Autoeducarnos para contener la pandemia

La pandemia del Covid-19 sigue siendo una amenaza para la salud y la vida de la humanidad. Ataca por diferentes flancos: las mutaciones y el aumento de casos y muertes desafían las capacidades de los sistemas de salud; las carreras entre las potencias por los méritos en torno a la ciencia de las vacunas, los intereses económicos por acapararlas y una capacidad limitada de la industria farmacéutica, entre otros, ponen al mundo contra la pared. Sin embargo, el mayor flanco por donde puede atacarnos esta pandemia es la prevención, es decir, en los procesos de autoeducación formal y no formal, el cual es un ángulo desde donde podríamos levantar un verdadero muro de contención; pero este aspecto parece todavía no estar teniendo la suficiente fortaleza en muchas partes del mundo y, particularmente, en nuestro país.

Por un lado, la pandemia ha dejado importantes lecciones para que los centros educativos, públicos y privados, estén preparados y transiten cuando sea necesario de modalidades presenciales a las remotas y/o semipresenciales. Hay quienes han aprendido y están aprovechando estas lecciones, poniendo en práctica aprendizajes pedagógicos, tecnológicos y organizacionales para hacer las transiciones, y cuidar los protocolos de salud para las situaciones presenciales.

Ahora bien, quienes no están bien preparados pueden todavía tomar iniciativas para aprender, adecuar y actuar con rapidez, a fin de garantizar la continuidad del servicio educativo, protegiendo a la comunidad educativa y a su enorme radio de influencia en el resto de la población. Con respuestas diferenciadas, para el 20 por ciento con conectividad a internet, vía modalidades de televisión y radio educativa con apoyo de redes locales, y/o con apoyo de la prensa escrita. Evidentemente, las respuestas coordinaciones entre el sector educativo público y privado, con el sector empresarial y organizaciones de sociedad civil, pueden y deben levantar esa parte del muro de contención a la pandemia.

Por otro lado, hay que decir que la educación no llega a ser verdadera hasta que cada uno de nosotros nos disponemos a aprender, y nos damos las condiciones para autoeducarnos. Me refiero a la ciudadanía en general, a todos quienes aseguramos con nuestro comportamiento la protección del hogar, el vecindario, y los sitios que visitamos, entre otros. Este comportamiento es claramente nuestra responsabilidad, se trata de tomar conciencia de la magnitud de la situación; abastecernos con la información pertinente para diseñar nuestras propias medidas de protección y la de nuestros seres queridos; y asegurarnos de que no lo haremos solo por unos cuantos días, sino que incorporaremos hábitos saludables para mejorar nuestra calidad de vida a largo plazo.

Hay varias teorías que dicen que un hábito se puede llegar a establecer si mantenemos entre tres y nueve semanas la práctica que queremos incorporar, y según sea nuestra disponibilidad esta práctica llega a convertirse en un mensaje automático que las neuronas cerebrales mandan al resto del cuerpo y la mente. Este proceso, sin embargo, puede funcionar tanto para un buen hábito como para uno malo. Así que preguntémonos ¿cuáles son los hábitos que estamos incorporando a nuestro comportamiento para enfrentar la pandemia, en nuestro hogar, en encuentros familiares o con amistades, en sitios públicos, en establecimientos privados, en medios de transporte? He aquí otra parte del gran muro de contención que podemos levantar, y no dejar que caigan en el vacío los mensajes que a diario nos dan nuestros docentes y educadores no formales (medios de comunicación, ONG, especialistas de la salud, entre otros).

Otro flanco está en el sector institucional, en el cual hay que reconocer que la implementación efectiva de protocolos en instituciones: algunas públicas (ministerios y oficinas estatales), la mayoría son privadas (bancos, tiendas, supermercados, restaurantes); así como hay incidencia entre las iglesias de distintas confesiones, constituyendo este bloque ya una barrera que nos obliga a adoptar medidas para ingresar a esos establecimientos.

El elemento común entre estos sectores y personas es la autoeducación de quien asume su responsabilidad por sí mismo, por sus seres queridos y por aquellos a quienes sirve. Si cada uno se propusiera tomar firmes decisiones para autoformarnos con los hábitos saludables recomendados por las organizaciones y expertos de salud especializados, y si a ello se sumaran campañas de educación ciudadana, tendríamos una importante reducción de casos y muertes, y estaríamos mejor preparados para llevar una vida saludable como sociedad, como organizaciones y como personas, dispuestos todos a asumir los retos integrales del desarrollo del país.

El autor es especialista en Educación y Desarrollo Humano.

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