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Durante años, Nicaragua esperó una propuesta democrática capaz de responder a la gravedad de la crisis provocada por la dictadura sandinista. Mientras algunos confiaban en una implosión que nunca llegó y otros esperaban que una facción del propio sistema terminara reformándolo, el Frente Sandinista de Liberación Nacional aprovechó cada minuto para fortalecer su aparato represivo, disciplinar sus bases, destruir la institucionalidad y convertir la Constitución en un instrumento de obediencia partidaria basado en sus ideales históricos.
Mientras algunos aguardaban condiciones ideales, la dictadura ampliaba su control y elevaba los costos de la disidencia.
El problema no ha sido solamente la falta de unidad. También han pesado la lentitud, la ineficiencia y la incapacidad para transformar años de diagnósticos en una propuesta seria sobre el futuro de Nicaragua. Frente a una dictadura que cerró los espacios cívicos, eliminó los contrapesos y avanzó hasta negar públicamente el derecho de los nicaragüenses a elegir, ya no basta con describir la crisis. Es necesario responder cómo abrir el camino, conducir el cambio y reconstruir el país.
La Transición Ordenada nace para responder esas preguntas. No es una fórmula aislada para el día después ni pretende predecir cuándo terminará la dictadura. Es una propuesta integral para pensar el antes, el durante y el después de una apertura democrática.
El antes es la etapa en la que nos encontramos. Es el tiempo de construir confianza, reunir capacidades, preparar respuestas institucionales y demostrar que existe una oposición capaz de ofrecer algo más que denuncias. También es el momento de enfrentar uno de sus mayores problemas: el déficit de legitimidad política.
Esa legitimidad no se recuperará mediante proclamaciones ni disputas por representaciones exclusivas. Se construye presentando propuestas, formando equipos profesionales, asumiendo responsabilidades y demostrando capacidad para gobernar. Una oposición se legitima cuando puede explicar no solo por qué debe terminar una dictadura, sino también qué hará para impedir el vacío de poder, garantizar los servicios públicos, proteger a la población y devolverle la soberanía a la ciudadanía.
Parte de la oposición ha cargado durante años con contradicciones, exclusiones y rechazos provenientes de sectores de la disidencia sandinista que pretendieron establecer los límites de lo políticamente aceptable. Haber roto con el régimen no concede un monopolio moral sobre la democracia ni un derecho permanente a decidir qué propuestas pueden avanzar. Durante demasiado tiempo algunos se consideraron dueños de la verdad, aunque sus conclusiones contribuyeran al estancamiento. Cabe preguntarse si ese era realmente su propósito.
La democracia no puede quedar sometida a certificados ideológicos de legitimidad, y más de aquella corriente ideológica que hoy tiene sumergida a Nicaragua en la inhumanidad.
El pluralismo exige escuchar, deliberar y corregir. Pero no significa conceder poder de veto a cada organización, liderazgo o corriente política. Tampoco permite paralizar una propuesta técnica, elaborada por profesionales y respaldada por un sector legítimo de la oposición, únicamente porque no reúne una unanimidad que ciertas visiones erráticas y complacientes han contribuido a volver imposible.
La pluralidad concede el derecho a participar, proponer y cuestionar. No concede el derecho a impedir que otros construyan.
La Transición Ordenada responde a una necesidad demasiado tiempo postergada: impedir un vacío de poder, restituir derechos, reconstruir las instituciones, convocar una Asamblea Nacional Constituyente, aprobar una nueva Constitución y transferir el gobierno mediante elecciones libres.
La propuesta no pretende hablar por toda Nicaragua ni clausurar el debate. Sus principios y componentes fundamentales están abiertos al escrutinio público y a mejoras técnicamente justificadas. Pero apertura no significa permitir que pierda su identidad o sea desnaturalizada hasta convertirse en otro pronunciamiento sin consecuencias.
Mejorar significa corregir vacíos, fortalecer garantías y perfeccionar mecanismos. No significa destruir su coherencia, diluir sus objetivos ni someterla a la parálisis de quienes todavía no han presentado una alternativa viable.
Nadie serio está proclamando una victoria anticipada ni vendiendo la ilusión de que el régimen sandinista caerá por inercia. Lo que ha cambiado es nuestra actitud frente al desafío: hemos decidido enfrentar con firmeza a una de las dictaduras más brutales del continente.
No creemos que la democracia surgirá espontáneamente de las estructuras que la destruyeron. La dictadura ha demostrado que está dispuesto a reprimir incluso a sus propias bases antes que permitir una apertura verdadera. Por eso, la expectativa de una fractura salvadora dentro del sandinismo no puede continuar sustituyendo la construcción de una alternativa democrática legítima y preparada.
Toda propuesta puede contener errores. Sus promotores debemos reconocerlos, aprender y corregir. Pero también deben examinarse los errores de la omisión: las oportunidades desaprovechadas, los acuerdos que nunca se construyeron, las capacidades que no se desarrollaron y los años consumidos esperando que alguien más abriera el camino.
La inmovilidad no es neutral. También produce consecuencias. Por eso resulta injusto descalificar preventivamente el trabajo de quienes han decidido actuar con responsabilidad y altos estándares profesionales. La crítica rigurosa fortalece una propuesta. La caricatura, la sospecha automática y la descalificación sin alternativas solamente prolongan el estancamiento.
Quien tenga una propuesta mejor debe presentarla, someterla al debate público y demostrar su viabilidad. Eso también es pluralismo. Lo que no resulta razonable es impedir que otros avancen mientras se continúa esperando el momento perfecto.
La Transición Ordenada no proclama una victoria. Busca preparar a Nicaragua para abrir el camino hacia la transición, conducir responsablemente el período provisional y entregar el poder a autoridades elegidas por la ciudadanía.
El antes exige legitimidad y capacidad. El durante exigirá estabilidad, protección de derechos y reconstrucción institucional. El después deberá pertenecer exclusivamente al pueblo nicaragüense mediante una nueva Constitución y elecciones libres.
La libertad no llegará por inercia. Hay que prepararla, organizarla y defenderla. Porque la transición no puede seguir esperando.
El autor es exiliado político nicaragüense. Vocero de Avanza Nicaragua.