Al momento que la asamblea convocada por Gabino Gaínza proclamó la Independencia de Centroamérica, constitucionalistas y republicanos, conservadores y liberales, se abrazaron emocionados olvidando las rencillas del pasado. «Todo fue unión y gozo», dijo el conservador Montúfar; «el júbilo más puro”, exclamó el liberal Marure. Atrás iba a quedar el yugo español, los años de obediencia forzada a la metrópoli imperial, mientras se abría un nuevo horizonte donde el pueblo, dueño de su destino, forjaría naciones prósperas y democráticas.
Cabe advertir que el pueblo no participó mucho en la algarabía. Un contemporáneo de los hechos, el general Granados, escribiría: “La verdad es que el pueblo no tomó ninguna parte en aquel movimiento, del cual se mostró verdaderamente indiferente”. Quienes lo hicieron fue una élite criolla en la que descolló la señora María Dolores Bedoya: contratando músicos y cohetes logró llevar una turba al recinto de sesiones con una misión: aplausos y vítores para los independentistas y abucheos para los no muy convencidos. Estos, amedrentados, fueron retirándose.
La copia del Acta de Independencia, fechada el 15 de septiembre de 1821, fue entregada al jinete que, a galope, la llevaría a las otras provincias de Centroamérica. Pensaba probablemente que portaba en su alforja una feliz noticia cuando en realidad era una bomba que destrozaría el orden colonial pero también los sueños de los independentistas.
España había mantenido a sus provincias en paz con una presencia militar mínima, aunque en un estado de relativa modorra económica. Sus comerciantes y agricultores, mayoritariamente criollos o mestizos, resentían los monopolios imperiales y las trabas al libre intercambio. Los indígenas, por su parte, habían conservado por decreto real sus extensas tierras comunales que les aseguraban una decente y tranquila subsistencia. Mientras tanto florecían hermosas ciudades —León era considerada una de las más bellas de América— cuajadas de monumentales iglesias.
La noticia de la independencia, al eliminar el elemento unificador que era la corona española y su tejido de autoridades, creó un grave vacío de poder. Las élites que gobernaban las distintas ciudades de la región; unas más republicanas, otras más conservadoras, todas recelosas de las otras y deseosas de afirmar su propia soberanía, comenzaron a movilizarse militarmente para defender su hegemonía o proyectos. Pronto la región, y con ella buena parte de todo Hispanoamérica, se precipitaría en una orgía de violencia, sangre y destrucción, sin precedentes. Entre 1821 y 1857 Nicaragua sería asolada, por seis guerras civiles que culminarían con la guerra nacional de 1856. Caudillo tras caudillo levantaban tropas, reclutando a la fuerza indios y pobladores humildes, en una sucesión interminable de cuartelazos, asesinatos y saqueos. Al final León era una ciudad en ruinas y Granada otra en cenizas. El hato ganadero había quedado diezmado, el hambre y el cólera hacían estragos y la instrucción pública abandonada. Nicaragua había retrocedido décadas y sus habitantes no eran más libres o felices que antes.
El desastre, que muchos atribuyen a la inmadurez o torpeza de sus pobladores, fue también producto de condiciones sociológicas muy distintas a las que se dieron en las colonias norteamericanas, que se habían independizado en 1776. En estas la mayoría sabía leer y casi cada familia tenía una biblia. Su población era bastante homogénea, de origen europeo, con una gran tradición de autogobierno en cada villorrio o comarca. En Nicaragua, por el contrario, el 99 por ciento era analfabeta, más de la mitad eran indígenas de tradición autoritaria y escasa cultura, mientras las élites, abismalmente distantes del pueblo, no tenían experiencia en autonomía administrativa pues habían vivido bajo un sistema centralista. Sencillamente no existían las condiciones mínimas para crear una sociedad democrática y, por tanto, verdaderamente independiente.
Luego vendrían intentos por lograrlo, ninguno estable, por ser interrumpidos por recurrentes dictaduras. La ironía es que al cumplirse doscientos años de haber rechazado el ligero pero civilizador yugo español, estamos ante un yugo peor, ante la dictadura más antidemocrática de nuestra historia; una que niega y aplasta la esencia de la independencia: ser un pueblo sin ataduras, capaz de escoger libremente su destino eligiendo gobernantes que lo sirvan y no se sirvan de él.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida: historia de Nicaragua 1492-2018.