migrante al día siguiente, mientras que el resto un día después. Están en proceso de asilo político.
Se sentía «frustrado»
Cuevas lleva más de 30 años siendo activista de los derechos humanos. Desde adolescente le gustaba involucrarse con grupos o asociaciones cívicas. Dice que su papá fue el que le enseñó a ser empático y altruista. Aunque inicialmente era maestro de Contabilidad, su encuentro —hace más de 15 años— con Marcos Carmona, secretario general de la CPDH, lo llevó a formar parte de ese organismo y a estudiar Derecho.
Entró a trabajar oficialmente a la CPDH en el 2006 y desde entonces se dedicó de lleno a la defensa de los derechos humanos. En el 2021, después de 15 años en el organismo, cerró su ciclo en ese lugar, luego que la dictadura arreció la represión contra las ONG y organismos sociales.
«Ya no se podía hacer nada (en la CPDH), ya no había recursos. El asedio y la Policía vigilando (las oficinas), la gente se exponía al llegar a la CPDH», confía Cuevas.

El abogado confiesa que esa situación lo frustró porque él tampoco podía hacer mucho por la gente que llegaba a denunciar. No podía visitar ninguna institución porque no lo recibían y cada vez eran menos las personas que se acercaban a la CPDH. El ciudadano que llegaba, era después asediado por la Policía, comenta Cuevas.
«Una de las herramientas que más utilizábamos era el recurso de exhibición personal, pero a la gente le daba miedo ir poder judicial a presentar un recurso porque están dando todos sus datos (personales), entonces en la CPDH solo se estaban levantando denuncias y nada más. De esas denuncias se informaba a la comunidad internacional, pero ya no se le podía ayudar a la gente y todo eso me frustraba, porque se iba a un lugar me devolvía, yo ya no podía hacer nada por la gente allí», lamenta Cuevas.
Cuevas expresa que aunque esté en el exilio su trabajo por defender los derechos humanos sigue en pie e informa que desde la plataforma Defensoría Nicaragüense de Derechos Humanos estará recibiendo las denuncias de nicaragüenses, tanto dentro como fuera del país.
Avizora tiempos más difíciles para Nicaragua
«Creo que vienen tiempos más difíciles y duros, pero es inevitable la rebelión, porque la gente ya no aguanta. Ahora las leyes migratorias en Estados Unidos se están poniendo más duras y los nicaragüenses se quedarían sin opciones, más que quedarse (en el país) y pelear, eso va a significar más sangre y sufrimiento. El panorama para los nicaragüenses es más triste aún», considera Cuevas.
El defensor plantea que el régimen orteguista es el que tiene más miedo que las personas a las que persigue y asedia, por lo que su única arma es la represión. «Está aterrorizado y ese miedo le está mandando a hacer daño. Su principal carta es la represión y está tratando que la gente se someta por terror», finaliza.