Para un judío, comer juntos en la misma mesa era símbolo de comunión entre los comensales. Para todas las culturas comer juntos en la misma mesa es signo de cercanía, confianza, de amistad, de amor entre los comensales.
La eucaristía es una comida, como la celebró Jesús en la Última Cena (Mt 26, 17-19): Nos reunimos todos alrededor de la misma mesa, el Altar, como lo hacían nuestras primitivas comunidades cristianas (Hch 2, 42-45).
Es más, el signo cristiano que nos da identidad es la fracción del pan. Hacer este signo en memoria de Jesús, el pan y el vino, son el cuerpo y la sangre de Cristo Redentor.
Alrededor de la mesa común, el altar, compartimos juntos el pan de la Palabra de Dios, compartimos juntos el mismo pan, el cuerpo de Cristo que nos da la vida, como él mismo nos dijo: “Yo soy el Pan Vivo… Quien come de este Pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)
El pan de la eucaristía es pan de comunión que se parte y se reparte entre todos y para todos. Por ello, antes de comer el pan de Cristo tenemos que hacer realidad en la vida la comunión, la unión con Cristo y de los unos con los otros.
Decía San Pablo: “El Pan que partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10, 16). Antes de comer el pan de Cristo hemos tenido que haber sentido la alegría de haber experimentado que nuestra vida ha sido comunión con el mensaje de Cristo y con nuestros hermanos.
Celebramos la decisión de Jesús, ese Jueves Santo en la Última Cena, de quedarse con nosotros convirtiendo el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. Aquel fue un jueves de dolor, de despedida y de entrega.
Hoy tenemos la posibilidad de resignificar esa última cena de Jesús celebrando la certeza de saberlo resucitado, vivo y presente en el sacramento de la eucaristía. Celebramos y adoramos a Jesús en la eucaristía como ofrenda de lo que somos, lo que tenemos y lo que necesitamos. “…La Eucaristía constituye el más precioso tesoro de la Iglesia y de la humanidad”.
Sin fe vivida no hay eucaristía, la eucaristía es la celebración de la experiencia de fe vivida. En ella celebramos la grandeza de nuestra fe que ha sido capaz de hacernos seres humanos nuevos con nuevos valores que nos dignifican.
Por la fe somos capaces de dejar a un lado nuestros egoísmos para optar por el amor. Por la fe somos capaces de trabajar a favor de la comunión.
Por la fe somos capaces de compartir y repartir nuestro mucho o poco pan que tenemos, nuestra riqueza y nuestra pobreza.
Al celebrar el Corpus Christi, la fiesta de la eucaristía: la fiesta de la comunión, la fiesta de Jesús que no solo se hace carne de nuestra carne, sino pan que da y se da a todos para que todos, al comerlo, tengamos vida y vida en abundancia (Jn 6, 58).
A la eucaristía no podemos ir con las manos vacías, sino con las manos llenas por la vivencia de nuestra fe, hecha comunión con los hermanos. Así es como nos deben reconocer que somos cristianos: Porque partimos juntos el mismo pan.
Celebrar la eucaristía es celebrar lo más bello de la vida: la fe hecha comunión con Cristo y los hermanos. Unidos en una misma fe, en una misma celebración y en un mismo pan que se parte y se comparte.
El autor es sacerdote católico.