El sebo serenado de Fernando Moradel

Bernal Díaz del Castillo cuenta que cuando ya no tenían aceite después de la batalla en Cempoala, pusieron en sus heridas “el unto de un indio gordo que matamos ahí”.

La medicina antigua tenía sus curiosas formas de sanar, como en la actualidad la medicina moderna los tiene.

No hay mucha diferencia entre usar la cabeza de un ahorcado para curar la epilepsia (según Gonzalo Aguirre Beltrán) acto del que se hacían sordos y ciegos aún los mismos inquisidores del siglo XV, con la de aplicar vacunas experimentales para detener una epidemia del siglo XXI con igual comportamiento de hacerse los sordos y ciegos los acuciosos científicos del FDA en los EE. UU. 

En fin, hay que buscarle solución a los problemas de salud que no solo causan caos en la persona que los sufre, sino también, en las sociedades donde ocurren. Soluciones que van desde lo absurdo a lo que se cree, aún sin probarlo, razonable y lógico.

El polvo de cuerno de unicornio para el envenenamiento, aun cuando ese animal mitológico nunca haya existido, es elemental para la supervivencia de esos políticos acechados por los tósigos sofisticados del  siglo XXI. Hay que mandarlos a buscar dicho remedio a la ciudad de Cíbula donde Fray Marcos de Niza juró haber visto unicornios (Luis Weckmann), una de las siete ciudades perdidas habitadas por siete obispos que huyeron de la península Ibérica durante la invasión árabe, polvo que no se diferencia de medicamentos inciertos para curar el covid-19 como la cloroquina, la colchicina o la ivermectina. 

¡Ah!, pero encontrarse la piedra del buche de los pájaros. La piedra bezoar traída del oriente medio y bien conocida allí, eso sí que es mejor que sacarse el premio mayor de la lotería navideña. Hernández en su Historia Natural (Tomo III, vol II: 307-9) la llama “señor del veneno”. López de Hinojosos dice que cura la diarrea, las fiebres y excita los sudores fortificando el corazón. El padre Acosta en su Historia Natural y Moral de las Indias, la recomienda contra la melancolía y males cardiacos colgada como amuleto. Por último, vence las leyes de la genética cuando Fray Gregorio López es capaz de producir mutaciones en ciertas flores con esta piedra extraída de cabros (Cárdenas 1988).  No son en vano pues, las menciones especiales que le da Martín de la Cruz y Juan Badiano en su códice Cruz-Badiano.

Infusiones, emplastos, purgas y ventosas se usaban abiertamente. Las heridas se cauterizaban con hierro al rojo o con la famosa “agua de Soliman” que no era más que mercurio disuelto en agua, principio del merthiolate usado con bastante éxito, hasta no hace mucho, para desinfectar heridas. Este remedio, que no dudo ha de haber sido formidable, se encuentra bien descrito en la “Summa perfectionis” del gran maestro alquimista árabe del siglo VIII, Gerber.

La sangría se usó por más de dos siglos (XVI- SXVII).  Recomendada por Oviedo (Historia general y natural de las Indias), por Agustín de Farfán (Tratado breve de Medicina) y por Hernando Ruiz de Alarcón (Tratado de las Supersticiones). De efectos dudosos, que dejaron muertos, anémicos y lacerados, pero que médicos de Europa recomendaban sin pudor no muy largo de los procedimientos usados actualmente por chiroprácticos y sobadores que han dejado cantidad de paralizados.

Emplastos de plumas, excrementos de golondrinas y briznas de paja hervidos en lienzos se aplicaban a cualquier lesión de la piel. Jugos del maguey, ablusiones y ayunos —usados para tratar las bubas del linfogranuloma venéreo o sifilíticas, traídas a América para asustar el alma y el cuerpo de nuestros naturales— eran tan efectivas como las oraciones a Quetzalcóatl.

No nos asustemos de la cirugía para cataratas que hacían nuestros aborígenes raspándolas con una raíz o el reparo de una fractura exponiendo, rayendo y fijando el hueso en su tuétano, con una rama de ocote bien resinosa, descritos en el código florentino y en el tratado de hierbas medicinales de los indios (1552) de Martín de La Cruz.

Todas estas historias me recuerdan la primera vez que vi a Fernando Moradel, bedel de la morgue del Hospital San Vicente de León. Ahí, donde se encontraba la única escuela de medicina del país, cuando siendo estudiante del primer año de medicina y llegando por primera vez al anfiteatro de anatomía, lo vi saliendo de uno de los tantos cuartos donde se encontraban los cadáveres, con su gabacha desarreglada y manchada de sangre con una pierna echada al hombro izquierdo y sosteniendo una cabeza de sus pelos con su mano derecha, para llevarlas a una de las tantas mesas de disección con la misma naturalidad de quien mueve libros en una biblioteca para su estudio.

Don Fernando, además tenía una diversión que la había convertido en negocito y era el de proporcionar grasa de cadáveres a los vendedores ambulantes de medicinas naturales, sobre todo a los que se ubicaban en lo que yo llamo la ruta chorotega, que se encontraba entre los dos grandes mercados leoneses y donde cualquier persona podía obtener de todo, incluyendo servicios de optometría, dentistería, dermatología, nigromancia, adivinación y ortopedia. Grasa para rejuvenecer, grasa para curar heridas infestadas o grasa para hacer candelas e invocar espíritus. Sebo serenado que hoy algunos poderosos consideran de tanta necesidad. 

No dudo que el señor Moradel ayudaba enormemente a nuestra comunidad aportando tan importante producto para sanar enfermos y calmar espíritus ansiosos de ultratumba.

El autor es médico.

Opinión medicina natural archivo
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